QUÉ ES EXPERIENCIA DE DIOS

Se trata, pues, de qué sea la experiencia de Dios. Nos estamos refiriendo ahora a lo que es la experiencia de Dios a parte hominis, por parte del hombre. Ante todo hay que decir que la experiencia de Dios no es la experien¬cia de un objeto llamado Dios. No solamente porque el hombre no es capaz de eso, sino porque ni siquiera así debe concebirse lo que sería una intuición de lo divino, si algo así pudiera darse. Dios no es una realidad-objeto, como ya se explicó en capítulos anteriores.

Tampoco se entiende por experiencia de Dios un estado en que el hombre está. A comienzo de siglo, con la invasión inundatoria de los libros sobre la experiencia religiosa, se partía siempre del supuesto de que la experiencia religiosa es algo que afecta a un estado del hombre. Sin embargo, Dios no es ni término objetual para el hombre ni es tampoco un estado suyo. Lo que sucede es que el hombre está fundamentado, y que Dios es la realitas fundamentalis, por lo que la experiencia de Dios por parte del hombre consiste en la experiencia del estar fundamentado fundamentalmente en la realidad de Dios. Haciendo mi ser fundamentalmente es como tengo experiencia de Dios. En la experiencia de Dios lo que hay es la experiencia de la realidad fontanal y fundamentante de Dios en la religación como ultimidad, como posibilidad última, y como impelencia suprema. Esto, junto con lo dicho en el capítulo anterior, es lo que nos abre la puerta para entender con una precisión mayor lo que es la experiencia de Dios por parte del hombre.

En efecto, el hombre es una manera finita, entre otras muchas posibles, de ser Dios real y efectivamente. Y lo que llamamos naturaleza humana es no otra cosa sino ese momento de finitud, que puede ser múltiple y vario, pero que en el caso del hombre es una estructura determinada. El animal de realidades es el momento de finitud, con el cual el hombre es Dios. El hombre es una manera finita de ser Dios.

Esta finitud es formalmente experiencial. El hombre es animal de realidades y en esa condición de animalidad suya es como está incluso su modo experiencial. El hombre es un modo, por consiguiente, experiencial de ser Dios. Dios es una realidad absolutamente absoluta y en esto con¬siste su esencia metafísica. Yo, en cambio, frente a Dios o respecto de Dios, soy una realidad relativamente absoluta. Relativamente absoluta porque este carácter absoluto lo tengo cobrado frente a la realidad haciéndome persona, haciendo mi ser, haciendo mi Yo, haciendo y fabricando mi personalidad. Por consiguiente, la experiencia de hacerme persona es experiencia de lo absoluto. Yo no soy absoluto como lo es una sustancia, soy absoluto haciéndo¬me persona y constituyéndome como un Yo. En constituir¬me como un Yo tengo y soy formalmente la experiencia de lo absoluto. Esta experiencia es justamente la experiencia de Dios; la experiencia de lo absoluto en la medida en que es experiencia de mi ser personal. Dios no solamente no es un ente sino que respecto de nuestro problema no es ni siquiera una causalidad eficiente primera. Es quoad nos realidad fundamental, realitas fundamentalis. Y, por consi¬guiente, se «es» aprehendiendo este carácter formalmente transcendente de la fundamentalidad de Dios en la perso¬na humana, en mi propio ser personal.

Por esto es por lo que Dios no es objeto ni es estado, sino que es lo absoluto de mi ser. Es aquello que está fundando y haciendo posible lo absoluto de mi ser. La experiencia de Dios no es otra cosa sino la experiencia de lo absoluto cobrado en la constitución de mi ser, la experiencia de estar fundado en una realidad fundante. Por tanto, Dios, realidad absolutamente absoluta, está inscrito en la relatividad, en lo absoluto de una persona relativamente absoluta, en mi propia realidad personal. De ahí que esta presencia de Dios en las personas, y correlativamente a ella el modo como el hombre está experien¬ciando a Dios parcialmente, puede tener distintos caracteres.

(Xabier Zubiri, El hombre y Dios, Ed. Alianza, Madrid, 2003, pp. 326-328)