Reseñas de libros de filosofía e información sobre novedades editoriales referidas al ámbito de la filosofía y las humanidades o simples curiosidades.

LIBROS:
  • AMPHIGOREY
    Editorial Valdemar, Avatares, Madrid, febrero de 2002.

Comentario de Elena Diez de la Cortina M.

Asombroso, huidizo y tan absurdo como un día en la vida de cualquier mortal, los trabajos de este ilustrador de libros para niños, escritor y dibujante de historias macabras lindan con una parca sinrazón, habitando espacios que se hallan más allá del bien y del mal.

Nacido en Chicago el 25 de Febrero de 1925, Edward St. John Gorey es tan indefinible como su obra, "ponzoñosa y poética". Y en verdad es tarea ardua circunscribir a este creador en alguna categoría: maestro de lo macabro, surrealista del desatino, bufón luciferino con un sentido del humor cortante y tan ambiguo como excéntrica su afición juvenil de abandonar muñecas de trapo en el interior de coches aparcados, acompañadas de enigmáticos mensajes. Quizás por eso Gorey no se dejó atrapar siquiera por su nombre, transformado de continuo en un sinfín de anagramas, Ogdred Weary, Dogear Wryde o D. Awdrey-Gore, que utilizaba en sus diferentes trabajos.

Pero si no podemos referirnos al autor mediante la definición, quizás podamos hacerlo a través de las metáforas que nos inspira Amphigorey, recopilación de libros escritos e ilustrados por él entre 1956 y 1965, y que la editorial Valdemar nos brinda en edición bilingüe, en la colección Avatares.

De sintaxis labrada a punzón, enérgicas e incisivas, las historias que nos narra Gorey son tan crudas como una res despellejada: historias desafortunadas de niños que se rompen el cuello contra la dureza de su destino ("Los pequeñines macabros"); fábulas juguetonas y horripilantes ("El dios insecto", "La niña desdichada", "El desván del listado"), o historias esquivas, ambiguas y totalmente absurdas ("El arpa sin encordar", "El invitado incierto", "El ala oeste", "La visita recordada") que no pretenden coronarse con ninguna moralina. Su aversión a la afectación y la floritura literaria contrasta, sin embargo, con la maestría de sus ilustraciones, que oscilan entre una plástica ingenua y matissiana ("El libro de los bichos", "El sofá singular") y una técnica de rayado que nos recuerda a los grabados de Goya.

La síntesis es prodigiosa: viñetas sorprendidas a sí mismas, como miradas de reojo, en las que nos zambullimos con la misma sensación que tendríamos si, repentinamente, despertáramos de un sueño en una habitación que no es la nuestra, habitada por extraños inquilinos de hábitos insospechados. Nosotros sólo estamos ahí de paso, despojados de antecedentes y consecuentes. Volcados a lo inconsecuente.

Amphigorey. Un extraño objeto que, sin duda, adornará vuestra perplejidad.

Elena Diez de la Cortina Montemayor