JUAN HUARTE DE SAN JUAN

3. Imaginación: reminiscencia y sentido común

Salta a la vista en seguida la analogía de este esquema y esta interpretación del conocimiento con las famosas condiciones trascendentales kantianas. Tanto en Huarte como en el alemán el entendimiento y la imaginación son dos potencias arquitectónicas del psiquismo que suponen la forma del sujeto en toda especie de conocimiento, tanto sensible como científico. Así como el entendimiento construye los conceptos o "noticias" inteligibles, dice Huarte, la imaginación construye las figuras sensibles. Esta última muestra así su dimensión "trascendental" como principio ordenador del material sensible recogido en la memoria; del mismo modo que el entendimiento actúa como poder ordenador y productor de conceptos.

"El error de los filósofos naturales -dice Huarte- está en no reconocer que el hombre fue hecho a semejanza de Dios, y que participa de su divina providencia, y que tiene potencias para conocer todas tres diferencias de tiempo: memoria para lo pasado, sentidos para lo presente, imaginación y entendimiento para lo que está por venir" (cap. IV).

La memoria, pues, recoge el tiempo, mientras que la imaginación y el entendimiento lo anticipan: apuntan a su telos. La memoria guarda las imágenes ("fantasmas") de las cosas para cuando el entendimiento las quisiere contemplar.

Un aspecto particularmente original del psicologismo de Huarte es la consideración de la reminiscencia (la anamnesis platónica) como función de la facultad imaginativa, y no de la memoria. Huarte se opone también a Aristóteles por vincular éste la reminiscencia al entendimiento. Discute al Estagirita porque, a su juicio, son los ingenios inventivos, esto es, los imaginativos y con reminiscencia, los que pueden escribir libros.
Inventivos son los espíritus caprichosos y libres que se remontan fuera de la común opinión, al juzgar y tratar las cosas de diferente manera a como se vienen tratando. La comparación que Huarte utiliza para expresarlo es llana y deliciosa... Así como a una gran manada de ovejas suelen los pastores echar una docena de cabras que las levanten y lleven a gozar de nuevos pastos, conviene en las letras humanas que haya ingenios caprichosos (13) que descubran a los entendimientos oviles nuevos secretos de la naturaleza y les den contemplaciones nunca oídas en que ejercitarse. "Porque de esta manera van creciendo las artes, y los hombres saben más cada día" (fin del cap. V).

El autor del Examen se sorprende de la diversidad (hasta nueve grados) y variedad de las funciones psíquicas que corresponden a la imaginación, cuya base física asimila a la parte delantera de la cabeza. Entre dichas funciones, y nada desdeñables por cierto, están la reminiscencia, a la que nos acabamos de referir, y el sentido común. Es la imaginación la que compone especies, en presencia o ausencia de los objetos (14). Es también ella la que impone los nombres: nombrar es "saber imaginar los nombres con la consonancia y buen sonido que piden las cosas nuevamente halladas" (cap. I, 1594). La imaginación escribe en la memoria las figuras de las cosas que quiere que no se olviden, que conocieron los cinco sentidos y el entendimiento, y otras que ella misma fabrica. Y cuando quiere acordarse de ellas las torna a mirar y contemplar.

Que la imaginación es responsable del sentido común significa que no puede haber percepción, ni sentido de la realidad sensible, sin ella. De la imaginación depende el conocimiento de los particulares, el conocimiento de sus diferencias y de sus determinaciones espaciales y temporales, que son físicamente decisivas; mientras que, por su parte, el entendimiento sólo se ocupa de las cosas universalmente, meta-físicamente. En efecto, los sentidos exteriores no pueden obrar bien si no asiste con ellos la buena imaginativa (cap. XII). Huarte distingue entre la sensación como fase física y la imagen como fase psíquica de la percepción. Es la segunda figura, la que se forma dentro, la que viene a alterar significativamente la imaginación. Por eso, ningún conocimiento se hace "si no advierte la imaginativa". De ahí la importancia de la atención, la distracción o concentración, como especies del cuidado que la imaginación pone en las cosas (15).

En una palabra: "es cierto que la imaginativa es la que hace el juicio y conocimiento de las cosas particulares, y no el entendimiento ni los sentidos exteriores" (cap. XII). Cuando Huarte se refiere al modo en que la imaginativa acierta con la verdadera imagen de las cosas, traza simplemente un circunloquio para aludir a lo que modernamente llamamos intuición. Resulta que, para alcanzar el conocimiento de las cosas singulares, tiene la imaginativa ciertas "propiedades inefables con las cuales atina a cosas que ni se pueden decir ni entender, ni hay arte para ellas".

Huarte nos sorprende al descubrir, por un lado, el lazo que ata la imaginación a la voluntad. Y por otro lado nos ofrece de las ideas una clasificación muy parecida a la cartesiana (facticias, ficticias e innatas), sólo que lo innato para el doctor baezano -como para Chomsky- no es la idea misma, sino el poder generativo de la imaginación para producirla.

La vinculación de la imaginación y la voluntad no tiene, en principio, nada de metafísica en Huarte. Una vez puestos en relación los humores somáticos y los afectos, nuestro autor insiste en que el amor y las demás pasiones avivan la imaginación. Y ésta a su vez ejerce un eficaz poder dinamogénico sobre la acción, pues despierta tanto al alma apetitiva, como a la irascible y a la racional.

Muy decisivamente, Huarte alcanza a intuir la interrelación entre la razón y la imaginativa. ¿Cómo actúa la imaginación sobre la facultad racional de la mente humana? Nuestro autor responde: mediante la consideración de las cosas divinas. En la edición subpríncipe (1594), Huarte profundiza más que en la príncipe de 1575, en torno a la importante contribución de la imaginación a la formación del juicio, de especial relevancia moral y estética tratándose del buen juicio. Para ello nos recuerda que Demócrito perdió al final de su vida la imaginación, por lo cual comenzó a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera de término, que toda la ciudad de Abdera le tuvo por loco (cap. II, 1594). Si la consideración de lo posible es cosa de la imaginativa, es natural que la insania de la imaginación disuelva el sentido común y nos precipite en la locura.

De las tres facultades que componen el ingenio humano, la imaginativa y en cierto grado el entendimiento, como luego veremos, poseen intimidad con la libertad, contribuyendo así muy decisivamente a la formación del carácter moral. La imaginativa, en efecto, es libre de imaginar lo que quisiere. Kant habla (véase el texto que hemos citado en la nota 15) de la "espontaneidad de la imaginación productiva", pero no la separa tan claramente del entendimiento como Huarte, al suponer que es "un efecto del entendimiento sobre la sensibilidad". Por tanto, piensa Huarte, de las acciones de esta potencia, la imaginación, "andan siempre ávidos los espíritus vitales y sangre arterial, y los echa a la parte que quiere, y donde acude este calor natural queda la parte más poderosa para hacer su obra, y las demás con menos fuerza...; y así estando en nuestra elección fortificar (con la imaginativa) la potencia que quisiéremos, con razón somos premiados cuando fortificamos la racional y debilitamos la irascible, y con justa causa somos culpados cuando fortificamos la irascible y debilitamos la racional. De aquí se entiende claramente con cuánta razón encomiendan los filósofos morales la meditación y consideración de las cosas divinas; pues con sola ella adquirimos el temperamento que el alma racional ha menester, y debilitamos la porción inferior" (V, 1594).

¿Hasta qué punto estas palabras de Huarte abren el camino al deísmo ilustrado? Esta cuestión es difícil de responder. Pero que las cosas divinas sean objeto de la imaginación, parece implicar que no puedan serlo de la actividad sensible, que no son hechos del mundo. Sólo el fanático ve a Dios. Si Dios no existe como hecho sensible, hay que pensarlo como objeto imaginario, hay que ingeniarlo, hay que inventarlo como ideal de perfección posible. Esto es lo que podría deducirse del análisis del Examen, con tal de que uno renuncie a ver en la Palabra revelada una noticia sensible. La pertinencia ética de las ideas acerca de lo divino, penden ahora de la potencia trascendente de la imaginación, de sus poderes anticipadores, cuyo cuidado es la atención que debe elevar el espíritu hacia las cosas mejores, cosas que son, propiamente, o relativamente, invenciones, engendros, especies, ideales suyos.

La reminiscencia es potencia de la imaginación cuando ésta reconstruye las figuras de la memoria que se han perdido o desfigurado, a partir de lo que queda. De este modo, la imaginación puede suplir la falta de memoria, la invención sirve entonces figuras y sentencias de lo no dicho, de lo posible aún no existente. De ahí que "hacer memoria de las cosas y acordarse de ellas después de sabidas, es obra de la imaginativa, como el escribir y tornarlo a leer es obra del escribano y no del papel" (cap. V). Esta función de la imaginación, que obra la reconstrucción inventiva de lo representado, es la que hace del hombre un animal previsor, un "espíritu profético".

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3. Imaginación: reminiscencia y sentido común|Introducción| 2. Naturaleza e ingenio| 4. La prudencia de la carne: la destreza y la gracia | 5. Las acciones del entendimiento|6. Trascendencia de la voluntad racional | 7. El bruto y el ángel |

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José Biedma