EMPIRISMO 

La filosofía empirista llevó a cabo una saludable autocrítica de la razón, delimitó sus límites y restringió sus posibilidades asentándola en el ámbito de la experiencia.

El empirismo es una corriente filosófica opuesta al racionalismo que surge en Inglaterra en el siglo XVII y que se extiende durante el siglo XVIII y cuyos máximos representantes son J. Locke, J. Berkeley y D. Hume. Se suele incluir también en este movimiento a T. Hobbes, aunque con ciertas reservas.

La contraposición al racionalismo fue desenfadadamente expresada por Bacon en su Novum Organum:
"Los empíricos –a modo de hormigas- no hacen más que amontonar y usar; los razonadores –a modo de arañas- hacen telas sacadas de sí mismos" (Op. Cit. I, 95).

Las numerosas disputas que protagonizaron ambas corrientes se debían fundamentalmente al desprecio racionalista de la experiencia como fuente de conocimiento frente al papel predominante que le otorgaron los empiristas.

En un sentido bastante general, se denomina empirismo a toda teoría que considere que la experiencia es el origen del conocimiento, pero no su límite. Esta postura ha sido mantenida por numerosos filósofos, como por ejemplo, Aristóteles, Epicuro, los estoicos, Tomás de Aquino y Ockham. Sin embargo, en un sentido estricto, el empirismo propiamente dicho hace relación a las teorías filosóficas creadas por las corrientes antes mencionadas.

Los caracteres fundamentales del empirismo podrían resumirse en las siguientes tesis:

Subjetivismo del conocimiento

En este punto, empiristas y racionalistas coinciden al afirmar que, para conocer el mundo se ha de partir del propio sujeto, no de la realidad en sí. La mente no puede conocer las cosas más que a partir de las ideas que tiene sobre ellas.

Por lo tanto, si lo primero en el orden del conocimiento son las ideas, éstas habrán de tener un origen distinto a la propia mente (tesis racionalista). Su validez objetiva le vendrá de las cosas mismas. Este último punto no puede ser aplicado a todos los empiristas sin excepción. Hume, por ejemplo, negó que se pudiera inferir la existencia de la realidad exterior a partir de las "percepciones" que tenemos sobre ella.

La experiencia (empeiría) como única fuente del conocimiento

El origen del conocimiento es la experiencia, entendiendo por ella la percepción de los objetos sensibles externos (las cosas) y las operaciones internas de la mente (emociones, sensaciones, etc.). Esta afirmación no tiene la misma significación en todos los empiristas. Si para Locke estas ideas (percepciones) son objetivas, es decir, son producidas por las cosas mismas o substancias, para Berkeley y Hume no se puede admitir que nuestras ideas sean causadas por las cosas materiales (idealismo). Berkeley negará la existencia de la substancia material: la causa de nuestras ideas es Dios y nuestra propia mente. "Ser" consiste únicamente en ser percibido (esse est percipi).

Hume extenderá su crítica empirista a la existencia de toda substancia, corporal, espiritual (yo) o divina (Dios). Nuestro conocimiento es conocimiento de nuestras propias percepciones (impresiones) de las que se han de derivar, como sus copias, todas las ideas. Por ello, no podemos defender la existencia de un mundo exterior, ni de un "yo" ni de una substancia divina. Hacerlo implicaría rebasar los límites de nuestra propia razón (ir más allá de la experiencia).

Así pues, para los empiristas, el único criterio de verdad es la experiencia sensible.

Negación de las ideas innatas de los racionalistas

Si todo conocimiento ha de provenir de la experiencia esto supone que habrá de ser adquirido. La mente no posee contenido alguno (ideas innatas), sino que es como una "tabla rasa", un receptáculo vacío que debe "llenarse" a partir de la experiencia y el aprendizaje.

El innatismo racionalista presume que todo hombre, por el mero hecho de ser racional, nacería con unos contenidos de conciencia dados que no podría ignorar, por lo que todos conoceríamos las cosas sin aprendizaje ni experiencia previa, cosa que no sucede.

El conocimiento humano es limitado: la experiencia es su límite.

Esta postura es radicalmente opuesta a la de los racionalistas, para los que la razón, utilizando un método adecuado, no tiene límites y podría llegar a conocerlo todo.

Los empiristas restringen la capacidad de la mente humana: la experiencia es su límite, y más allá de ella no es lícito ir si no queremos caer en el error, atribuyéndole a todo lo que no ha sido "experimentado" una realidad y existencia objetiva.

Hume, el más radical y consecuente con los postulados del empirismo, criticará y negará la posibilidad de la metafísica, al no tener base empírica y traspasar los límites la experiencia. Las ideas de la metafísica son absurdas e ininteligibles, porque no provienen de ninguna impresión sensorial de la cual sea copia la idea. Tampoco aceptará que la física pueda proporcionar un conocimiento verdadero y necesario sobre los fenómenos (cuestiones de hecho) por basarse en el principio metafísico de la causalidad. Sobre los fenómenos naturales no cabe más que un conocimiento probable basado en la creencia. Únicamente la matemática, que no se fundamenta en la experiencia, sino en nuestras propias ideas y en las relaciones que mantienen estas entre si, puede considerarse un ciencia en el sentido estricto de la palabra: un conocimiento absolutamente verdadero y necesario sobre las cosas.

Negación del valor objetivo de los conceptos universales

Los empiristas aceptarán el postulado nominalista de que los conceptos universales no hacen referencia a ninguna realidad en sí (objetiva), sino que son meros nombres que designan a un conjunto de ideas particulares o "percepciones" simples que se encuentran vinculadas entre sí. Cualquier idea compleja ha de ser explicada por combinación y mezcla de ideas simples. Los universales o conceptos generales son sólo designaciones de estas combinaciones más o menos "estables" de ideas simples.

El método experimental y la ciencia empírica

El interés por hallar un método adecuado para dirigir el pensamiento fue uno de los intereses principales tanto del racionalismo como del empirismo. La diferencia entre ambos estriba en que, si para los racionalistas el modelo ideal de método era matemático y deductivo, para los empiristas debía ser experimental e inductivo, similar al que utilizó Newton en el campo de la física, y que tan excelentes resultados había dado.

La ciencia no puede basarse en hipótesis o presupuestos no contrastados con la experiencia. La validez de las teorías científicas depende de su verificación empírica. Salvo en las matemáticas, que no versan sobre hechos, sino sobre nuestras propias ideas y sus leyes de asociación, las ciencias de los fenómenos naturales (física, geografía, biología, etc.) deben evitar cualquier supuesto u hipótesis metafísica, así como rechazar el método matemático deductivo. El error cometido por los racionalistas consistió en tratar de igual forma y bajo el mismo método a todas las ciencias, sin distinguir si se referían a hechos de la experiencia (cuestiones de hecho) o a un simple proceder de la mente (relaciones de ideas).

El tiempo, no obstante, dio la razón a los empiristas, pues a partir del siglo XVIII la física se independizó de la metafísica que, después de la crítica kantiana, dejará de considerarse una ciencia.

La filosofía empirista, pese a restringir el poder de la razón, sirvió de sana autocrítica respecto a nuestros límites y posibilidades racionales.