Entrevista a Antonio García Trevijano


Por Javier Esteban
"La juventud debe poseer ideales o se traiciona a sí misma"

Después de protagonizar diversos acontecimientos de importancia en la época de la Transición, y de haber proclamado la libertad como bandera del ideal cívico republicano a mediados de los años 90, en El discurso sobre la República; parece que Antonio García-Trevijano ha renunciado, actualmente, a la política activa, aunque nunca al pensamiento político y, en especial, a descubrir a través de las llamadas pasiones -para él, verdaderas llaves de conocimiento-, las causas de los comportamientos que han hecho posible el orden presente.

Generación XXI.- Actualmente, ¿en qué posición política te encuentras?

García-Trevijano.- Mi pensamiento político no ha cambiado desde el año 66, simplemente, he sustituido la acción política por el discurso; que no deja de ser otra forma de acción, aunque indirecta. Y si renuncié a la acción era porque no existía materia prima para actuar. Los partidos se convirtieron en aliados de las oligarquías; integrándose totalmente en el sistema.

GXXI.- ¿Cuál es tu libro de pensamiento político más importante?

G-T.- Yo creo que es Frente a la gran mentira, porque realiza un estudio sistemático sobre la libertad política y, además, posee gran coherencia, algo que es muy difícil de encontrar en este tipo de libros. En este sentido, tengo una condición excepcional, ya que pocos pensadores han estado en la lucha política, como es mi caso; prácticamente, mi formación política o, al menos, la fundamental, ha sido adquirida mediante la acción. A partir de ahí, ha comenzado mi reflexión, mi adquisición cultural.

GXXI.- ¿Por qué has titulado tu última obra Pasiones de servidumbre?

G-T. Porque todas ellas son pasiones distintas. Hay una costumbre de creer que las pasiones son solamente: el dolor, el placer... Éstas, que son las primitivas, las instintivas, no son las únicas porque la complejidad del mundo social es tan grande que ha creado un engranaje amplio y complejo de pasiones. Decidí este título para el libro porque, examinando las pasiones más visibles en los comportamientos actuales de los españoles, todas van orientadas a obedecer, a dar tranquilidad al Estado; en ese sentido, son pasiones de servidumbre porque no es la razón la que actúa sino el subconsciente. Yo he seleccionado sesenta pasiones diferentes en las que sólo algunas son de liberación, como es el caso del orgullo o la dignidad.

GXXI.- Eso supone aplicar tu pensamiento político a las costumbres sociales...

G-T.- Sí. Pero hay que tener en cuenta que yo no parto de un prejuicio para ir acomodándolo a los hechos; yo parto de los hechos para vislumbrar si conducen o no a la formación de un juicio. Por ejemplo, en el examen de las conductas, me he centrado en lo que el lenguaje nos puede enseñar y he comprobado que el lenguaje siempre se corrompe para favorecer la irresponsabilidad del poder.

GXXI.- De todas las pasiones que has estudiado, se encuentra la llamada por ti "el misterio de la servidumbre voluntaria", que se encuentra en el centro mismo de toda tu obra, ¿podrías explicarnos en qué consiste este concepto?

G.T.- La cuestión estriba en resolver el misterio de por qué tantos miles de personas obedecen a alguien que no tiene más poder que el que ellas mismas le han otorgado. En El discurso de la República trato de explicar los resortes que el poder utiliza para conseguirlo.

GXXI.- Tu concepto antropológico del hombre es un poco pesimista, quizá cercano a Maquiavelo. Has llegado a reconocer que no te puedes entender con un optimista antropológico como Rousseau.

G-T.- Yo creo que no, que soy optimista. Si bien es cierto que no creo en el progreso como algo lineal; pero sí creo en la libertad como agente transformador de las condiciones de vida. En lo que no creo y, teniendo en cuenta que en la mayoría de los grandes filósofos predomina el pesimismo, es en el vitalismo tipo Ortega, en el "yo soy yo y mis circunstancias"; ese principio sí que implica un profundo pesimismo. Mi optimismo radica en el poder de la libertad.

GXXI.- Tu pensamiento político es deudor de la Ilustración, de la racionalidad política; pero la irracionalidad y el instinto están muy presentes en tu obra...

G-T.- Mi concepción del Estado es pasional; en ella están Montesquieu, Rousseau... Pero también la Escuela Escocesa en lo referente a los sentimientos morales y, en este sentido, he aportado al pensamiento político la idea de que las pasiones explican mejor el Estado que las razones.

GXXI.- ¿Por lo que también aportas una lectura moral?

G-T.- Sin duda. Aunque no soy moralista, reconozco que las pasiones, en su fondo, son un dato moral, instintivo, una moralidad irracional. Las pasiones secundarias, las aportadas por la sociedad, son las perversas.

GXXI.- ¿Por qué, dentro de la sociedad, das tanta importancia a lo político?

G-T.- La respuesta es sencilla. Creo que lo único que puede equilibrar al ciudadano de la dominación de las multinacionales y del poder, en general, es decir, la única manera para dejar de ser esclavo es participar, a través de la libertad política, en el control del poder. La política sintetiza todos los tipos de poderes existentes en la sociedad; aunque la persona política esté a las órdenes de una multinacional o de un banquero, cuando se expresa, expresa poder.

GXXI.- ¿Para ti el sistema político imperante en los Estados Unidos es el mejor?

G-T.-Primero, hay que distinguir entre el sistema institucional y el práctico, la realidad. En ese sentido, el sistema institucional norteamericano me entusiasma, en cuanto a su separación de poderes, a su desarrollo de la democracia. En España, ahora se está planteando el tema de la independencia judicial y, todavía, algunos se rasgan las vestiduras. Aunque mucho más escandaloso es que no exista separación entre el parlamento y el gobierno.

En este sentido, con un sistema de separación de poderes como el norteamericano, al menos, es concebible que la evolución de la sociedad no esté muy alejada de la institucional y que sea más factible combatir la degeneración en la práctica de la política.

Por eso, la última elección de presidente en los Estados Unidos ha sido fantástica, porque en ella se ha visto el sagrado respeto que sienten todos a la decisión del Tribunal Supremo. En cambio, en España, ¿en dónde se resolvería una situación semejante, si no existe ninguna institución de prestigio?

GXXI.- Desde ese punto de vista, partiendo de tu análisis político, ¿te encuentras fuera del sistema?

G-T.- Siempre he estado fuera del sistema.

GXXI.- ¿Del sistema capitalista...?

G-T.- En ese sentido no, porque nunca he sido ni comunista, ni socialista. Dentro de mí no pervive ninguna añoranza utópica de que la igualdad pueda regular el mercado. Aunque yo no pongo al mercado por encima del Estado; ni a los que tienen poder económico por encima de los políticos.
Sí siento una simpatía personal hacia los anarquistas históricos franceses; reconozco en ellos que, aunque con un importante componente poético, fueron capaces de poseer una gran integridad moral.

GXXI.- Volviendo a tu último libro, en él dedicas todo el primer capítulo a la Transición como época de génesis en donde se conforman las ideas, las costumbres y las mentalidades del presente, ¿tuvo tanta importancia?

G-T. Sin duda. El denominador común que guía los sentimientos de los españoles actuales se encuentra en el hecho repentino de recuperar las libertades. Todo se explica desde ese momento, cuando la gente admite la mentira colosal de creerse que existen libertades políticas y de que éstas han sido conquistadas por el pueblo.

GXXI.- El análisis de las pasiones de poder abre el segundo gran apartado de tu libro. Llama la atención la pasión de la antipolítica en los jóvenes.

G-T.- En cada etapa biológica, el individuo tiene que responder a lo que le exige la naturaleza. La juventud debe poseer ideales o se traiciona a sí misma, y será una juventud vieja, apática. Y tiene que aprender, fundamentalmente, de la acción.

GXXI.- Tú posees tu propia escuela de pensamiento, ¿por qué ésta no se ha desarrollado en la Universidad?

G-T.- La razón se encuentra en causas objetivas. La Universidad no puede tolerar que dentro de ella exista una escuela de pensamiento libre. Ello produciría que el resto de los catedráticos quedaran en ridículo al no poder decir impunemente la gran cantidad de tonterías que explican todos los días a los alumnos, como, por ejemplo, cuando hablan de la Constitución y aseguran que la soberanía reside en el pueblo. En la enseñanza actual está la imposición absoluta del mecanismo de obediencia al poder.

GXXI.- ¿Por eso eres un proscrito?

G-T.- Naturalmente, y por eso me resulta tan milagroso que exista un periódico que recoja mi pensamiento o una editorial que publique mis libros. Yo denuncio las mentiras con el fin de hacer a las personas libres.

GXXI.- ¿Qué significa el término, creado por ti, y que denominas "república constitucional?

G-T.- Tanto en la idea como en el nombre me inspiré en Montesquieu, que defendió lo que él llamaba "monarquía constitucional" frente a la monarquía absoluta. Monstesquieu definió en conceptos lo que vio en los hechos: el rey tiene el gobierno pero no puede legislar; lo que supuso el fundamento de la Revolución Francesa. Una república constitucional, que no ha existido nunca, sería la que hicera la revolución actual frente a la monarquía constitucional.

GXXI.- ¿No existe, pues, la democracia?

G-T.- No, porque la verdadera democracia implica, al menos, una separación de poderes y un gobierno representativo de la sociedad, no de los partidos.

GXXI.- ¿Pero existe posibilidad de cambio dentro de la sociedad española?

G-T.- Hechos como el indulto al juez Liaño o la reivindicación judicial del pago salarial por parte de los funcionarios, suponen un avance en la consecución de la necesaria separación de poderes, y un avance para la consecución de la democracia.

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