FOUCAULT
UNA APROXIMACIÓN AL PENSAMIENTO FILOSOFICO
Textos de Alfonso Forero, Profesor Universidades Libre y Autónoma de Colombia.

 

Sobre la relación de la Poesía y el pensamiento filosófico

Arriesgando una imagen, ejercitando el rodeo, y de manera fragmentaria, elíptica, limitada, marginal, sin ninguna pretensión erudita o científica, quisiera hacer aquí una corta observación, sobre las relaciones entre la poesía y el pensamiento filosófico. Y si alguien pudiera decir, con pesantez profesoral, que se trata solo de ‘resúmenes de lectura’, tendré que concederle que sí. “En un extremo el mundo se nos presenta como una colección de heterogeneidades; en el otro, como una superposición de textos, cada uno ligeramente distinto al anterior: traducción de traducciones de traducciones, cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero del mundo no verbal y, después, porque cada signo y cada frase son la traducción de otro signo y otra frase. Pero este razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta, cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único” [4]. De todos modos, este intento tal vez pueda tener el mínimo valor de ser el testimonio de un camino y un esfuerzo propio por liberarnos del hostigamiento cotidiano a las fuerzas de la vida, del pensamiento y la poesía que atormentan nuestra existencia. Por buscarle una salida y una “cura a la diaria pre-ocupación”, en el único sitio donde se encuentra la “curación”: en el arte y el pensamiento filosófico que devuelven la capacidad de amar y con ella la capacidad de soportar la angustia de ‘nacer’ y del “estar en el mundo”.

Aunque suene pedagógico debe enunciarse lo que aquí se entiende por poesía o por el ‘decir poético’. Pero ello no es posible a través de ninguna definición o acercamiento que dé cuenta de la ‘esencia’ de la poesía. Ese fue el trabajo maravilloso en que se aventuró Martín Heidegger buceando en las aguas profundas del decir poético de Holderlin [5].

Sin embargo, no puede ser esta la ocasión de repetir todo lo que allí, con gran tino, con suspicacia y con amoroso cuidado, se dijo, y que después de Heidegger se ha seguido repitiendo, tal vez sin avanzar demasiado por lo extraordinariamente dificultoso de la empresa.

Nos contentamos con un tentativo acercamiento por una vía negativa, diciendo que... aquí no se entiende por poesía un determinado y circunscrito género literario, ni una cierta disposición de caracteres tipográficos sobre el papel; ni mucho menos un rudo forcejeo de palabras que se acomodan buscando crear la ‘construcción’ de una intensa musiquilla que en la escuela llaman ‘rima’, especie de ripio que resulta después de haber infectado el lenguaje pretendiendo inventar sonoridades. Desde luego, tampoco aquello que se entiende por oposición a la prosa, pues se sabe que muchos de los más altos momentos poéticos de Occidente fueron concebidos como prosa, y aún como discursos filosóficos: sea el caso de los diálogos de Platón. Borges decía que su novelista preferido se llamaba Platón y el mejor personaje de ficción ha sido Sócrates [6].

La poesía, por sus propios medios, comparte con las otras actividades creativas del espíritu humano su carácter inquietante y crítico, su distancia permanente frente a lo ‘dado’ y ‘establecido’, mientras persevera en la producción de interrogantes nuevos y postula la posibilidad de formas nuevas de vida, que ella, como adelantada, va fundando mientras nombra. Saint John Perse, poeta si lo hay, en una aproximación a ese ‘indefinible’ nos muestra el otro lado de las cosas: La poesía no es “... arte de embalsamador ni de decorador. No cría perlas de cultivo ni comercia con simulacros y emblemas, y no podría contentarse con ninguna fiesta musical. Traba alianza en su camino con la belleza –suprema alianza -, pero no hace de ella su fin ni su único alimento. Negándose a disociar el arte de la vida y, el amor del conocimiento, es acción, es pasión, es poder y es renovación que siempre desplaza los lindes. El amor es su hogar, la insumisión su ley, y su lugar está siempre en la anticipación.[7]

Hay que insistir en que cualquier esfuerzo por caracterizar el decir poético, su palabra anunciadora y profética, en sus relaciones con otras formas del conocimiento humano, con la actividad científica, con la filosofía, con la investigación, con la actividad práctico-material, se encuentra muy alejada de establecer tanto falsas e inmediatas identidades como falsas e inmediatas oposiciones. Considerar la poesía en sus relaciones con la actividad cotidiana, actividad que la poesía alumbra, elabora y celebra; en relación con la ciencia, con la que ella discute y relativiza; y en relación con el pensamiento filosófico, en lo que este tiene de específico - el de crear el mundo, al decir de Oscar Espinosa suscribiendo a Heidegger: “no hay otro mundo que el que procede de la asignación de un sentido a la realidad que se despliega ante el ser como un conjunto de promesas, amenazas y posibilidades; el mundo adviene por el lenguaje... y fuera del lenguaje no es más que una realidad sin sentido” [8], no es necesariamente abrazar la tentación, hoy tan en boga, de oponer al espíritu poético ‘expansivo y soñador’ a otras formas de la actividad humana espiritual. Como escribió con tan justo sentido Perse, todas las formas de actividad del espíritu, que son la potencia para la comprensión de la vida, “se plantean idéntico interrogante, al borde de un común abismo; y solo los modos de investigación difieren [9]. Y con Marx aprendimos a reconocer que existen –por fortuna- formas variadas de apropiación del mundo y lo que interesa es tratarlas en términos de ‘diferencia’ y no de ‘oposición’. Se trata de mostrar diversos alcances, diversas formas de relación, diversos campos de cobertura frente a lo humano. Y ello ante todo para evitar toda clase de nuevo imperialismo.

De nada serviría insistir en la vigencia del trabajo poético –como trabajo del pensamiento, la sensibilidad y la imaginación -, si solo fuera para condenar con simpleza otras formas de la actividad práctico-espiritual, pues todo lo que apunte de manera excluyente y unilateral a privilegiar una sola forma de actividad humana –cualquiera sea su valor -; una sola modalidad de conocimiento –cualquiera sea su alcance -; una sola posibilidad del ser –cualquiera sean sus bondades -, tiene necesariamente que ser considerada como una actitud terrorista frente a la cultura. Se puede y se debe señalar las convergencias y divergencias, las identidades y semejanzas, los encuentros y las distancias entre las múltiples posibles formas del que-hacer humano espiritual, pero solo para mantener y hasta incentivar, esa dispersión y esa multiplicidad. Sin que ello involucre ni el abandono ni el desprecio por ninguna forma, aunque se trate, como aquí, de señalar al pensamiento filosófico y la poesía como ‘intensidades’ que nuestra época, por razones históricas y políticas, necesita con plena urgencia y sin remedio. Pero jamás al precio de un nuevo sistema de exclusiones. Es más bien, como señalara Nietzsche, un problema de proporciones, de armonía y alcances entre los diversos elementos de la actividad espiritual, siempre en relación con los problemas del sentido y el valor [10].

Se podría argumentar aquí la presencia de un extraño ‘batiburrillo’ entre la filosofía y la poesía, la filosofía y el arte, pero esta dicotomía no ha existido nunca entre los grandes filósofos. En Grecia, por ejemplo, no se conoció hasta la llegada de Aristóteles con su pesado fardo de silogismos y sus pretensiones de ‘sistema’. Pero... en cada época, todo gran filósofo ha sido, a su manera, un artista: sea desde el punto de vista de su propia existencia; sea porque haya hecho de la reflexión sobre el arte un puntal de su filosofía; sea porque haya encontrado en el arte la ocasión de pensar ‘filosóficamente’. Lo que ocurre es que las relaciones entre el arte y la filosofía son muy complejas, máxime cuando ha sido explícitamente planteada la vuelta necesaria del filósofo – artista, ese ‘médico de la cultura’. La mayor conciencia y lucidez, lo mismo que un grado de exigencia frente a este problema fue, indudablemente, el de Nietzsche:

“Existe gran perplejidad a la hora de decidir si la filosofía es un arte o una ciencia. Es arte en sus fines y en su realización, pero comparte con la ciencia el medio, la representación mediante conceptos. Es una forma de arte poético” [11].

“La fisiografía del filósofo: conoce poetizando y poetiza conociendo” [12].

“No crece, quiero decir que la filosofía no sigue el curso de las ciencias, ni siquiera en el caso de que ciertos dominios del filósofo pasen gradualmente a manos de la ciencia. Heráclito no puede envejecer. Es la poesía fuera de los límites de la experiencia, prolongación del instinto mítico; también básicamente en imágenes. [13]


NOTAS

[4] Paz, Octavio. Literatura y literalidad. Barcelona, Tusquets, 1981, p.8
[5] Véase: Heidegger, Martín. Holderlin y la esencia de la poesía.
[6]Véase: Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. México, F.C.E., 1982
[7]Saint John Perse. Crónica. P.18
[8] Espinosa, Oscar. Dominación... p.66
[9] Saint John Perse. Op. Cit.,p.14
[10] Véase: Nietzsche, Federico. <el libro del filósofo. Madrid, Taurus, 1974, aforismos 46 a 50, p.28-30
[11] Nietzsche. Op. Cit., p.32
[12] Idem. P.32
[13] Idem. P.32

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