LAS TEORÍAS DEL SACRIFICIO PRIMITIVO
Y SU SIGNIFICADO ANTROPOLÓGICO
Textos de Víctor Cadenas de Gea


4. La sustitución y el sacrificio en James George Frazer

La importancia excepcional que Frazer concedía a la magia primitiva era absolutamente genética. Según él, constituía el tronco originario en el cual se habían injertado, posteriormente, las concepciones religiosas. Éstas crecen a partir de esa comprensión de las inteligencias más sutiles, que se extiende al resto de la comunidad, según la cual se toma conciencia de la debilidad del hombre frente a la naturaleza. Aquél no lleva el timón de ésta. La fuerza del hombre es nula y, por tanto, la única manera de habérselas con el entorno es, de entrada, afirmando la superioridad de éste. Si bien en el período mágico el hombre primitivo podía presionar a la naturaleza para que cumpliera sus deseos, en el religioso, el sentimiento de absoluta dependencia conduce al hombre a una situación de súplica y sometimiento. Solamente desde esta situación pueden ubicarse y comprenderse las argumentaciones de Frazer sobre el sacrificio.

Estamos ante uno de los primeros investigadores que reflexionaron abiertamente sobre un concepto central en antropología de la religión, como es el de la “sustitución”[24]. De su trabajo puede traslucirse la consideración de que, no sólo las prácticas rituales, sino también todo el vasto edificio de la mentalidad arcaica, no es más que un juego inmenso de sustituciones. Si nos fijamos bien, los dos principios antes reseñados en los que se estructura la magia primitiva están dominados por dicho concepto. En la magia homeopática, el comportamiento del chamán para imitar la lluvia, en cierto modo está sustituyendo, al tiempo que propiciando, su llegada. Del mismo modo, en la magia contagiosa, una parte del cuerpo de otra persona, o el muñeco que se crea como modelo de ella, están sustituyendo a la misma.

En el caso de las prácticas religiosas este juego de sustituciones es aún más palpable. Frazer dedicó buena parte de sus investigaciones al análisis de los rituales expiatorios y a la transferencia colectiva del mal [25]. En numerosas culturas existen ritos y creencias en los cuales una comunidad escoge a determinadas víctimas sacrificiales, volcando sobre ellas la responsabilidad de una calamidad por la que pasa la sociedad. El ser llamado a hacerse cargo de tan imponente desastre está sustituyendo a éste en su conjunto, de modo que sacrificarlo, esto es, acabar con él, supone también acabar con el desastre. El antropólogo estudió este extraño fenómeno universal en numerosos casos concretos.

En uno de los capítulos de La rama dorada, Frazer estudia un fenómeno muy interesante y que podemos encontrar en culturas tan distintas como Cambodia, Jambi, Grecia, Suecia, etc. Se trata de aquellos ritos en los que se sacrifica a uno de los hijos del rey. Este tema ha sido recurrente en antropología de la religión. Se remonta a la constatación de diversas sociedades monárquicas en las que, cada cierto tiempo, la comunidad exige la muerte de la figura regia. Según Frazer, fueron las clases dirigentes las que, para canalizar esta violencia de un modo que no conllevara sus propias inmolaciones, desviaron la responsabilidad fatal a sus propios hijos. Esta primera sustitución dio lugar a otras nuevas, en las que el hijo del rey fue posteriormente reemplazado por seres marginales: mendigos, esclavos, cautivos, etc. E incluso por todo tipo de animales[26] .

Debemos destacar tres consideraciones fundamentales de esta argumentación. En primer lugar, Frazer admite, no sólo la fuerza interna que el concepto de la sustitución opera en el sacrificio, sino la existencia histórica de un mecanismo creciente de sustituciones. Lo que en un primer momento suponía desviar la violencia de la comunidad al propio hijo, se va convirtiendo con el tiempo en sustituir al propio hijo, y así sucesivamente. Como dirá bastantes años después René Girard, el sacrificio, al ser “siempre sustitutivo, siempre es posible realizar una nueva sustitución, sacrificar sólo un sustituto del sustituto” [27]. De este modo, adivinamos una suerte de evolución en el tema, una generación de nuevas sustituciones centrífugas, desde el interior del seno familiar a la presencia de chivos animales u objetos naturales.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que este proceso viene marcado por una especie de artimaña o "treta malévola" perpetrada por las clases altas de las sociedades arcaicas. Frazer escribe, por ejemplo, que en Tesalia y en Beocia “reinaba de antiguo una dinastía en la que los reyes, por el bien del país, debían ser sacrificados al dios llamado Zeus Lafistianos, pero que ellos idearon desviar la responsabilidad fatal a sus hijos, de los que el mayor era generalmente el predestinado al altar”. Un poco antes nos dice: “Cuando un primer rey consiguió rescatar su vida logrando que se aceptara la de otro en lugar de la suya, tuvo que demostrar que la muerte de otro serviría para el objeto tan bien como podría servir la suya” [28]. Para Frazer, esta búsqueda de chivos expiatorios resulta de una invención consciente, de una trampa que realizan a sabiendas los reyes y los hombres poderosos, entre ellos la casta sacerdotal. Así el sacrificio se va plagando de terribles sustituciones, de “pantomimas” que desvían la violencia a un número creciente de sustitutos.

Por último, el fenómeno de la expiación, esto es, la posibilidad de transferir una culpa o responsabilidad a otros seres inocentes, es resultado de un erróneo proceso mental, una confusión de lo material y lo inmaterial, de lo físico y lo mental. Frazer nos dice que, al igual que se puede transferir un peso, un fardo, de una espalda a otra, del mismo modo, según el primitivo, se transfiere un peso psíquico o afectivo. Por tanto, y en paralelo con Tylor, la explicación del sacrificio radica en un lamentable error, una funesta asociación de ideas, de consecuencias desastrosas.

 

"La noción de que podemos transferir nuestras culpas y dolores a otros seres que los soportarán por nosotros es familiar a la mente del salvaje. Se origina en una confusión obvia entre lo físico y lo mental, entre lo material y lo inmaterial; por ser posible trasladar una carga de leña o piedras, o lo que sea, de nuestros hombros a los hombros ajenos, el salvaje cree igualmente posible transferir la carga de sus penas y tristezas a otro para que la sufra en su lugar. Con esta idea actúa y el resultado es un número infinito de tretas malévolas para endosar a otro cualquiera la pesadumbre de la que un hombre quiere sustraerse. En pocas palabras, la idea de delegar el padecimiento es corrientemente entendida y practicada por las razas situadas en un nivel inferior de cultura intelectual y social" [29].

- Página anterior - Índice - Pág. siguiente -