VISIÓN SINÓPTICA DE ROGER SCRUTON
(Artículos recopilados por F. Huneeus . Chile.)

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De la alienación a las instituciones y al significado de la vida

El drama de la vida comienza cuando se desmorona el mundo «primitivo, inmediato unificado, sin auto conciencia, inherentemente inestable, pero sin embargo en paz consigo mismo». Después de esa pérdida quedamos separados del hogar en un espacio que se ha vuelto ajeno. La alienación para Hegel es un momento inevitable de la condición humana. Esta situación de extrañamiento y escisión radical es nuestro valle de lágrimas, dice Scruton. «La conciencia se separa de símisma y también de su objeto». Superarla es una tarea. Sólo es posible si el espíritu «inviste al mundo con la idea del otro». El «yo» sólo se cae a su propio abismo.

Un camino para salir de la alienación y alcanzar una «unidad restaurada» es el sentido de pertenencia que otorgan las instituciones. El razonamiento de raíz hegeliana ensambla con el de Durkheim. La sensación de alienación brota de la pérdida de las pertenencias ancestrales, las de la tribu, por ejemplo. El culto religioso equivale a una forma de restauración del hogar perdido. «La religión», dice Scruton, «es la afirmación de la primera persona plural».

La experiencia de ser miembros de una familia, de una sociedad, de un estado es central. De ella surge nuestra visión de nosotros mismos como personas, es decir, como capaces de actuar por razones o intenciones, como seres con derechos que debemos respetar. Las asociaciones voluntarias y las pertenencias juegan un papel insustituible. Sin ellas «no se puede establecer la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo». (Echo de menos en esta justificación de las instituciones una discusión de las ideas de Gehlen, cuya visión parece cercana a la de Scruton).

«Nacemos, nos reproducimos y morimos», sostiene Scruton, «y sólo a través de nuestra pertenencia a comunidades es que pueden aceptarse estos episodios cruciales, en los que se revela nuestra condición. Y de este acto de aceptación brota nuestra sensación del significado de la vida».

Es una ilusión creer que el acceso privilegiado a ciertos estados mentales que nos permite la primera persona autoricen a imaginar el yo desconectado de lo público. Efectivamente hay ciertas oraciones en primera persona inmunes al error: el cogito de Descartes; «me duele» , de Wittgenstein. Pero esa inmunidad sólo es posible porque hay un lenguaje común. Los argumentos de Wittgenstein apuntan a mostrar, justamente, que no existe tal cosa como un lenguaje privado.

Un escritor intuye de cerca lo que es esto. Su lucha es llegar a tocar la intimidad de un yo con la lengua pública. El escritor no crea el lenguaje. Trata, más bien, de darle un sello personal, de descubrir sus posibilidades para aludir a lo subjetivo, a veces a lo más privado e idiosincrático, de explorar sus límites y sugerir desde de allí, quizás, un más allá. Pero no puede saltar fuera del lenguaje.

En tal sentido se puede hablar de «la construcción social del yo». Escribe Scruton: «El punto de vista subjetivo, que encontramos en la experiencia estética o religiosa, no consiste en retirarse de los otros, al contrario, sino en la búsqueda de una comunidad en la que de verdad estemos en comunión».

Para Scruton la «tendencia de la mente a extenderse sobre los objetos», para usar la expresión de Hume, es una manera de «buscar el hogar. Y el hogar es donde están los amigos. Es lo que ocurre con la risa, esa «gloria súbita» como la llamó Hobbes. «Cuando estallo de risa» dice Scruton, «no sólo yo cambio; el mundo cambia conmigo».

* Arturo Fontaine es escritor. Su última novela es «Cuando éramos inmortales» (Editorial Alfaguara)

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