LAS TEORÍAS DEL SACRIFICIO PRIMITIVO
Y SU SIGNIFICADO ANTROPOLÓGICO
Textos de Víctor Cadenas de Gea


3. Magia y religión

Muchas de estas ideas van a ser heredadas por otro autor esencial en nuestra materia: James George Frazer (1854-1941). Su trabajo ejerció y aún ejerce una influencia poderosísima. Su obra esencial, La rama dorada, en su edición abreviada, sigue siendo objeto de fértil lectura. Haciendo gala de una increíble erudición, Frazer se convirtió, en su momento, en el gran especialista de la religión primitiva. Dedicó miles de páginas a analizar, con cautela y precisión, los fenómenos mágicos y religiosos de las sociedades primitivas y arcaicas. Como pronto veremos, el tema del sacrificio goza de una especial importancia.

Según Frazer, la humanidad ha recorrido tres periodos a lo largo de su devenir: magia, religión y ciencia. En el primero, el hombre primitivo se hace con la realidad por medio de técnicas mágicas. Sus conjuros y hechizos tratan de ejercer una influencia incontestable en la naturaleza de su entorno. El segundo período comienza a entreverse cuando los hombres primitivos, especialmente los miembros más inteligentes, caen en la cuenta de que sus fórmulas mágicas son del todo punto insuficientes para dominar a la naturaleza salvaje, que de vez en vez actúa furiosamente provocando cataclismos, intensas sequías o fenómenos insólitos. Al comprender la falsedad de la magia y de todos sus intentos por controlar lo incontrolable, la humanidad reconoce su sumisión y su futilidad frente a la poderosa naturaleza. Reconociendo la propia contingencia, el hombre primitivo comienza a pensar que “si el universo marchaba sin su ayuda ni la de sus congéneres, ello se debía seguramente a que existían otros seres como él, pero más poderosos e invisibles, que dirigían su vida y producían todos los diversos acontecimientos que hasta ese momento había creído dependientes de su propia magia”[19] . Es aquí precisamente donde surge la etapa religiosa de la humanidad, que a su vez dará lugar a la etapa científica, desde la cual nos habla Frazer.

De nuevo nos encontramos con una tripartición, descrita desde el punto de vista del agente individual. El ser humano de la etapa mágica, nos dice Frazer, entiende el mundo como algo dominado por leyes rígidas e invariables. El carácter impersonal con el que concibe a la naturaleza posibilita que las técnicas mágicas saquen provecho de ella en una especie de operación mecánica. En la fase religiosa, en cambio, ese mundo circundante se ha poblado de entes personales, describiendo una naturaleza elástica, variable, sujeta a los “caprichos” espontáneos de espíritus y deidades. Las operaciones religiosas típicas, de las que Frazer vuelve a destacar el sacrificio y la oración, tratarían de inducir a las potencias para que otorgaran sus favores. Son consecuencia de un universo regido por agentes conscientes, a quienes puede persuadirse para que modifiquen sus propósitos. Podría del mismo modo pensarse en una fuerte analogía de la etapa mágica con la científica. En efecto, si algo puede decirse de la concepción del mundo por parte de la ciencia clásica, es precisamente la de considerar a la naturaleza como sujeta a leyes invariables. Pero Frazer, y en esto estaría de acuerdo Tylor, entiende que la magia del hombre primitivo es bien diferente, pues se basa en un lamentable error, en un falso concepto de la asociación de ideas. Veámoslo con detenimiento.

La magia primitiva, ese extraordinario y variadísimo esfuerzo del hombre por influir en el entorno, se basa en dos principios básicos del pensamiento. Según el primero, lo semejante produce lo semejante, es decir, el ser humano produce el efecto deseado sólo con imitarlo. Según el segundo, las cosas que alguna vez estuvieron en contacto con otras siguen actuando recíprocamente a distancia, aun cuando se haya suprimido todo contacto físico. Podemos encontrar ejemplos característicos de cada uno de estos principios. En el primero, regido por la ley de semejanza, el mago de la tribu puede, por ejemplo, imitar la formación de nubarrones y el sonido del trueno, si lo que pretende es que se produzca la caída de la lluvia. Imitando el suceso, se produce el mismo. En el segundo, regido por la ley de contacto, hacerse con alguna parte del cuerpo de un sujeto (las uñas, restos de cabellos, etc.) y manipularlos por parte de un hechicero, puede provocar males a la persona. Los restos así recogidos son “dobles” potenciales. Lo que se produce a uno se produce al otro. Un caso paradigmático lo encontramos en aquellas culturas que mantienen un control severo sobre cualquier parte desprendible de su cuerpo, bajo el temor de que "caiga en malas manos"; o en aquellas otras que confeccionan un muñeco, doble del sujeto, y producen en él determinados daños, causándoselos a la persona viva[20] .

Estos dos principios del pensamiento primitivo engendran, por tanto, dos maneras complementarias de comprender la magia primitiva, llamadas respectivamente magia homeopática y magia contagiosa. Y ambas son “dos diferentes y erróneas interpretaciones de la asociación de ideas”[21] . En la primera, el error en el que incurren las “sociedades inferiores” estriba en suponer que las cosas semejantes son la misma cosa, que lo parecido se convierte en idéntico. O dicho de otra manera, que el efecto es semejante a la causa: “si queremos tiempo húmedo debemos estar mojados, si queremos tiempo seco debemos estar secos”[22] . En la segunda, el error consiste en suponer que las cosas que estuvieron en contacto permanecen para siempre en esa condición, aunque se las separe. Por medio de una influencia enigmática, todo lo que ha pertenecido a una persona sigue perteneciéndole a él, y en cierto modo es él. Tanto una magia como otra comparten, por tanto, un rasgo común fundamental: parecen sospechar que las cosas del mundo se interactúan recíprocamente y a distancia, mediante una especie de simpatía secreta (ley simpatética).

Pero nosotros debemos llegar a la etapa religiosa de la humanidad, donde se inscribe el sacrificio. A una etapa originada por la magia, pero superior y, por lo tanto, diferente a ésta.

“En primer término, la consideración de las nociones mágicas y religiosas fundamentales puede inclinarnos a deducir que la magia es más antigua que la religión en la historia de la humanidad. Hemos visto que, por un lado, la magia no es más que una equivocada aplicación de los más simples y elementales procesos de la inteligencia, es decir, la asociación de ideas en virtud del parecido o de la contigüidad, y que por otro lado, la religión presupone la acción de agentes personales y conscientes, superiores al hombre, tras del telón visible de la naturaleza. Es evidente que la concepción de agentes personales es más compleja que un sencillo reconocimiento de la semejanza o contigüidad de ideas; una teoría que presupone que el curso de la naturaleza lo determinan agentes conscientes es más abstrusa y profunda y requiere para su comprensión un grado más alto de inteligencia y reflexión que la apreciación de que las cosas se suceden unas tras otras tan sólo por razón de su contigüidad o semejanza” [23].



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