El Teatro de la Resistencia Electrónica*
José Luis Brea *

En sus Comentarios a la Sociedad del Espectáculo, publicados en 1988, Guy Debord proponía una hipótesis intensamente pesimista, descorazonadora para las posibilidades del trabajo revolucionario en la crítica del espectáculo. La de la fusión de los imperios antes rivales de ìlo espectacular difusoî y ìlo espectacular concentradoî, fundidos para entonces (1988) en el dominio único de ìlo espectacular integradoî. En algún lugar, incluso, sugirió que esa fusión constituía la única novedad verdaderamente importante que se había producido en 20 años, manteniéndose en todo lo demás la plena vigencia de sus tesis publicadas en la Sociedad del Espectáculo. Quizás merezca la pena recordar que en 1992 aún presumía de que cada nueva edición de La Sociedad del Espectáculo seguía siendo ìrigurosamente idénticaî a la anterior, apostillando, casi con fanfarronería, que él no era ìde los que cambiabanî.

La cuestión que debe importarnos, en todo caso, no es si los autores o sus afiliaciones teóricas o ideológicas cambian, sino en qué medida las transformaciones del mundo contemporáneo reclaman de las concepciones de la praxis emancipatoria nuevos posicionamientos, nuevas definiciones estratégicas, nuevas fórmulas de replanteamiento táctico. 

Quizás tendamos a anclarnos demasiado en ópticas y esquemas rígidos, repitiendo los tics y la retórica aprendida de manera irreflexiva y automática: en estos años hemos asistido al espectacular hundimiento de la izquierda parlamentaria y extraparlamentaria que de todo ello se sigue, titubeando entre el reformismo claudicante y la retórica radical más huera, incapaz de ofrecer alternativas reales a las cambiantes condiciones de nuestro mundo actual. Quizás no sea ello el factor menos decisivo a la hora de provocar que tan a menudo nuestras mejores intenciones se vengan viendo defraudadas por la pobre realidad de lo que, mirado con sentido autocrítico, se sigue de nuestra praxis real, si es que ésta llega a existir.

Y digo ìsi es que llegaî, porque las más de las veces esa práxis crítica, emancipatoria, se deja reemplazar casi con complacencia por alguno de sus simulacros: por el discurso autoexculpatorio encendido, por la declaración vehemente o demagógica ñen la que cada cual se lava las manos- o incluso por ese otro tipo de acción simulatoria, vacía de consecuencias efectivas, que no tiene otra función que la consoladora. Treinta años después de aquel libro esclarecedor como pocos, sigue siendo tan cierto lo sostenido en su tesis penúltima ñque ìla lógica de la falsa conciencia no puede conocerse a sí mismaî- como espectacularmente equívoco lo sostenido en la final: que la autoemancipación de nuestra época dependa de un definitivo ìemanciparse de las bases materiales de la verdad tergiversadaî.

Y si digo que ello es equívoco no es por la asombrosa desmesura de la ìmisión de instaurar la verdad en el mundoî (cito textualmente a Debord). No solo por eso, en efecto, sino, más allá, porque conceptualizar de ese modo el entronque necesario de las tareas de la emancipación del ciudadano y de instauración de la verdad en el mundo señala, seguramente, un ideal (contradictorio, equívoco en sí mismo) epocalmente condicionado, el lugar común de un paradigma, de una manera de concebir el mundo que, para bien o para mal, ya no nos pertenece: ya puede sernos propia.

Como quiera que sea, y sean cuales sean las transformaciones que le reconozcamos a nuestro mundo contemporáneo, la tarea de una "emancipación de las bases materiales de la verdad tergiversada" ya no se nos aparece resoluble en la realización de alguna verdad absoluta alternativa: sino antes bien en la mayor apertura imaginable a la expresión diferencial y agonística de las visiones del mundo, en un contexto de confrontación crítica de los intereses y las hablas particulares. En un contexto de dialogación lo más abierta posible y nunca en la expresión de algún contenido de verdad definitivo, de algún imaginario modelo de "verdad no tergiversada" universalmente válido e históricamente imponible bajo la bandera de la emancipación realizada, o cuando menos realizable.

Bajo esa perspectiva, el propio redentorismo salvífico que se enuncia poseedor de lo absoluto de alguna verdad no puede dejar de aparecérsenos como perteneciente al mismo imperio de la falsa conciencia ñal dominio del espectáculo- que supuestamente se pretende criticar, como su contrafigura efectiva -y a la postre más legitimante.

Lo que quiero decir, por presentar ahora ya una primera hipótesis e ir avanzando en la exposición del resto de mis sugerencias, lo que quiero decir es que acaso de aquel 88 acá lo que se haya hecho evidente no es ya la integración de las dos formas rivales del espectáculo, como sugería Debord, sino algo mucho más escalofriante y con mayores consecuencias para toda la teoría de la praxis crítica y emancipatoria. A saber: la integración plena en el dominio del espectáculo de la teatralización de su crítica, la absorción plena ñy desactivadora- del simulacro de la resistencia revolucionaria, de la acción emancipatoria.

Son muchos los niveles a los que podríamos analizar este proceso ñdesde el cada día más escandaloso proceso de desactivación práctica de la esfera de lo político en las sociedades actuales, a la propia institucionalización específica de la cultura de lo alternativo en las prácticas artísticas y postartísticas contemporáneas- pero me limitaré a uno en el que quizás ese proceso de ìteatralización de la resistenciaî hace singularmente síntoma: el dominio de la resistencia electrónica, el de aquellas prácticas críticas -o con pretensión de serlo- que han tomado al escenario de la red internet como privilegiado ìteatroî de su guerra propia, la más contemporánea de ellas -la cyberguerra.
 
 

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La fantasía de un potencial específico de ìresistenciaî frente al ìsistemaî reservado al dominio electrónico es interesadamente alimentada desde todas las industrias del imaginario social, desde los mass media a la publicidad o el cine. Puede decirse que son bien pocas, y de bien corto alcance, las actuaciones que efectivamente han demostrado la efectividad de un activismo de acción directa hacker políticamente orientada en la red. Sin embargo, esos pocos casos son extraordinariamente bien conocidos, han recibido una intensa publicidad mediática. Las acciones que han merecido tanta popularidad se limitan, en la mayoría de los casos, a minúsculas intervenciones sobre páginas web pertenecientes a instituciones o grandes corporaciones multinacionales, alterando su código html para insertar mensajes políticamente comprometidos. El caso más célebre fue el de la acción que en la primavera del 98 colocó mensajes antinucleares en más de 300 webs. Algunas otras acciones directas de más envergadura (como el desvío de un satélite militar) nunca han sido confirmadas, y pertenecen más a la leyenda del hacktivismo que a su efectiva historia probada. Pero, y pese a lo aislado y modesto de las acciones realmente llevadas a cabo, la fantasía del potencial de contestación del hacktivismo no conoce límites. Hace pocos días, a finales de mayo del 99, circuló mundialmente la noticia de que bandas de adolescentes hackers (conocidos como script-kiddies) habían ìsaboteado el servicio del FBI en la redî y días después múltiples páginas del senado, el ejército y la armada estadounidense. La noticia publicada en nuestros períodicos comenzaba preguntando: ì¿Puede un grupo de adolescentes poner en ridículo al gobierno más poderoso del planeta?î. La respuesta era la que podíamos esperar: ìen Internet, síî.

En alguno de sus escritos más recientes, el Critical Art Ensemble, quizás el más prestigioso grupo de intelectuales y artistas que ha avalado a través de sus publicaciones el concepto de ìresistencia electrónicaî, ha denunciado la manipulación interesada de esta fantasía tanto por parte de los medios de comunicación como por parte de las agencias de información y los aparatos de estado. La consecuencia inmediata que se sigue de este tipo de actuaciones cuya única efectividad radica en el impacto mediático que consiguen ñindependientemente de la pequeña molestia que suponen para un webmaster de tener que limpiar del código añadido las páginas- no es sino el reforzamiento de los sistemas de seguridad y control. De semejantes actuaciones ìridiculizadorasî, en efecto, no se obtienen sino mayores presupuestos para los dispositivos de control social y mayores restricciones en el uso libre de la red para en conjunto de los ciudadanos.

Más allá de ello, no parece sino que alimentar ese imaginario de la vulnerabilidad de los sistemas de control ña manos del individuo cualquiera, movido además por intereses cualesquiera, rara vez de orden convencidamente político- beneficia sobre todo a las propias instancias a las que se pretende debilitar: gracias a ello se dismula la alucinante desproporción del combate. Parecería, en efecto, que los adversarios se enfrentan en pie de igualdad (como en las películas hollywoodienses, los implacables terroristas internacionales son siempre "casi" capaces de desmantelar los agenciamientos policiales de estado, están ìcasiî a su misma altura).

La otra cyberguerra, la verdadera, esa que acabamos de vivir de cerca en Yugoslavia, nos ha demostrado bien a las claras que esa apariencia de proporción en el uso de la información como arma es una falacia interesada (que incluso ha pasado bien disimulada gracias a la exhaustiva cobertura mediática prestada por ejemplo a los ìerroresî y sus ìefectos colaterales"). Jamás en la historia de la guerra -y esto es preciso reconocerlo con toda claridad- se había dado una con tanta desproporción entre los adversarios en cuanto a su respectivo poderío armamentístico. 

Decenas de miles contra casi cero bajas demuestra que  el arma de la información ñque a todas luces se ha convertido en la mayor fuerza generadora de poder, tanto en tiempos de presunta paz como en tiempos de abierta y declarada guerra- está exhaustivamente concentrada. Frente a la espeluznante evidencia de ese hecho, es el imaginario del acceso pirata o ilegal a su posesión el que resulta ridículo, si es que no cómplice ñen la medida en que contribuye a camuflar en parte lo inaceptablemente terrorífico de ese hecho insoslayable. No hace en efecto sino contribuir benéficamente a los intereses de los aparatos de control dándole un perfil todavía humano, casi todavía épico, a esta espeluznante y posthumana cyberguerra.

Pero ese perfil humanizado es ciertamente falso. Como recientemente ha insistido Giorgio Agamben, toda fundación de un orden político de soberanía se asienta en la preservación del privilegio de declaración del estado de excepción -que autoriza la suspensión del principio de inviolabilidad de la vida humana. Bajo ese punto de vista, asistimos a la emergencia de un orden mundializado en el que la constitución de un nuevo modo del derecho y la soberanía transestatal, se intenta fundar justamente ñy es significativo el hecho de que el ataque se haya producido invocando razones humanitarias, más allá de la soberanía y el reconocimiento del principio territorial- en la reserva a favor de una instancia armada del privilegio a declarar la inocuidad de la vida humana, a decidir sobre eso que Agamben llama la vida nuda, de nuevo suspendida en sus derechos -esta vez por el hecho de pertenecer a un pueblo caudillado por un asesino.
 
 

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Pero volvamos a nuestra más modesta cyberguerra, la del activismo político en la red, la del hacktivismo políticamente comprometido y motivado. De lo que se trataría ñuna vez denunciado ese imaginario fraudulento del hacker de película que pone en ridículo al pentágono, a la cía y a la casablanca- es de preguntarnos seriamente por las posibilidades que la utilización de la red ofrece a la acción políticamente motivada, comprometida. Antes de valorar definitivamente esas posibilidades, creo necesario ofrecer una tipología de los modos de esa acción que en los escasos años de historia de la red se han dado. Seguiré en ello básicamente la tipología que me parece más completa de las que conozco, la de Stephen Wray. 

Wray propone 5 categorías diferentes, 5 modalidades de ìactivismo en la redî. En la última de ellas Wray hace un poquito de futurología, atreviéndose a anticipar las posibilidades de actuación activista desde la red frente a la que él describe como ìla próxima guerraî. Como quiera que el análisis de Wray a que me refiero está publicado el año 98, y toma como modelo de ìúltima guerraî y primera cyber a la del golfo, la realidad se ha encargado de dejar muy atrás sus previsiones: como siempre que se hace política-ficción, la construcción del discurso envejece prematuramente con una velocidad escalofriante. Así que no incurriré en el mismo error, y me limitaré a presentaros cuatro principales categorías o modalidades que, por describir el pasado y la historia en cierta forma ya asentada, pertenecen más incuestionablemente a las posibilidades reales de nuestro presente efectivo y su futuro inmediato.

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La primera de esas 4 modalidades de activismo que podemos catalogar se identifica con el mero uso instrumental de la red como plataforma u órgano de difusión de las actividades que se realizan fuera de ella, en el propio espacio social. Podríamos describir esta forma de utilización como una mera ìinformatizaciónî de los movimientos sociales, siendo su uso similar al que pueden hacer de otro tipo de instrumentos de propaganda, desde el panfleto impreso a la revista o el periódico "orgánico". Posée algunas ventajas frente a esos otros medios (mayor economía de recursos, mayor alcance potencial de ìlectoresî) pero también algunas desventajas: su limitación de alcance a los receptores a priori interesados. Mientras el cartel o el reparto callejero de propaganda, por ejemplo, permite acceder al ciudadano cualquiera, desprevenido en su paseo ciudadano, el reparto electrónico sólo alcanza, en principio, al receptor afín, ya que el medio de difusión utilizado (originalmente el BBS, Bulletin Board System, una especie de tablón de anuncios electrónico; actualmente la lista de receptores de correo) exige el pre-acuerdo tácito del destinatario, dirigiéndose a un cupo de ciudadanos a priori definido y cuando menos ya ìsimpatizanteî.

Hace algunos años se crearon enormes expectativas en torno a este tipo de sistemas como potenciales gérmenes de formas de ìdemocracia electrónica directaî. Pasado algún tiempo, el alcance de estos intrumentos, limitados a su consideración de dispositivos de propaganda o publicitación de la actividad de los diversos movimientos sociales, se reconoce en sus limitaciones efectivas ñmás capacitados quizás incluso para articular el debate y la comunicación interna de los propios colectivos que para proyectar un mensaje hacia la exterioridad del tejido social.

Con todo, me gustaría distinguir el diverso alcance que al respecto poseen las listas cerradas de receptores pasivos y los foros de debate abiertos y públicos, ya no concebidos como meros órganos instrumentales de propaganda, sino como espacios abiertos a la discusión y participación colectiva. En mi opinión estos foros constituyen algo distinto y que merece ser considerado aparte: pequeños experimentos tentativos de producción de una esfera pública alternativa; formas por tanto emergentes de un activismo postmedial que fija el horizonte de su praxis politizada no tanto en el apoyo instrumental a una actividad dada y ya pre-existente como en la producción directa de acción comunicativa, de esfera pública. Pero dejo esta cuestión para el debate, si alguien desea plantearla, y continúo analizando las restantes modalidades que es lugar común reconocer como estabilizadas.

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La segunda de ellas corresponde a la que identificaríamos como ìinfoguerraî. En realidad, este tipo de activismo medial que utiliza la red como instrumento específico de guerrilla propaganda surge como una extensión de la primera modalidad, siendo en la práctica un desarrollo de ella. Aunque no encontráramos otros casos, tendríamos que inventar la categoría para dar cuenta de uno de los casos de activismo en la red más importantes que se han dado en estos años: el de la llamada infoguerra zapatista.

Invirtiendo los esquemas denunciados alarmistamente por la Rand Corporation en sus informes al servicio de las agencias militares estadounidenses, para alertar sobre la gravedad de las posibilidades de utilización de la red por parte de los grupos subversivos y terroristas internacionales, la infoguerra zapatista se desarrolló inicicalmente sobre todo como guerra de información, como ìguerra de palabrasî. Aplicando el clásico esquema de la propaganda agit-prop, la infoguerra se constituyó de hecho en la principal arma de lucha zapatista desde la firma del alto el fuego a principios del 94. Una infoguerra desarrollada como guerra de palabras ñsin excluir en todo caso la acción militar puntual de la guerrilla- que se ha mantenido desde entonces como principal foco abierto mediante el que el zapatismo insurgente ha asegurado su supervivencia en estos años. 

Ya difundiendo los mensajes del Subcomandante Marcos u otros líderes zapatistas, ya denunciando las actuaciones asesinas del gobierno mexicano ñcomo la matanza de Acteal en Chiapas a finales de 1997-, la infoguerra ha encontrado en la red internet el mejor medio para extender su lucha propagandística. Aun cuando no ha dejado de utilizar otros medios de información más tradicionales en el agit-prop, como el periódico La Jornada, es evidente que la capacidad de incidencia que ha encontrado la infoguerra zapatista en internet ñdesarrollada mediante listas de correos, grupos de noticias, listas de debate y websites- ha sido incuestionablemente muy superior. Sobre todo por su capacidad de extender las redes de resistencia y solidaridad con el zapatismo a nivel mundial.

Nos encontramos en esta segunda modalidad con un grado de intensidad en la acción de apoyo a un movimiento social cualitativamente distinta, hasta el punto de que esa acción informativa es en sí misma concebida como principal arma de guerra de un colectivo en lucha abierta. En todo caso, y si nos atenemos al tipo de actuaciones hasta aquí descritas ñlistas de correo, grupos de noticias, websites- nos movemos todavía en el terreno de la acción comunicativa, en la utilización de internet como canal de comunicación, pero todavía no como ámbito de acción efectiva, directa. Las siguientes dos modalidades cruzan ya, sin tapujos, esa frontera.
 
 

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La primera de ellas es la que en sentido estricto podríamos describir como ìresistencia electrónicaî o ìdesobediencia civil electrónicaî, para emplear los términos acuñados por el colectivo Critical Art Ensemble, y concebida bajo la prefiguración de la tradición clásica de la desobediencia civil pacifista y la acción directa.

En dos libros publicados en 1994 y 96, ìLa resistencia electrónicaî y ìLa desobediencia civil electrónica y otras ideas impopularesî, el colectivo analizaba las tácticas de resistencia callejera y alteración de la infraestructura urbana de los grupos de acción directa, e intentaba teorizar las posibilidades de aplicar esas tácticas a la infraestructura de internet. Como tal, las ideas de ìresitencia electrónicaî y ìdesobediencia civil electrónicaî no pasaban de ser especulaciones teóricas y abstractas, pero evidentemente formulaban hipótesis aplicables a una acción directa.

En opiniones que el colectivo ha expresado a posteriori, esas aplicaciones efectivas deberían, para resultar realmente eficaces, ser de carácter clandestino y radical; en una primera lectura de aquellos textos, sin embargo, se ponderaba positivamente el potencial simbólico que en sí mismo podía poseer la acción simulada, a tenor de su repercusión medial. Diríamos que de la ambigüedad de esa doble lectura han surgido las dos formas actualmente principales de ìresistencia civil electrónicaî que podemos diferenciar, llegándose ambas a manifestarse divergentes entre sí, hasta el punto de que los propios miembros del Critical Art Ensemble han criticado abiertamente el desarrollo de la primera de ellas.

Podemos, para diferenciarlas, hablar de ìresistencia electrónica simulatoriaî frente a la ìacción directa electrónicaî.
 
 

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El caso más conocido de la primera está representado por las acciones del colectivo autodesignado como ìTeatro de la resistencia Electrónicaî, fundado por Carmin Karasic y Brett Stalbaum y apoyado por otros miembros bien conocidos como Ricardo Domínguez. Su más conocida acción fue presentada en el festival Ars Electronica del 98, dedicado justamente al tema de la infoguerra. El proyecto, titulado SWARM, desarrollaba un dispositivo de acción directa simbólica que permitía el ejercicio colectivo de acciones de protesta mediante el llamamiento al bloqueo de determinados websites (en acciones que fueron catalogadas como ìsentadas virtualesî). Para conseguir éstas, desarrollaron un software específico (un applet de java) llamado Floodnet, que facilitaba el reload constante de la página elegida. Si un número suficiente de usuarios respondía al llamamiento a la sentada virtual, el website objeto del ataque quedaba bloqueado, impidiendo el acceso a él de otros usuarios.
 

El primer llamamiento, realizado en el curso del propio festival, intentó bloquear en un acto simbólico y simultáneamente los websites de la presidencia del gobierno mexicano, la bosa de Frankfurt y el Pentágono. El floodnet muy pronto, sin embargo, quedó inutilizado, y el intento de bloqueo resultó un fracaso. Sin embargo, más de 20000 personas participaron en el intento y la acción obtuvo una enorme repercusión medial, llegando incluso a ser reflejada en la primera página del NYTimes el 31 de Octubre de 1998.  No es de extrañar que ese enorme éxito, obtenido por la eficacia ìsimbólicaî constituida por el poder de amenaza del Floodnet superara con mucho en la evaluación el fracaso real, técnico, del intento. A ese primer llamamiento siguieron varios otros en apoyo de la lucha zapatista y contra los websites del gobierno mexicano, y finalmente en enero del 99 el software fue puesto a libre disposición pública, habiendo sido constantes los llamamientos públicos a realizar sentadas virtuales utilizando el mecanismo. El éxito de todos ellos ha sido siempre desigual en cuanto a la eficacia técnica (en todo caso momentánea, y por tanto simbólica) y su repercusión mediática ha ido, lógicamente, descendiendo, una vez perdido ya su valor de novedad.

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En cuanto al colectivo del Critical Art Ensemble, que originalmente acuñara la idea de la resistencia civil electrónica, muy pronto se desmarcó de esa estrategia, alegando literalmente que, bajo su punto de vista, ìla estrategia indirecta, la de la manipulación de los media a través de un espectáculo de desobediencia orientado a conseguir el respaldo de la opinión pública, es una estrategia destinada al fracasoî. En otro lugar, y refiriéndose más explícitamente a la reacción de ìmiedoî provocado por la efectiva amenaza simulatoria del sabotaje electrónico, y su previa afirmación de que las agencias de seguridad quedarían atrapadas en la ìhiperrealidad de las ficciones criminales y la catástrofe virtualî (cito literalmente), el CAE puntualiza:

ìEste es un comentario que el CAE desearía no haber hecho nunca, ya que algunos activistas han empezado a tomárselo en serio y están intentando actuar de acuerdo con él, principalmente utilizando la red para producir amenanzas de activismo hiperreales con el fin de azuzar el fuego de la paranoia de los estados corporación. Una vez más ñsigo citando literalmente al CAE- se trata de una batalla mediática destinada a ser perdidaî.

Sobre el papel, la alternativa propuesta por el CAE ñla acción directa, radical y clandestina- está clara. Lo que no está tan claro es, obviamente, de qué hablamos cuando hablamos de ello ñentre otras cosas porque si pudiéramos hacerlo abiertamente es que ese valor de clandestinidad habría sido traicionado (o nosotros en este momento lo estaríamos haciendo).

Sea como sea, me permito hacer dos valoraciones al respecto. Primera, que si no hablamos de acciones cuya eficacia dependa de su incidencia en los media, y a través de ellos de su incidencia en la formación de la opinión pública, no nos queda otra opción que pensar en acciones de carácter táctico cuya eficacia real dependerá exclusivamente de su capacidad de sabotaje concreto de las dinámicas de funcionamiento reales de las ìcorporaciones-estadoî ñcapacidad que inevitablemente reposará en la de ìorganizarseî antisimétricamente a las propias agencias de información, seguridad y control. Cito a los propios CAE: "Para lograr una utilización eficaz de estas tácticas deben desarrollarse métodos y medios de investigación, obtención de información y reclutamiento de informadores. (El CAE está dispuesto a apostar que el próximo escrito revolucionario sobre resistencia tratará de este problema, el de la generación de inteligencia amateur). Hasta que esto ocurra, la acción subjetiva-subversiva será poco eficaz. De momento, quienes no cuenten con una estrategia encubierta plenamente desarrollada sólo pueden actuar tácticamente contra los principios estratégicos de una institución, no contra situaciones y relaciones específicas. Evidentemente, una respuesta táctica a una iniciativa estratégica no tiene sentido. Resulta muy probable que una acción de este tipo no tenga los resultados deseados y sólo alerte a la agencia víctima de la acción para prepararse contra posibles presiones externas".

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La segunda valoración que querría hacer se refiere a cómo la práctica totalidad de las acciones que conocemos ñy vuelvo a destacar la obviedad de que si conociéramos las otras es que no se habrían atenido a la condición de clandestinidad e inmediatez requeridas- se sitúan al margen de esta estrategia directa propuesta por el CAE, inclinándose más bien del lado de la simulación y buscando su eficacia politica en la formación de opinión pública mediante la vía de su repercusión medial. Me gustaría citar, para cerrar este apartado, tres casos que me parecen de especial interés.

De un lado, la figura de Luther Blissett, como figura de autoría clandestina y compartida por un sin-número de intelectuales críticos que han elegido la vía de una identidad múltiple y simulada para participar en la discusión colectiva contemporánea en la red, como alternativa al espectáculo mismo de la autoría intelectual.

De otro, los trabajos de RTMark, art-mark, que también oscila entre esa acción puramente simulatoria y la acción directa y el sabotaje ñcomo en el célebre caso de las barbies con el mensaje alterado. El ejemplo de su trabajo que ahora os muestro es su ìpagina simuladaî de la campaña presidencial de George Bush ñuna página orientada a desenmascarar los perfiles más duros de la ideología reaccionaria del personaje. Este otro trabajo, en curso de traducción en la página del área táctica, contiene un abanico de posibles líneas de intervención directa, como una especie de manual de uso, o de instrucciones, al alcance de quien quiera ponerlas en práctica.

Por último, un trabajo de ìsimulaciónî-apropiación que dirige su activismo directamente contra las prácticas artísticas emergentes en el terreno del net.art, denunciando su actual evolución hacia la restauración de todas las convenciones artísticas tradicionales: la autoría, la objetivación-objetualización de la obra y a partir de ella su inmediata mercantilización. Me refiero al trabajo de sabotaje de 0100101010100.org y su ìreplicadoî ilegal primero de la web de hell.com, y actualmente su mirrorización anticopy del site de teleportacia.org, cuando ella se constituyó en la primera galería comercial virtual de net.art. Puesto que estoy seguro de que este tema suscitará opiniones diversas y encontradas, dejo el mostrarlo y explicarlo con más detalle, si os parece, para el debate.
 
 

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La última de las modalidades de activismo en la red, de la que obviamente estas acciones ñy esas directas propuestas por el CAE- ya se encuentran muy cerca son las del que llamaríamos ìactivismo hacker politizadoî ño hacktivismo. Me atrevería a sugerir que en cierto sentido siguen el principio de la acción táctica, desarrollando pequeñas células interconectadas y nómadas desde las que intervenir, golpear y desaparecer, aplicando el principio del TAZ, de la Zona Temporalmente Autónoma.  ìEl TAZ ñcito a Hakim Bey- es como una revuelta que no se engancha con el Estado, una operación guerrillera que libera un área -de tierra, de tiempo, de imaginación- y entonces se autodisuelve para reconstruirse en cualquier otro lugar o tiempoî. En cierta forma, ese mismo es el principio que guía la acción clandestina hacker, el llamado hacktivismo.

Quizás podríamos todavía distinguir aquí entre dos tipos de actuaciones hacker. En primer lugar, aquéllas cuya finalidad es meramente negativa, destructiva: bloquear o sabotear los flujos de información de las corporaciones-estado (principal tipo de las actividades a las que estas páginas que os muestro, del Caos Computer Club  y del grupo ìThe Cult of the Dead Cowî están dedicadas)  .

En segundo, aquellas otras orientadas en cambio a liberalizar al máximo el acceso a esos flujos de información. En este punto ñdel que no puedo evitar declararme más simpatizante- el hacktivismo se acerca más a una práctica de acción directa a favor de reivindicaciones de carácter más afirmativo: tales como la del código abierto, la ampliación del ancho de banda de navegación, la del derecho a la privacidad y la encriptación, la utilización del freeware desarrollado colectivamente y sin licencia  , o la independencia en la utilización de servidores propios ñun tema candente ahora que la fraudulenta gratuidad del acceso amenaza con homogeneizar la navegación en un mundo de portales hegemónicos controlados por los grandes grupos de comunicación e información. Creo que éstas son cuestiones reales que están ahora mismo en juego en cuanto a la evolución de la red internet y que de ellas van a depender en buena medida las posibilidades de su utilización independiente y activista. Acaso tratar sobre ellas de manera concreta pueda resultar más positivo que seguir dejándose embaucar por la fantasía romántica del pirata-bohemio reconvertido ahora en imaginario activista electrónico.

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Sea como sea, no es mi intención valorar ahora las ventajas e inconvenientes de cada una de estas modalidades de activismo en la red, o tomar partido por alguna de ellas en contra de las otras. Antes bien, pienso que nada es mejor que su combinatoria, que nada resulta tan eficaz como la constelación de actitudes diversas y divergentes, emprendidas cada una de ellas autónomamente y sin pretender aglomerarlas en una estrategia unitaria y global. En cierto sentido, pienso que el modelo del enjambre molar (el modelo de SWARM, propuesto por el Teatro de la Resistencia Electrónica) es seguramente el más efectivo, en realidad no demasiado distante de ese modelo de pequeñas células activistas interconectadas que también defiende el CAE, el Critical Art Ensemble -aunque éste último se acerque más quizás a una especie de contraejército organizado en términos de guerrilla quasi-militarizada.

Me parece que, por desgracia, es demasiado frecuente que el debate sobre el qué hacer se extravíe recurrentemente en la polémica intestina y estéril contra quien adopta o elige adoptar una modalidad de la acción distinta a la que nosotros reivindicamos. Me parece que esa actitud, a veces intolerante, bebe de una herencia de ortodoxias y fés dogmáticas en ìlaî verdadera y única solución ñque quizás convendría dejar un poco a un lado. Acaso en efecto ninguna solución pueda funcionar mejor que la constelación estratégica de las distintas prácticas y formas de activismo, ese encuentro ocasional y provisorio por el que posiciones muy dispares se reenvían, sinérgicamente, refuerzo mutuo, en un arhipiélago diseminado de formas diversificadas de experimentación, acción e intervención, cada una de ellas micropolíticamente orientadas pero interconectadas en su autonomía operativa.

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A 172 días hoy* de estrenar el año 2000,m hacia delante, y apenas a 115 hacia atrás del estallido de la sobrecogedora "neoguerra" yugoslava, vivimos tiempos de horror, de incertidumbre, euforia y desconcierto mezclados a partes iguales. Resulta indudable que las estructuras de la acción política -no menos la militar, o la económica- está sufriendo transformaciones profundas, que más que nunca piden nuestra implicación, nuestro compromiso. Carecemos de recetas definitivas, en un mapa de nuestro tiempo que justamente está por construir, y acaso la única apuesta que podamos hacer con claridad es la de nuestra disposición activa a implicarnos. Sin esperar que pueda servir como panacea, quienes ya participamos activamente en la producción de esfera pública utilizando las posibilidades ofrecidas por la red sabemos que disponemos de un instrumento cuyos potenciales permanecen indecididos, dependiendo de la voluntad que regule su utilización, que en sí misma no asegura redención promisoria alguna -como algunas veces hemos querido creer-, pero tampoco nuestra condenación definitiva a manos del capital, las instituciones o el espectáculo -como algunos otros querrían que creyéramos.

Lo que está en juego es mucho, sin duda, y nuestra apuesta ñen medio de todo ello- está clara: tomar siempre partido por la radicalización de las formas democráticas, por el fortalecimiento de los mecanismos de que aumenten las posibilidades de participación ciudadana en la conducción colectiva de los asuntos comunes. Nuestro empeño en ìproducir esfera públicaî alternativa no puede tener otro objetivo que ése: favorecer el fortalecimiento de aquellos instrumentos que permiten -cuanto más posible- la expresión plural de los intereses y las visiones del mundo, facilitando su contraste y logrando a la vez que operen como mecanismos eficientes de regulación de la acción pública. "La esfera pública -cito a Alexander Kluge- es el lugar donde los conflictos pueden ser resueltos por otro camino que la guerra".

Pero no se trata sólo, entonces, de producir "esfera pública", sino, y sobre todo, de producirla como políticamente activa, efectiva. Sólo ello nos permitirá invertir el proceso de desactivación de lo político en curso en las sociedades actuales a manos de lo mediático, de la lógica del espectáculo integrado. Sólo permitirá de hecho que nuestra acción sirva para algo más que la autocomplacencia -o el refuerzo a la falsa conciencia colectiva de nuestra difusa clase de intelectuales fin de milenio. Sólo ello permitirá que, en última instancia, el ìTeatro de la Resistencia Electrónicaî nombre algo más que una topología vacía del simulacro, un lugar absorbido a la propia lógica del espectáculo integrado, para señalar un auténtico escenario desde el que abordar, reescribir y reforzar la continuidad de una lucha irrenunciable por el aumento de los grados de emancipación y justicia en las relaciones entre los hombres. 

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* Conferencia pronunciada en los Talleres de Arte de Montesquiú el 11 de Julio de 1999. [ volver al inicio ]

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Links a los ejemplos propuestos en el texto:
 

Modalidad Ejemplos URL



1. Informatización movimientos sociales Amnistía on line amnesty.org



2. Infoguerra zapatistas  eco.utexas.edu/faculty/Cleaver/zapsincyber.html



3. Resistencia electrónica 



3.1. Resistencia electrónica simulatoria
Teatro de la Resistencia Electrónica  thing.net/~floating/flood.html



3.2. Acción directa electrónica 
Critical Art Ensemble
Luther Blissett
®ôark
01001.org
mailer.fsu.edu/~sbarnes
www.syntac.net/lutherblissett/
www.gwbush.com
www.0100101110101101.ORG



4. Hacktivismo
4.1. Actividad Hacker Politizada
(sabotaje flujos)
Chaos Computer Club
Cult of Death Cow
www.berlin.ccc.de
www.cultdeadcow.com



4.2. Liberación flujos información 
GNU  www.gnu.org



5. Producción de esfera pública IO_Lavoro inmateriale io.khm.de/lavoro/