LAS TEORÍAS DEL SACRIFICIO PRIMITIVO
Y SU SIGNIFICADO ANTROPOLÓGICO
Textos de Víctor Cadenas de Gea


6. Prácticas versus creencias

Con ánimo de comprender la aportación de la escuela sociológica francesa al tema del sacrificio, debemos antes reseñar algunas de las principales críticas que va a recibir esta antropología intelectualista. Hemos visto que lo que abunda en Tylor y Frazer es considerar la religión como algo individual, o que sólo se puede explicar desde el punto de vista de la psicología individual. Pero esta “operación psicológica” está ejercitada de un modo muy peculiar. El antropólogo intelectualista procede, en vistas a indagar en la mentalidad del primitivo, como lo haría Sherlock Holmes en una de las novelas de Conan Doyle: “Usted conoce mis métodos en tales casos, Watson, yo me pongo en el lugar del individuo y habiendo primero calibrado su inteligencia, trato de imaginar cómo habría procedido yo mismo en idénticas circunstancias”. Lo que podía resultar más irritante de este método era comprobar si, en efecto, este ejercicio de introspección y empatía por parte del analista se llevaba verdaderamente a cabo. ¿Podía ser así, teniendo en cuenta que el investigador no salía de su biblioteca para comprobarlo, en los casos en los que podía hacerlo? ¿Y que, por tanto, en muchas ocasiones, desconocía incluso el lenguaje de la población de la que hablaba y su vida ritual?

Sin embargo, al analista esto no le preocupaba en gran manera, pues partía de una calibración previa de las aptitudes del otro. Lo que significaba, a fin de cuentas, considerar la inteligencia del hombre primitivo como inferior a la suya propia, y por tanto asumible en ésta. Desde esta indubitable superioridad el antropólogo intelectualista se convierte, no sólo en aquel que puede “ponerse en el lugar del otro”, sino en un severo localizador de los errores del otro. De igual modo le ocurría al detective Holmes que, tras ese ejercicio de introspección especulativa, lograba dar con el error imprevisto, la pista que permitía desenmascarar al culpable. Así explica el antropólogo los funestos errores del hombre primitivo.

Como vemos, el método practicado es evidente: parte de un esquema general que no se pone en duda y que sirve para corroborar los hechos. Permite, según sus adeptos, comprender cualquier operación intelectual del prójimo, siempre y cuando la introspección venga predeterminada por un testeo de la inteligencia del otro, inferior siempre a la del analista. La gran pregunta que se formulará la antropología contemporánea es la de si, a pesar de la relativa “simplicidad” de las culturas primitivas, podemos asegurar nuestra superioridad respecto de ellas. Y de si, por tanto, podemos llegar a concluir los errores de tales sociedades. A esto responderán negativamente, señalando que la cuestión no ha de centrarse en ese punto, sino en otra serie de factores, realmente comprensivos. En efecto, mirar al otro desde arriba, supone desconocerlo. Supone pensar de un modo narcisista y etnocéntrico. Un modo que, buscando certeza, sólo consigue ignorancia.

A esta reacción en contra de la antropología intelectualista hay que sumar otra no menos importante. Al pensar la religión del hombre primitivo de tal modo se entiende que lo esencial se halla en la esfera del pensamiento y, por lo tanto, en el ámbito de sus creencias y operaciones falsamente lógicas, no de sus prácticas. Lo verdaderamente importante para el antropólogo intelectualista es indagar en las operaciones del pensamiento primitivo, pues éstas dan lugar a todo lo demás; mitos, instituciones, etc. El ritual, desde este punto de vista, no es más que el pensamiento volcado en acciones, “pensamiento actuado”, teniendo una significación derivada, siempre dependiente de un “mundo de ideas”.

Pero lo verdaderamente problemático de esta concepción es que, al fijar la vista del modo en que lo hace, supone que hay un consenso en las creencias de un determinado grupo. Tras ese ejercicio de introspección detectivesca, entiende que todos y cada uno de los miembros de una sociedad determinada comparten la misma creencia religiosa e idéntica explicación de la misma. William Robertson Smith (1846-1894) fue uno de los autores que criticaron este entendimiento de las sociedades primitivas. De nada sirve ese privilegio metodológico del punto de vista individual, cuando se da tan frecuentemente el caso de la diversidad de pareceres. Ante la pregunta del etnólogo por el significado de un fenómeno cultural dado, se suelen recibir al respecto explicaciones contradictorias de distintos miembros del grupo. Este y otros problemas, llevaron a entender a Robertson Smith que el mundo de las creencias no era una base sólida desde la cual comprender las religiones primitivas y arcaicas. Las creencias de los pueblos no son estables, no hay unanimidad en torno a ellas, del mismo modo que no hay un mito contado del mismo modo por dos personas. Hablamos de religiones que carecen de un credo establecido. Pero, en cambio, el universo de las prácticas religiosas sí está fijado con rigor. Independientemente de lo que piense cada uno de los miembros en referencia a ella, la práctica en la que participan es la misma, se ejercita de un modo colectivo [33].

Este antropólogo, como se dice vulgarmente, “dio la vuelta a la tortilla”. Al dar la primacía a las prácticas religiosas obtuvo otro modo de acercamiento, que tiene como consecuencia más meritoria y necesaria atender a los comportamientos sociales de los grupos religiosos, no estrictamente a los individuales. En contra de la atención primordial del mito y la creencia, el nuevo enfoque declara a éstos secundarios. Lo realmente importante se halla en las instituciones y rituales. Es aquí donde pueden contemplarse conductas colectivas organizadas y objetivas.

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