ARTHUR SCHOPENHAUER

La fuga imposible (Nota)


Una vez expuesta la postura, o más bien, el diagnóstico que hace Schopenhauer ante la vida y los dolores del mundo, no queda más que continuar la exposición con, lo que podríamos llamar, los remedios prescritos y tratamientos prohibidos, que él señala como efectivos contra dicha enfermedad de la existencia.

Se comenzará este capítulo con un breve resumen sobre el problema de la voluntad de vivir, para posteriormente hablar sobre el arte como "aquietador" de la volición, el suicidio, la conmiseración y el ascetismo.

Una vez más, los textos que se utilizarán principalmente en el desarrollo de los temas serán El mundo como voluntad y representación y El amor, las mujeres, la muerte y otros temas.

Empezaremos por recordar que todo querer nace de una necesidad, es decir, de una carencia, y por lo tanto, de un sufrimiento.

La satisfacción pone fin al sufrimiento; pero por cada deseo que se satisface existen otros insatisfechos. Las necesidades son infinitas y su satisfacción es breve y escasa. La satisfacción definitiva es sólo aparente, y el deseo colmado siempre deja su lugar a otro nuevo, volviendo así la lucha por la satisfacción imposible, donde cualquier necesidad saciada "se parece a la limosna que se arroja al mendigo y que sólo sirve para prolongar sus tormentos."

"Todo deseo nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo se calma. Mas por cada deseo satisfecho, ¡cuántos sin satisfacer! Además, el deseo dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y mezquinamente tasado."

EL ARTE DE LA FUGA

En la experiencia humana encontramos que el individuo fija su deseo en algo e inmediatamente después, subordinando el conocimiento a la voluntad, utiliza su entendimiento para alcanzar su objeto del deseo. Siendo así la inteligencia herramienta con la cual ha dotado la naturaleza al hombre para poder alcanzar los fines de la voluntad.

Mientras estamos ocupados bajo la presión del deseo con sus alternativas de esperanza y de temor no es posible que disfrutemos dicha ni tranquilidad. El desear nos mantiene oscilantemente presos entre el dolor y el placer y es este movimiento vertiginoso y perpetuo lo que nos mantiene incómodamente alejados de la tranquilidad y el sosiego.

Cuando una circunstancia exterior o nuestro propio estado de ánimo nos arranca del círculo vicioso del querer (emancipando nuestro conocimiento de la esclavitud del deseo) y nuestra atención concibe las cosas libres de sus relaciones con nuestra volición, es decir, de un modo desinteresado, sin subjetividad, objetivo, la tranquilidad buscada antes por el camino del querer aparece llenándonos de dicha.

"Entonces es cuando ese reposo vanamente buscado por todos los caminos abiertos por el deseo, pero que siempre ha huido de nosotros, se presenta en cierto modo por sí mismo y nos da la sensación de la paz en toda su plenitud."

Cuando el conocimiento se emancipa de este modo no existe ya para nosotros ni el dolor ni la dicha; nos hemos convertido en un sujeto cognitivo libre de voluntad: es decir, una inteligencia pura sin propósitos ni fines.

"El delicioso éxtasis anejo a la contemplación se cifra en que nos libera de los tormentos del querer, convirtiéndonos en puro sujeto cognitivo que se toma vacaciones y festeja el Sabbath de los trabajos forzados impuestos por la volición."

Es así, que sí uno se convierte en sujeto puro del conocimiento, alejado de la voluntad y el círculo vicioso que conlleva, nos alejaremos necesariamente de la condición de posibilidad del sufrimiento, teniendo por consecuencia la incapacidad de experimentar dolor. Mientras que la posibilidad de experimentar gozo, siendo el deleite de naturaleza negativa, permanecerá intacta.

Ahora bien, Schopenhauer sostiene que los instantes más felices que conocemos son aquellos en que la contemplación de obras de arte nos hace libres de los ávidos deseos.
En la contemplación estética "nuestra personalidad desaparece en la intuición, nos perdemos en el objeto, olvidamos nuestro individuo (…) convirtiéndonos en puros objetos del conocer."

"Este efecto sólo puede lograrse por la fuerza interior de una disposición artística." Sin olvidar que esta disposición de espíritu se puede ver favorecida y estimulada por ciertos objetos que nos predisponen a ella.

Las cosas bellas nos invitan y casi nos imponen un conocer "avolitivo", por medio del cual nos olvidamos de lo que inquieta nuestra voluntad, volviéndonos sujetos puros del conocimiento.

A pesar de lo anteriormente expuesto, el camino del arte, como salida de emergencia a la dialéctica aprogresista del querer en su incesante movimiento oscilatorio, es insuficiente, ya que no se puede permanecer mucho tiempo en la contemplación estética, es decir, en el goce desinteresado de lo bello que sólo aquieta por algunos instantes la voluntad voraz del hombre, y más temprano que tarde seremos reclamados fuera de dicho estado, de vuelta al círculo vicioso del querer.


SUICIDIO

Con las pesadillas pasa igual que con el sueño de la vida, cuando los horrores son inaguantables, la angustia nos obliga a despertar.

Schopenhauer explica que el hombre decide poner fin a su vida cuando considera que las crueldades de ésta son superiores al temor que le causa la muerte.

El problema con el suicidio, como forma de escape de este inhóspito mundo, es que lejos de ser la negación de nuestro constante desear, abandonando el querer y su intrínseca espiral de sufrimiento, es un acto de afirmación enérgica de nuestra volición, es decir, de la voluntad de vivir.

La verdadera negación no consiste en aborrecer el dolor, sino en aborrecer los goces de la vida. Como hemos visto antes, el dolor es propio a la existencia, y paradójicamente mientras más intentamos huir del sufrimiento hacia el goce, menos nos alejamos de éste.

El suicida –dice Schopenhauer- ama la vida; lo único que le pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece. El hombre cuando se quita la vida, en realidad lo único que busca es una forma de existencia que no se identifique con el sufrimiento.

Inclusive, la sola idea de cometer suicidio se plantea como un acto en el que se desea huir del dolor, olvidando que este mismo acto del querer, nos sumerge nuevamente en el insistente movimiento pendular del querer.

"Al destruir su cuerpo (el individuo) no renuncia a la voluntad de vivir, sino a la vida. Quiere vivir, aceptaría una vida sin sufrimientos y la afirmación de su cuerpo, pero sufre indeciblemente porque las circunstancias no le permiten gozar de la vida."

Precisamente porque el suicida no puede dejar de querer, es que cesa de vivir, afirmando así la voluntad de vivir en él. La falta radica en que el dolor del cual se sustrae al quitarse la vida, es lo que podía conducirle, desengañado de la voluntad, a la dejación voluntaria de sí mismo y por consiguiente a la salvación.

"Sucede con quien se mata como con un enfermo que prefiriese conservar su enfermedad por no tener energía para dejar concluir una operación dolorosa, pero saludable."

El dolor se le ha acercado dándole la posibilidad de negar la voluntad, pero él, al cometer el suicidio, lo desvía afirmando rotundamente la voluntad de vivir.

Aunque Schopenahuer no recomienda el suicidio, tampoco lo condena moralmente; simplemente lo considera un error: una liberación falsa, que en vez de negar la voluntad de vivir, siendo ésta la verdadera causa de nuestro sufrimiento, se convierte en su máxima afirmación, ya que al suicidio nos mueve el deseo de otra forma de existencia (cualquiera que ésta sea, inclusive la nada) en la que el sufrimiento esté desterrado.

Por otro lado, el suicidio de los ascetas es completamente diferente; en éste, el hombre a llegado al más alto grado de renuncia de sí mismo, dejándose morir deliberadamente por inanición. "Parece no obstante que el abandono absoluto de la voluntad puede llegar hasta suprimir la parte indispensable de ésta para sostener por la alimentación la vida vegetativa del organismo. Esta especie de suicidio está lejos de nacer de la voluntad de vivir, porque un asceta de este tipo ha dejado en un todo de querer. Y no se concibe que elija otro género de muerte que la mencionada (a no ser que la superstición le sugiera otro), pues si tratase de aminorar el suplicio demostraría ya un grado de afirmación de la voluntad.


RESIGNACIÓN, RENUNCIAMIENTO, ASCETISMO Y LIBERACIÓN
" (…)la victoria más grande y trascendente que puede producir la tierra no es la del que vence al mundo, sino la del que se vence a sí mismo."

Si lo que llena de dolor nuestra existencia –explica Schopenahuer- es la voluntad de vivir, entonces lo que hay que hacer es negar esta voluntad, y salir así del remolino doloroso que nos impone.

Gracias a la conmiseración , el hombre deja de hacer diferenciaciones egoístas entre él mismo y los demás, reconociéndose a sí mismo en todos los seres hasta el grado de reconocer como suyos los sufrimientos de todo cuanto vive, llegando a ser caritativo hasta la abnegación y dispuesto a sacrificarse por el bienestar de los otros.

Libre de todo egoísmo se vuelve insensible a las alternativas de bienes y de males que aparecen en su destino. Todo cuanto vive, todo cuanto sufre, está igualmente cerca de su espíritu. Percibe el conjunto de las cosas en su eterno flujo: los vanos esfuerzos, las luchas interiores y los sufrimientos sin fin inherentes a la vida. Observa por todas partes al hombre sufrir, al animal sufrir y al mundo desvanecerse eternamente. Y es a partir de ese momento que se une a los dolores del mundo más estrechamente que el egoísta a su propia persona.

Schopenhauer sostiene que con tal "conocimiento" del mundo, que conlleva el descanso de todo deseo, nadie puede preferir afirmar su voluntad de vivir. Entonces la voluntad se aparta de la existencia, rechazando todos los goces que la perpetúan. "El hombre llega entonces al estado del renunciamiento voluntario, de la resignación, de la tranquilidad verdadera y de la ausencia absoluta de voluntad." De igual forma que el hombre fascinado por el egoísmo, no ve en las cosas sino lo que le interesa, siempre tomando en ellas motivos renovados para desear y querer.

"Mientras que el perverso, entregado por la violencia de su voluntad y de sus deseos a tormentos internos continuos y devoradores, cuando el manantial de todos los goces llega a secarse, se ve reducido a apagar la sed con el espectáculo de las desventuras ajenas; por el contrario, el hombre que está penetrado de la idea de la dejación absoluta, cualquiera que fuere su desnudez, por privado que esté exteriormente de toda alegría y de todo bien, gusta, sin embargo, de pleno regocijo y goza de un sosiego verdaderamente celestial (…) Lo que siente es una paz inquebrantable, un sosiego profundo, una íntima serenidad, un estado que no podemos imaginar sin aspirar a él con ardor, porque nos parece el único justo, infinitamente superior a cualquier otro; un estado al que nos convidan y llaman lo mejor que hay en nosotros y esa voz interior que nos grita: Sapere aude. Entonces comprendemos bien que todo deseo cumplido, toda dicha arrancada a la miseria del mundo, son como la limosna que sostiene hoy al mendigo para que mañana se muera de hambre, al paso que la resignación es como una tierra recibida por herencia, que pone para siempre al abrigo de los cuidados al feliz poseedor."

En este hombre, que ha dejado querer "la vida se torna una débil apariencia semejante a un sueño matinal y acaba por difuminarse como éste mediante una inadvertida transición." La voluntad se aquieta, extinguiéndose al punto de sólo conservar la mínima indispensable para mantener la propia vida y existir "como un espejo del mundo que nada enturbia."

Pero sólo un número reducido de hombres tienen la disposición de espíritu necesaria para poder acercarse a esta vía; y a los que logran acercarse, siempre se les presentan asechantemente los momentos de placer, el atractivo del deseo, la confianza de la esperanza, etc., como eternos obstáculos al renunciamiento de sí mismos.

Por eso es necesario para que la voluntad llegue al renunciamiento de sí misma, que un inmenso sufrimiento la destroce.

Aunque esto no es garantía, ya que podemos recaer como quien ya sano vuelve a enfermar crónicamente, puesto que la negación de la voluntad, no es un bien definitivamente adquirido, y más bien hay que reconquistarlo siempre.

Cuando el individuo ha recorrido todos los niveles de la angustia, después de haber opuesto una resistencia absoluta, y toca el abismo de la desesperación, se reconcentra repentinamente dentro de sí mismo, se conoce y conoce al mundo, transformándose, elevándose sobre sí mismo y sobre el sufrimiento.

"Purificado entonces, santificado en cierto modo con un sosiego y una felicidad inquebrantables, con una elevación inaccesible, renuncia a todos los objetos de sus deseos apasionados y recibe la muerte con alegría. De la purificadora llama del dolor brota repentinamente, cual pálida luz, la negación de la voluntad de vivir, o sea, la libertad de este mundo."

Su voluntad se convierte: ya no se afirma a sí mismo sino que niega su propia voluntad.

"Ya no se contenta con amar al prójimo como a sí mismo ni hacer por los demás lo que haría por sí, sino que nace en él un horror hacia ese ser, cuya manifestación es su persona, la voluntad de vivir, esencia y elemento interior de un mundo que considera como un tormento."

Las disposiciones para querer son ahogadas deliberadamente, sometiéndose a no hacer nada de lo que se quiere y hacer lo que no se quiere, aunque el único motivo sea mortificar su voluntad.

Una vez abrazado el ascetismo , el hombre cesa de querer, huye de encariñarse, y practica la indiferencia en todo y por todo, reniega de la voluntad, somete su cuerpo embustero, huye de la satisfacción sexual y alcanza la pobreza voluntariamente, para evitar que nuestra voluntad se excite con los goces de la vida, cayendo de nueva cuenta en el círculo vicioso del querer.

El daño producido por el azar o la crueldad de los hombres, la ignominia, las ofensas, etc., servirán al hombre para darse cuenta de que no afirma la voluntad de vivir; volviéndose estas afrentas la corona que premia la negación de la voluntad. De ahí que se soporte "la humillación y el dolor con inagotable dulzura, pagando el mal, sin ostentación, con el bien y extinguiendo en él mismo el fuego de la ira así como el de la concupiscencia."

"A él (al asceta) ya nada le puede agitar, pues ha cortado los mil lazos con que la voluntad nos ata a la tierra y que bajo la forma de concupiscencia, de miedo, de envidia o de cólera, nos conmueve en todos sentido. Contento y risueño mira ya esos espejismos terrenales que antes tanto le conmovían y agitaban y que ahora le dejan indiferente, como las piezas del ajedrez después de la partida, o como los trajes de máscaras arrojados por la mañana en el guardarropa después de haber palpitado bajo ellos la noche de carnaval. La vida y sus formas flotan ante nuestros ojos como sombras fugitivas, como ante los del durmiente al despertar flota el ensueño ligero de la mañana a través del cual se dibuja ya la realidad y que por lo mismo no puede engañarle. Al igual que este ensueño, la vida misma se desvanece suavemente."

El hombre que ha quebrantado su voluntad, espera con calma y seguridad, el fin de su vida privada ya de sus engañosos incentivos; y cuando la muerte llegue por fin a cobrar su deuda, la recibirá, con júbilo y con el corazón satisfecho, como una redención ardientemente deseada, y la saludará como quien saluda a la libertad.

El ascetismo (inmolación reflexiva de la voluntad egoísta) se enlaza estrechamente con el quietismo (renunciamiento a todo) y el misticismo (conciencia de la identidad de su ser con el conjunto de las cosas y el principio del universo). Cualquiera que cultiva una de estas tres disposiciones se ve atraído hacia las otras dos en cierto modo.

"Lo confesamos: lo que queda después de la supresión total de la voluntad no es absolutamente nada para todos aquellos que están ávidos aun de querer vivir: es la nada. Pero también para aquellos en quienes la voluntad ha llegado a apartarse de su objeto y negarse a sí misma, ¿qué es nuestro mundo, que nos parece tan real, con todos sus soles y sus vías lácteas? Nada."

Armando López Muñoz
mexfilosofia@hotmail.com