TRES HOMBRES EN TRES BARCOS

Tres hombres deciden hacerse a la mar, como olas rodando en busca de un destino en el cual detenerse.


El primero coge y se sube a un barco rumbo a Siracusa, alegre al fin, porque piensa poner en práctica aquello que tan afanosamente había estudiado y escrito con pleno convencimiento de su verdad.

Al cabo se divisa la costa; se baja del barco y, con todos lo honores, es conducido a Palacio. Dionisio I le trata como un príncipe: no tiene queja.

Pasan los días y nuestro primer hombre se empieza a impacientar por los escuálidos resultados que está teniendo su proyecto.

Dionisio I empieza a pensar que su huésped se está poniendo muy pesado. Otros tantos días se atropellan y Dionisio I está verdaderamente harto de que su invitado no le deje disfrutar de las cosas buenas de la vida y esté siempre acusándole con el dedo.

-¿Tendrá jeta el tío?-, piensa Dionisio para sus adentros.- ¿Pues no pretende decirme A MÍ cómo tengo que vivir y gobernar EN MI PROPIA CASA? ¿Y esas ideas raras que tiene? Que si la moderación y la purificación del alma; que si no sé qué de la reencarnación… Como si no tuviera uno suficientes problemas en esta vida para ponerse ahora a hacer cábalas y planificar otras futuras.

Por unos instantes Dionisio se asusta. Piensa que su amigo está enfermo. Empieza a ver claro que ha metido un loco en su casa que bien podría asesinar a sus dos mujeres, estropearle las exóticas plantas de su jardín particular o montarle una revuelta social en sus propios dominios.

Medita detenidamente Dionisio I (que, aunque no era filósofo, tampoco puede decirse que fuera un botarate) y determina deshacerse lo antes posible del ingrato huésped.

A la mañana siguiente un barco espera a que el filósofo embarque de nuevo rumbo a su querida Atenas, sin más posesiones en los bolsillos que un puñado de sueños rotos. Platón sube al navío mientras Dionisio I no puede reprimir un suspiro de alivio, pero la embarcación, en vez de deslizarse a Atenas acaba amarrando anclas en Egina, ciudad enemiga que estaba en guerra con la de nuestro filósofo. Se determina venderle como esclavo, aunque sin éxito. ¿Para qué cosas útiles podría valer un filósofo? ¿Acaso posee alguna destreza capaz de mejorar la vida de los ciudadanos?

Al final, lo mejor es deshacerse de él y lo embarcan hacia Atenas, donde nuestro amigo monta la Academia, una especie de frenopático.

El segundo hombre que se hizo a la mar en busca de su destino no perseguía vanos ideales ni era inconsciente de su propia locura. Al contrario. Trataba de huir de ella, como si un continuo brujulear pudiera conjurar esas ideas que le asaltaban y le tenían ya medio devorado el cerebro.

¿Y qué mejor manera de recorrer el mundo y de huir hacia delante, cuando no se tienen posibles, que alistarse a la sopa boba de algún ejército?

No sabemos cómo se las ingenió nuestro amigo Renato para andar de guerra en guerra sin librar batalla alguna ni poner su vida en peligro ni una sola vez, mientras sus compañeros de tropa iban cayendo y malhiriéndose en diferentes contiendas. Su plan de vida más parecía propia de un balneario que de la dura milicia. Pero el destino rueda hacia su orilla y hete aquí que en una visita a unas islas suecas, el segundo hombre que se lanzó a la mar en busca de su destino fue tomado por un rico mercader por unos marineros que tramaban darle un buen porrazo y tirarlo por la borda para robarle los dineros que se suponía tendría celosamente guardados en alguna parte del navío.

Renato Descartes, que no ha aprendido nada de tácticas de ataque pero sí un poco de holandés, entiende a la perfección lo que traman los corsarios y, como un médium a través del cual se manifestaran los espíritus, es arrebatado por una fuerza sobrehumana, como si todos los ímpetus de todos los combatientes caídos se expresaran a través de su cuerpo y pidieran venganza por una acción tan injusta y malévola.

A salvo ya en tierra firme, nuestro Renato, temblándole las rodillas, examina su propio comportamiento, llegando a la conclusión de que éste ha de ser innato, ya que difícilmente podría afirmar haberlo adquirido con la práctica. Feliz porque al fin puede corroborar que su locura está arraigada a la tierra, Descartes se retira a un cómodo solipsismo que le permita escribir sus memorables Meditaciones Filosóficas.

El tercer hombre que un siglo después se echó a la mar en busca de su destino no perseguía vanos ideales ni huía de su propia locura. Simplemente quería ser un cronista imparcial que observara los hechos históricos con la fría exactitud con la que los científicos miran por el microscopio.

Tenía a misión de escribir una Historia de Inglaterra y ¿qué mejor manera que estar allí donde se libran las grandes batallas que deciden el destino de los pueblos o donde se pactan los grandes tratados que configurarán el carácter de las futuras naciones?

Decidido, Hume se embarca en una expedición contra los franceses en Canadá, al mando del general St. Clair. Pero como Canadá está muy lejos y franceses hay muchos en Francia, más si cabe, determinan lanzar el ataque en cualquier lugar del país vecino.

Como la expedición ha cambiado su ruta, resulta que no hay en todo el buque insignia un mapa del país que ha de ser atacado y vencido, por lo que se ordena, antes de partir, que un oficial se haga con uno en una librería de baratillo.

Pertrechados ya con todos los utensilios necesarios, el general se hace a la mar y desembarca en Lorient casi por los pelos. Justo cuando está ordenando a la tropa poner sitio a los infames comedores de ranas, se pone a llover. Los franceses, que estaban a punto de rendirse, descubren con sorpresa que sus tropas exceden en número a los ingleses, con lo que aprovechan la ocasión y hacen prisioneros a los pocos y empapados artilleros británicos que no habían conseguido regresar al buque.

Mientras, en la seguridad del navío, Hume escribe su crónica amanuense y después de dar unas cuantas vueltas en un mar desabrido, la armada inglesa consigue llegar puntual a casa para colgarse las medallas. St. Clair es recompensado y Hume, desengañado porque la historia no se dejara fagocitar tan fácilmente y temiendo que la redacción de una crónica de su tiempo le causaría demasiados sinsabores, decide dedicarse a la más inofensiva de las ciencias.

Tres son los hombres que, haciéndose a la mar terminan, como las olas, tropezando en la orilla de su propio destino.

Fallaces Builder