Por José Biedma López. Profesor-Tutor de la UNED (Úbeda)
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Pintura de José Sanz y Arizmendi, 1903. Óleo sobre lienzo


n 1886, en el prólogo que escribió para la edición en inglés de Pepita Jiménez decía don Juan Valera:

"Hace años hubo en España un ministro conservador, que envió a un ahijado suyo a estudiar filosofía en Alemania. Por rara aventura, este ahijado, que se llamaba Julián Sanz del Río, era hombre de clara y profunda inteligencia, de aplicación infatigable y de todas las energías conducentes a hacer de él algo a modo de apóstol, formó su sistema, obtuvo la cátedra de Metafísica en la Universidad de Madrid y fundó escuela, de la que ha salido brillante pléyade de filósofos, de políticos y de varones ilustres, por saber, elocuencia y virtudes. Entre ellos descuellan Nicolás Salmerón, Francisco Giner, Gumersindo Azcárate [1] , Federico de Castro y Urbano González Serrano.


"El partido clerical empezó pronto a mover guerra al maestro, a los discípulos y a la doctrina que divulgaban. Acusábanlos de panteísmo místico. Yo, que me había burlado a veces de los enmarañados términos, del aparato y del método de que los nuevos filósofos se valían, me admiraba de ellos, no obstante, y salí, en periódicos y en revistas a su defensa, por no trillado camino... Entonces me empeñé en demostrar que si Sanz del Río y los de su escuela eran panteístas, nuestros teólogos místicos de los siglos XVI y XVII lo eran también, y que si los unos tenían por predecesores a Fichte, Schelling, Hegel y Krause, Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el iluminado y extático padre Miguel de la Fuente, por ejemplo, seguían a Tauler y a otros alemanes, sin que yo negase a ninguno la originalidad española, sino reconociendo en esta encadenada transmisión de doctrina el progresivo enlace de la civilización europea"
[2].

Federico de Castro fue sin duda el krausista más fiel de la escuela de Sanz del Río. Para empezar, fue el heredero fideicomisario del maestro. Por eso, cuando el Abad Jobit estudiaba el krausismo español, leía en la biblioteca sevillana de Castro las obras manuscritas de Sanz del Río. Don Federico fue el exponente por antonomasia de la metafísica del maestro. Publica en 1877 el Análisis del pensamiento racional de Sanz del Río, que cita ampliamente en la Propedéutica de su Metafísica (vol. I, Sevilla, 1888). A pesar de que la mayoría de los krausistas viraron hacia el positivismo, Castro se mantuvo fiel a la metafísica panenteísta y a su analítica idealista, y para 1896 podía ser considerado como el único representante del krausismo en Sevilla [3]. Esto no quiere decir en absoluto que fuese un mero repetidor de las doctrinas de su maestro. Por el contrario -como advierte su hijo [4] - fue anatemizado en varias ocasiones por la "iglesia krausista española". Su misma heterodoxia u originalidad explican el aprecio que le profesaron sabios tan antikrausistas como Marcelino Menéndez Pelayo, quien le consideró "hombre de más lectura que otros krausistas y no tan despreciador como ellos de la ciencia nacional de las pasadas edades" [5].

En su monografía sobre el gran pensador krausista, Juan López Álvarez lamenta, con mucha razón, el olvido que pesa sobre su obra. Ya sucedió así en el pasado: Joaquín Sama y Vinagre será uno de los poquísimos krausistas que se ocupen de la obra de Federico de Castro [6]. Salvo contadas alusiones a su Discurso de Apertura de la Universidad de Sevilla de 1891 en que habló de la filosofía andaluza, sus trabajos sobre «Cervantes y la filosofía española», sobre D. Xavier Pérez y López, sobre el positivismo, sobre Las escuelas visigodas, sus traducciones con estudios preliminares y anotaciones críticas sobre la Historia de los musulmanes españoles; sobre el Vedanta, sobre La fuente de la vida de Ibn Gabirol y, finalmente, su Historia de la Filosofía contenida en la primera parte de su Metafísica siguen inasequibles para la mayoría de los estudiantes y estudiosos, sumidas en el más completo olvido. Sorprende que J. L. Abellán no le cite como importante tratadista del pensamiento español, al contrario que el abad Jobit; Méndez Bejarano creyó que el primer tomo de la Metafísica de Castro contiene "el mejor tratado de historia de la filosofía que haya visto la luz en España" [7].

Biografía intelectual

Federico de Castro y Fernández era hijo de José de Castro y Alarcón (capitán de infantería) y de Mª Carmen Fernández y Gálvez. Nació en Almería el 30 de diciembre de 1834. Da idea de la precocidad de su inteligencia la anécdota de que al ser examinado de ingreso al bachillerato a los nueve años, el Gobernador propusiese al examinado y consiguiese para él título de Maestro de Escuela. Inició sus estudios de bachillerato en el Colegio de S. Alberto de Sevilla. Dominó rápidamente el latín, tan bien que durante su vida traduciría para su propio uso a los clásicos. Concluidos los estudios de Bachillerato en Filosofía, inicia hacia 1850 estudios de Derecho y continúa los de Filosofía y Teología. En 1852 prosigue en Madrid dichos estudios. Allí entra en contacto con el círculo krausista de la Universidad Central, en la que tiene como maestros a Fernando de Castro en Historia y a Amador de los Ríos en Literatura; en Filosofía, a Julián Sanz del Río, del que reconoce fue quien más influyó en "la formación científica de su espíritu". Durante su estancia en Madrid tiene como amigos y condiscípulos a otros andaluces como Nicolás Salmerón, González Garvín y Francisco de Paula Canalejas. Comentando este hecho escribe L. Araquistain:

«Sorprende que buen número de los primeros krausistas y de los sucesores más importantes fueron oriundos de Andalucía, una tierra donde la cultura semita, árabe o judaica, echó hondas raíces»[8]

En 1856/57 consigue la licenciatura en Filosofía con premio extraordinario, y en Derecho al mismo tiempo que Canalejas, quien pondrá la política universitaria en manos de los krausistas a partir de la revolución del 68. Su primer trabajo docente lo desempeña en Logroño como profesor sustituto de Elementos de Retórica y Poética, transladándose en 1859 al Instituto de Huelva, donde desempeñará la cátedra de Psicología, Lógica y Ética hasta 1861. Compagina su labor docente con la investigación y defiende en 1861 en Madrid su tesis doctoral, cuyo título es todo un manifiesto: «El progreso interno de la razón mediante el método científico, y el de la libertad mediante el arte moral, influyen en la Historia, según crece el respeto de los hombres al dictamen de la Razón y al dictado de la Conciencia». Expresa así la confianza ilustrada en la ciencia y la libertad, y el énfasis mayúsculo en la Historia, regida por la Razón y la Conciencia. El tribunal estaba integrado por Sanz del Río, Fernando de Castro y Amador de los Ríos.

El mismo año gana la Cátedra de Metafísica de la Universidad de Sevilla, con un tribunal formado por Juan Valera y Ramón de Campoamor. Toda su vida académica transcurrirá ya en esta Universidad donde será también Catedrático de Historia de España y de Historia Crítica de España. Según Méndez Bejarano, fue también profesor de sánscrito. Será nombrado Rector y Decano de la Facultad de Filosofía bajo el rectorado de su inseparable colaborador y amigo Machado y Núñez, abuelo del poeta de Soledades y filósofo del Juan de Mairena. Muere el 10 de abril de 1903, "junto a su mesa de trabajo y teniendo por almohada los últimos boletines de la Real Academia de la Historia", en viernes santo. Sus alumnos se disputaron el honor de llevar su féretro desde la casa mortuoria hasta el cementerio de San Fernando.

Rigurosamente socrático, Castro no aspiró en su vida a ningún cargo político, a ninguna gloria literaria. No obstante, se trasladó brevemente a Madrid para la redacción de leyes para Ultramar, tiempo durante el cual le sustituirá provisionalmente en la Cátedra Antonio Machado y Álvarez, padre del poeta y filósofo de Los Complementarios. Cuando la República intentó obligarle a aceptar un cargo político, huyó a Antequera. Sólo tomó parte en política para defender la libertad de cátedra. Para Castro, la cuestión política significaba, sobre todo, una cuestión moral y por tanto una cuestión de educación. Y en este sentido, triunfó plenamente, pues a pesar de que sus obras fueron escritas -como dice el más fiel de sus discípulos, Méndez Bejarano- de mal grado [9] y plagadas de erratas, su pasión por la docencia hizo que en todas las aulas de Andalucía y Extremadura se repitiesen fieles ecos de sus enseñanzas [10]. Alumnos de Castro fueron los catedráticos del instituto de Huelva, Joaquín Sama y Vinagre, y luego de la ILE, Romualdo Álvarez Espino (Cádiz), José Sánchez Mora (Huelva), Antonio López Muñoz (Madrid) y Leopoldo Urquía (Baeza), así como el propio Méndez Bejarano, catedrático del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid.

Gracias a su trabajo, la Universidad de Sevilla fue, después de la madrileña, la más influida por el krausismo [11], movimiento que produjo una extraordinaria simbiosis entre la universidad y la sociedad. Bajo su iniciativa se creó el Ateneo Hispalense (1879) [12] al que había precedido una excelente revista. Ayudado por dos colegas, Francisco Barnés y M. Sales y Ferré, D. Federico editó algunos manuscritos de Sanz del Río. Su inventiva contra la Facultad de Teología al iniciarse el curso 1865-66 le valió una ácida polémica del canónigo Mateos Gago, amigo de Menéndez Pelayo, según aquél, Castro, "sibila del krausismo" y paladín del "racionalismo armónico", contaba con un grupo de alumnos entre los cuales esparcía la semilla de aquel "diluvio de mortíferos vapores que nos vienen de la Germanía". La misma reacción la había acaudillado en Madrid el giennense Ortí y Lara, y, en Cádiz, el "neocatólico" Adolfo de Castro contra el discípulo de don Federico: Romualdo Álvarez Espino [13]. Tomás Romero de Castilla, discípulo predilecto de Castro en Sevilla y catedrático en el Instituto de Badajoz se esforzó denodadamente por conectar el krausismo con el catolicismo, sosteniendo una famosa polémica con el canónigo de la catedral de Badajoz, Fernández Valbuena. Todas estas discusiones públicas pueden enmarcarse en lo que se llamó la campaña de los "textos vivos".

La campaña reaccionaria de los "textos vivos" fue desencadenada por Francisco Navarro Villoslada desde las páginas de El Pensamiento Español. Valera, que había criticado con buen humor la jerga krausista en 1860, defenderá, ante la reacción de los neoescolásticos, la permanencia en su cátedra de los krausistas, amenazada por las denuncias de los "neos". A pesar de ello, la depuración del profesorado se iniciará en el otoño de 1864, casi un año después de la publicación del Syllabus de Pío IX, donde se condenaban todas las especies de liberalismo y de racionalismo. El 26 de septiembre de 1865 se incluía el Ideal de la Humanidad de Sanz del Río en el Índice de libros prohibidos [14].

Como buen andaluz, Castro era un hombre de paz. A partir de aquella agria polémica del 65-66, renunciaría a cualquier proselitismo agresivo. Hay que decir que para Castro, como para otros profesores krausistas, la revolución del 1868 supuso una profunda desilusión. Los estudiantes entendieron la libertad ganada como inasistencia a clase y proliferaron las inútiles algaradas y manifestaciones callejeras.

Ideario educativo

En una circular que como rector envió en 1870 a los Decanos, Federico de Castro expone sus ideas sobre educación y docencia en los siguientes requisitos:

a) el profesor no debe imponer sus propios criterios, sino ayudar a que el alumno descubra la verdad, desarrollando sus propias facultades.
b) la ordenada lectura y meditación de los autores clásicos en la materia (función de la Biblioteca)
c) la seria y prudente discusión del propio y ajeno pensamiento (función de la Academia).
Se trata de desarrollar en el alumno un espíritu crítico, reflexivo, dialogante que le conduzca a pensar no con ajeno sino con pensamiento propio.

Don Federico jamás faltó a clase, resultaba sugestivo de modo que los estudiantes al acabar la clase le rodeaban y acompañaban en paseo hasta su casa o entraban con él en el café. Dejaba a los escolares que le preguntaran, interrumpieran, contradijeran y expusieran y defendieran opiniones opuestas, prolongando el aula en libre conversación libre de todo artificio y pedantería.

En 1871, Castro fundó junto con Machado y Núñez y el hegeliano F. Escudero Perosso la Sociedad Antropológica Sevillana, articulada en las secciones de Antropología Física, Psíquica y Social.

Sales y Ferré y Machado y Núñez, también Machado y Álvarez [15], se encaminarían hacia el positivismo, no el de Comte, sino el iniciado por Bacon y puesto en práctica por Cuvier. Castro polemizaría respetuosamente con ellos manteniéndose fiel al idealismo romántico. En 1869 y por iniciativa de Castro se creará una de las revistas más prestigiosas del país, la Revista mensual, que durará hasta 1875, fecha de la Segunda Cuestión Universitaria. En febrero de 1875 se publica un real decreto sobre libros de texto y programas y se envía una circular a los Rectores para que ejerzan de policías en orden a que no se enseñe nada contrario al dogma católico o la monarquía constitucional. Los profesores que protestaron en nombre de la libertad de cátedra fueron suspendidos de empleo y sueldo, expedientados, deportados y encarcelados, entre ellos el rondeño don Francisco Giner de los Ríos, futuro maestro de maestros en la Institución Libre de Enseñanza. El Gobierno de la Restauración se pasó porque quería hacer saber que no estaba dispuesto a transigir. Sin caer en el desánimo, dos años después, en 1877, aparece la Biblioteca Científico-Literaria, entre cuyos impulsores encontramos de nuevo a Castro, Sales y Ferré y al polémico Barnés y Tomás. Finalmente, en 1879 patrocinaría El Ateneo, en colaboración con algunos escogidos discípulos.

En 1880, con motivo de la celebración del Centenario del nacimiento de Krause, encontramos a D. Federico suscribiendo una petición para el establecimiento de una Institución de Krause destinada ha propagar a todo el mundo los resultados de sus investigación filosófica, mientras que la mayoría de los antiguos krausistas se pasaban al krauso-positivismo o al positivismo. Aunque la metafísica del almeriense nos pueda resultar hoy algo retórica e ingenua [16], hay que reconocer que al krausismo, que tan admirablemente representó hasta el final de sus días, debemos innegables beneficios, pues esta escuela despertó la juventud de su tiempo el amor a la filosofía y el rendimiento a la verdad, acostumbró su espíritu a la disciplina de la reflexión metódica y seria, educó hombres austeros y honrados, abnegados en la cátedra y probos en los cargos públicos, que aún ejercitaron el pensamiento en la oposición católica, provocando la reacción escolástica.

El idealismo krausista quiso ser una superación del liberalismo individualista, considerando la sociedad como un "todo orgánico" y resaltando el "todo armónico", moral y no meramente natural (o fisiológico), de tal organismo [17].