ENTREVISTA A EDUARDO SUBIRATS

“Los directores de las censuras madrileñas consideran que soy una persona no grata”


Por Emilia Lanzas


El filósofo Eduardo Subirats (Barcelona, 1947) es profesor en el Departamento de Español y Portugués de la New York University. Son obras suyas: Culturas Virtuales, El continente vacío, Linterna Mágica… En su último ensayo publicado por Losada, Memoria y Exilio, analiza la historia ibérica y latinoamericana, desde el análisis y la profundidad, y al margen de la cultura oficial.

En tu libro declaras que los problemas de los países latinoamericanos proceden de que no se haya producido una auténtica ruptura histórica con respecto a las tradiciones políticas heredadas de la colonización española.

En él planteo la continuidad discursiva, cultural y política entre la colonización cristiana (la colonización como destrucción cultural total y conversión forzada) y la colonización bajo sus formas modernas, que han cristalizado sucesivamente en torno a los valores del positivismo, de las consignas de la modernización y, hoy, bajo las jergas norteamericanas de la globalización. Al mismo tiempo, pongo de manifiesto que las culturas hispánicas han carecido de aquellas reformas radicales del pensamiento que les permitiera formular un concepto de soberanía civil, una cultura democrática, y una sociedad multicultural. La independencia latinoamericana y la “revolución española” de 1812 señalan procesos continuistas dominados por un pensamiento absolutista y por una arcaica y autoritaria Iglesia.

¿Aún es viable la ruptura? ¿No proceden esos problemas latinoamericanos de la colonización actual de los Estados Unidos?

Este atraso ha sido, efectivamente, el marco propicio en el que se han instalado los colonialismos europeos y norteamericanos del siglo XIX. Las dictaduras fascistas del siglo XX, en España y en América latina, han permitido disponer de estos países de una manera prácticamente ilimitada. Y las llamadas rupturas, como en el caso cubano y más recientemente el venezolano, ponen de manifiesto las mismas esencias mesiánicas y caudillistas de esta atrasada tradición hispánica. Lo que señalo en mi libro, si quieres como “alternativa”, es una tradición intelectual crítica que ha sido solapada y oprimida por esta tradición atrasada, oficialista y castiza. La España de Unamuno y Ortega ha puesto una lápida sobre la otra España, renovadora, ilustrada y multicultural que representa Blanco White en el XIX o Juan Goytisolo en el XX. Y el latinoamericanismo globalizador que parte de las universidades norteamericanas ignora la crítica de intelectuales tan poderosos y amplios como Simón Rodriguez, José María Arguedas y Darcy Ribeiro.

En tu opinión, la denominada “Movida” contribuyó a crear una estética y una cultura banal sin ninguna dimensión crítica, a la vez que incrementó la pasividad civil. ¿Supuso, por tanto, una regresión?

Regresión no me parece la palabra adecuada. Pero su función políticamente concertada por la izquierda, consistió en quebrar el espíritu de reforma y de renovación que, tanto en lo intelectual como en lo institucional, despertó en la España del 68. El caso de Juan Goytisolo es el más significativo. Él había sido uno de los escritores con mayor protagonismo y fuerza intelectual en la crítica del franquismo de los sesenta y los setenta. Y la nueva literatura comercial asociada a la marca “Movida” lo hundió en el silencio. La inteligencia española de la Transición, complaciente con el franquismo, odiaba a un intelectual que seguía en la brecha y que llevaba y lleva sus críticas demasiado lejos. Pero Goytisolo en realidad no es un caso, es un modelo. Pone de manifiesto la mezcla de irresponsabilidad ética, falta de autonomía e insensibilidad de los intelectuales españoles (en realidad, de los “clérigos” o de los “letrados” españoles o catalanes o vascos) que administran nuestras culturas.

Desde la Justicia española se juzgan responsabilidades de Dictaduras extranjeras, en cambio, aquí no existe una voluntad de crítica hacia nuestro pasado autoritario y sangriento. ¿Olvidamos demasiado rápido?

No, nadie olvida. Me parece que el problema no es el olvido, sino que existe una censura. Y esta censura la ejercen intelectuales desde la dirección de periódicos, las editoriales y desde instituciones culturales, incluidas las universidades. Y estos señores, cuyos nombres son públicos, tienen la responsabilidad de haber impedido una discusión sobre la historia española, la más reciente como la más lejana. Mi libro El continente vacío fue censurado y su edición española destruida por estos señores, porque no podían admitir que alguien pudiese escribir un análisis independiente y consistente que mostraba a las claras la farsa montada por la burocracia del V Centenario. Memoria y exilio chocará con la misma embrutecida resistencia.

Según dices en tu libro, los renacimientos científicos y artísticos coinciden con el auge del Islam y la cultura judía en la España de los siglos XII y XIII. En cambio, se sigue ensalzando la “gloriosa cruzada de los Reyes Católicos”. ¿No deberíamos rescribir nuestra historia?

En realidad ya está escrita, sólo que se ha ocultado. Existe una bibliografía inmensa sobre el murciano Ibn Arabi. Nadie sabe quién es Ibn Arabi porque escribía en árabe, y sus traducciones tienen que leerse en inglés o en francés. Lo mismo vale para Ibn Gabirol, con León Hebreo, etc. Y lo mismo sucede con Blanco White. Las sociedades españolas, gracias al celo de sus instituciones culturales, se asientan sobre una identidad histórica hecha de fantasmas. Las celebraciones de la grandeza imperial hispánica bajo la que se ha querido sanar políticamente la “España sin complejos” es parte de esta visión cerrada, que es exactamente la misma que sostenía el nacionalcatolicismo fascista de los Maeztu, Ridruejo, Laín Entralgo o Maravall. Todo eso condena al provincianismo, a la falta de originalidad y a un atraso moral. Resulta, por ejemplo, que los hebraístas y los islamistas cuentan cosas mucho más interesantes sobre las culturas ibéricas que los hispanistas.

Volviendo al fondo de la pregunta anterior, y ahora con respecto a la Generación del 98. ¿Por qué se continúa insistiendo en su valor de cambio, cuando no supusieron ni una revisión del pensamiento español ni una modernización social?

Es una operación de ocultamiento. Si proclamo con trompetas la modernidad de Ortega, la gran transformación que ha operado en la conciencia nacional española, escondo de paso bajo el tapete que su concepto de vertebración española es historiográficamente falaz, y al mismo tiempo escamoteo una inmensa bibliografía mucho más inteligente que ha trabajado en un sentido contrario. Negocio redondo de la Fundación Ortega, donde la crítica se prohíbe como se prohibía en las Órdenes religiosas. Si se dice que Unamuno es la indiscutible culminación de la espiritualidad hispánica moderna, no solamente cometo un desliz imperdonable, también dejo en la oscuridad que el conflicto espiritual subjetivo más importante en la España moderna lo representan los grabados de Goya (aquellos que el Prado nunca exhibe) o la Autobiografía de Blanco White (que todavía aguarda su traducción crítica y completa). Ésta es la gramática parda de los fraudes intelectuales que celebra la rutina cultural española con gran algarabía de premios, congresos, ferias y otros espectáculos.

Defiendes que es en el exilio donde se ha generado la verdadera labor crítica y un pensamiento español profundo y valioso, reivindicando figuras como Blanco White, María Zambrano, Sender o Juan Goytisolo. ¿Te incluyes en la misma situación? ¿Piensas que sólo desde la distancia es posible una labor verdaderamente crítica y libre?

Mira, lo poco que yo sé lo aprendí en París y en Berlín, no en la ciudad en que nací, que fue Barcelona. Mi trabajo sobre las vanguardias surgió en las clases de la Universidad Berlín a las que yo acudía. Aterricé dos años en Barcelona y me expulsaron de la Universidad porque mi crítica de las vanguardias molestaba al Director de la Escuela de Arquitectura. En los ochenta aterricé en Madrid. Fue una linda experiencia, pero acabó con un círculo de silencio. Por fin me refugié en la liberalidad y generosidad de las Universidades americanas, donde he escrito mis tres libros más importantes. Vivo en Princeton, con una maravillosa biblioteca de siete millones de libros a mi disposición. Pero paso buena parte del año en Berlín, dónde tengo mis mejores amigos, y una temporada larga en Sao Paulo, porque existe allí un círculo de intelectuales y una vida artística extraordinaria. Tengo estudiantes gringos, latinos, chinos, rusos y, de vez en cuando, maravillosos jóvenes españoles. Ahora bien, los directores de las censuras madrileñas consideran que soy una persona no grata, o bien que no existo. ¿Quieres llamar a esto un exilio? ¡El mundo es demasiado grande y la vida, demasiado breve!

Según dices, la narrativa y el cine español de la Transición, encabezado con autores como Almodóvar, Eduardo Mendoza, Benet, Muñoz Molina… no han aportado nada más que una ficción como entretenimiento, ficción por la ficción misma. ¿Qué salvas de la cultura española actual?

Por ejemplo, existe una narrativa experimental que no es comercial, sino intelectualmente consistente, enormemente creativa y de gran altura intelectual. Solamente recordaré un nombre: Julián Ríos. Vive en París. Pero hay algunos más. En este momento una de las intelectuales más dinámicas que he conocido en España, Ana Nuño, ha creado una nueva editorial. Se llama Reverso. No hace falta explicar por qué tiene que llamarse así. Va a abrir las puertas a este ensayo y a esta narrativa y a estos exilios intelectuales jóvenes que tienen el paso vedado en los cotos cerrados y en las asfixiantes tertulias de la cultura comercial española. Yo mismo he editado en los últimos años cuatro libros colectivos: Intransiciones, otro sobre Américo Castro, un tomito sobre América latina y la guerra global y (de próxima aparición), un cuarto libro sobre Blanco White. Ahí tienes una pequeña lista de unos treinta intelectuales jóvenes, lúcidos y fascinantes, que son latinoamericanos, norteamericanos y europeos, y que hablan con entera libertad sobre temas hispánicos. Obvio, que estos libros no se mencionarán en las páginas culturales del El País.

También denuncias que Fernando Savater, con obras como Nihilismo y acción y Un ensayo sobre Cioran instauró un modelo de crítica social y epistemológica que afianzaba un individualismo tradicionalista y anárquico. Podrías ampliarnos esta idea.

El nihilismo, el anarquismo y la filosofía del héroe, los centros en los que gravitaban los libros filosóficos de este escritor, deben entenderse en la continuidad del individualismo nihilista y anárquico de ensayistas como Ramiro de Maeztu, Ganivet y el propio Unamuno. Filosóficamente Savater es una expresión de este bloque arcaico de la cultura nacionalcatólica. En mi libro lo menciono como penúltima cita de una gloriosa tradición cuyas raíces se remontan en las concepciones heroicas de las Órdenes cristianas y cuya expresión culminante es Ignacio de Loyola. Pero lo importante es que la cultura española ha rechazado, en nombre de esta tradición arcaica, la constitución moderna de la subjetividad, que es la de Copérnico o la de Kant, como conciencia crítica y científica, pero no sustancial ni heroica, y también la de León Hebreo o El Inca Garcilaso, como ejemplos de una conciencia hermenéutica.

Vives en Estados Unidos desde 1993, ¿qué opinión te merece su actual política?

Las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, y sobre un Japón previamente destrozado por bombardeos masivos, y que pedía a gritos un armisticio, es el genocidio que inaugura a Estados Unidos como superpotencia mundial. Desde entonces, se ha sucedido una larga y sangrienta serie de épocas de destrucción militar y políticas coloniales. América latina brinda ejemplos terribles de presidentes depuestos, crímenes políticos, genocidios y de gobiernos títeres con políticas criminales protagonizadas por los Estados Unidos, y apoyados por Europa. Pinochet es el paradigma. En Asia, el otro paradigma fue Vietnam. Las sucesivas guerras de conquista del Golfo Pérsico son el penúltimo acto en esta expansión militar mundial. El problema que este imperialismo plantea hoy, a mi modo de ver, es triple. Primero su capacidad destructiva es mucho mayor de la que pudiera tener Hitler. En Irak se han lanzado cientos de toneladas de uranio empobrecido, que contamina letalmente el suelo por millones de años y ha sido responsable de millares de muertes por leucemia y cáncer pulmonar. El segundo problema son las dimensiones de la destrucción global. Y el paradigma a este respecto el “global warming”, con una creciente destrucción biológica en las zonas más pobres del planeta, y los 800 millones de humanos que viven en condiciones de agonía en el mundo como resultado de la destrucción ecológica y de una política económica de expolio terminal sobre el Tercer Mundo. Tercero: en Estados Unidos, en este momento, no se habla, no se discute sobre estos problemas, y tampoco se discute de la condición política que impone por doquier: el control electrónico totalitario sobre la población civil. Estos tres factores dibujan una situación histórica de extrema gravedad. Es el problema en el que estoy trabajando actualmente.