ASTROBIOLOGÍA Y BIOCENTRISMO (*)
Roberto Aretxaga.
Doctor en Filosofía (Universidad de Deusto). Especialista Universitario en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNED). Investigador (Dpto. de Filosofía de la Universidad de Deusto). Miembro de The Planetary Society.


2. El biocentrismo astrobiológico

Con la expresión “biocentrismo astrobiológico”, o “significado astrobiológico del término biocentrismo”, haremos referencia al biocentrismo tal y como lo entiende Julián Chela Flores cuando lo define como “the belief that life has occurred only on Earth” (Chela-Flores, 1998), o “la doctrina que atribuye un carácter único a la evolución biológica que ha tenido lugar en la Tierra, desde una bacteria hasta los seres humanos” (Chela-Flores, 2003).

Este doble sentido del término “biocentrismo” permite plantear una cuestión filosóficamente relevante. En efecto, en cuanto “creencia” (belief), el biocentrismo no constituiría un sistema de ideas racionalmente fundamentado y articulado sino una convicción íntima de un sujeto o grupo que, explícita o no, consciente o no, justificada o no, organiza y orienta sus pensamientos y acciones. Así entendido, el término “biocentrismo” admite ser analizado a la luz de las nociones filosóficas de “mundo de la vida” (Lebenswelt, Husserl) y “creencia” (Ortega y Gasset).

Como “doctrina”, el biocentrismo sería una teoría –como la sostenida por J. Monod y otros- que formaría parte de lo que T. Kuhn denomina “paradigma científico”. En este sentido, el término “biocentrismo” pertenecería a la categoría orteguiana de “idea”.
Pero, en definitiva, en ambos casos el biocentrismo constituiría una de las claves explicativas de nuestra actual forma de entender, comprender, valorar y explicar el universo, la vida y la humanidad, siendo uno de los pilares de nuestra actual “concepción del mundo” (Weltanschauung, Dilthey), y esto es justamente lo que deseamos destacar cuando hablamos de “biocentrismo astrobiológico” o “significado astrobiológico” del biocentrismo, el cual incluye ambos sentidos: el de “creencia” y el de “idea”.

Desde esta perspectiva, nos centraremos seguidamente en la relación entre el biocentrismo astrobiológico y la astrobiología como ciencia.

La cuestión de la vida extraterrestre y de la pluralidad de mundos fue planteada por el ser humano ya en la antigüedad (Dick, 1984), lo que significa que la astrobiología es heredera de una vieja inquietud humana. Sin embargo, en cuanto ciencia actual, la astrobiología  se sirve para su estudio de teorías, técnicas y métodos del siglo XX que han revolucionado el modo humano de acceso a, y presentación de, lo real -físico o viviente-, consiguiendo, además, implicar en su tarea a todos los campos del saber humano (Aretxaga, 2003).
Copérnico y Galileo pusieron fin al geocentrismo. Darwin sentó las bases para superar el antropocentrismo. Desde nuestra perspectiva, lo realmente significativo de sus respectivas aportaciones científicas en astronomía y biología es que contribuyeron a cambiar radicalmente nuestra concepción del universo, del hombre y de su puesto en él, lo que se reflejó en profundos cambios culturales y sociales.

Por lo que respecta al biocentrismo astrobiológico, éste aún constituye, como el geocentrismo y el antropocentrismo en su momento, uno de los pilares de nuestra civilización, pues hasta el presente no tenemos constancia cierta de la existencia de otro tipo de vida distinto del terrestre. Pero también sabemos que la ausencia de prueba concluyente de la existencia de vida extraterrestre no equivale sin más a la prueba de su ausencia. Pues bien, los descubrimientos astrobiológicos refuerzan esta segunda línea argumental y comienzan a hacer mella en los fundamentos del biocentrismo como teoría científica. Por esta razón, podemos afirmar que los datos y conocimientos reunidos incansable e ininterrumpidamente por ustedes y sus colegas durante casi tres décadas de rigurosa labor científica poseen una importancia histórica, pues constituyen la base para una eventual falsación experimental del biocentrismo, lo que permite concebir fundadamente la posibilidad de que nos hallemos ante una futura -y quizás no lejana- aportación científica que, como las de Galileo o Darwin, haga historia no sólo por sus implicaciones científicas y tecnológicas sino también, y sobre todo, por sus nuevas y revolucionarias consecuencias para los demás aspectos que integran las distintas culturas y sociedades humanas (filosofía, arte, religión, política, literatura...).

Por lo expuesto, resulta posible considerar el biocentrismo como una de las grandes barreras para el progreso humano (Chela-Flores, 2001) pues, al igual que el geocentrismo y el antropocentrismo en su momento, en la actualidad el biocentrismo estaría dificultando la elaboración por parte de la humanidad de una imagen más adecuada de sí misma y, por tanto, una comprensión más ajustada de su verdadero lugar en el universo y del nuevo tipo de responsabilidades derivadas de todo ello. Si, además, en términos generales un conocimiento correcto contribuye a generar ventaja adaptativa, saber la verdad sobre el biocentrismo favorecerá, en principio, la supervivencia de la especie humana.

De todo lo anterior se sigue lo adecuada y responsable que resultará la tarea de descubrir y analizar el papel del biocentrismo como elemento configurador de los numerosos y complejos aspectos que constituyen las culturas y sociedades humanas, pues ello permitirá comprender mejor el carácter y la profundidad de los cambios e implicaciones que generaría su eventual caída. Esto, a su vez, facilitará la tarea complementaria de prospectiva para la elaboración de modelos que permitan afrontar con mayor agilidad y eficacia posibles futuros impactos. En este sentido, si bien no corresponde al humanismo probar la falsedad del biocentrismo, sino a la ciencia astrobiológica, sí sería responsabilidad de filósofos y humanistas, en cambio, ejercer y fomentar la reflexión que facilite la comprensión y asimilación por parte de la humanidad en su conjunto del sentido que para ella tendrían las implicaciones y consecuencias de un eventual éxito de la astrobiología en su objetivo de hallar vida, actual o pasada, fuera de la Tierra. En este orden de cosas, debemos destacar la importante labor que, desde la perspectiva de la inteligencia extraterrestre, está llevando a cabo el Instituto SETI (Billingham et al, 1994; Tough, 2000).

Todo lo dicho permite concluir la necesidad de reforzar e incrementar la colaboración entre astrobiólogos y humanistas. Un importante paso en este sentido sería tanto la potenciación de la formación astrobiológica básica de los humanistas interesados, que les capacitara para comprender mejor la naturaleza e implicaciones de los desarrollos y resultados de esta revolucionaria ciencia emergente, como la formación filosófico-humanística de los astrobiólogos, que les ayudara a advertir críticamente tanto determinados aspectos meta-científicos de su disciplina -presupuestos teóricos, límites epistemológicos, condicionantes epistémicos... -, como la trascendencia histórica de su peculiar labor científica y su papel en el progreso humano.

 


Roberto Aretxaga Burgos
Doctor en Filosofía (Universidad de Deusto). Especialista Universitario en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNED). Investigador (Dpto. de Filosofía de la Universidad de Deusto). Miembro de The Planetary Society.
roarebur@hotmail.com

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