Los resultados de la filosofía se centran en el descubrimiento de ciertos y vulgares sinsentidos o excrecencias que la comprensión se ha dado a sí misma por querer ir más allá delos límites del lenguaje.

Ludwig Wittgenstein nace en Viena 1889, de una culta y acaudalada familia de ascendencia judía.

Realiza estudios de ingeniería en Berlín y en 1908, interesado por los aeroplanos, se traslada a Manchester a ampliar su formación.

Apasionado por la matemática y la lógica, marcha a Cambridge a estudiar con Bertrand Russell, de cuyos encuentros, y después de alistarse como voluntario en la I Guerra Mundial y ser hecho prisionero en Italia, surgirá una de sus principales y más influyentes obras: el Tractatus lógico-philosophicus, acabado en 1918 y publicado en 1922.

Este libro, perteneciente a la primera etapa del pensamiento de Wittgenstein, continúa la línea del atomismo lógico abierta por Russell, el cual realizó el prólogo de dicha obra y en la que Wittgenstein intenta desentrañar la estructura del mundo, tomando como modelo la lógica matemática y su riguroso lenguaje simbólico para acceder a la realidad.

Lo fundamental del Tractatus consiste en la afirmación de que el mundo es el conjunto de los hechos atómicos, o conjunto de sucesos y acaeceres, no de las cosas:

“1. El mundo es todo lo que acaece.
1.1.El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
(...)
2, Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los hechos atómicos.
(...)
2.04. La totalidad de los hechos atómicos existentes es el mundo.” (Tractatus).

Los hechos atómicos no son cosas ni substancias ni cualidades o atributos de las cosas, son las relaciones más simples que puedan darse entre ellas, relaciones que no pueden reducirse a ninguna otra más elemental (“esto es azul, el papel está en la mesa”). Los hechos atómicos son isomórficos respecto a las proposiciones atómicas que construimos sobre ellos, esto es, podemos hacernos una imagen, una figura de la realidad de cada hecho. Las proposiciones atómicas mantienen la misma estructura que el hecho atómico a que se refieren. El mero análisis de una proposición revelaría la estructura del hecho.

“2.1. Nosotros nos hacemos figuras de los hechos.
2.11. La figura presenta los estados de cosas en el espacio lógico, la existencia y no-existencia de los hechos atómicos.
2.12. La figura es un modelo de la realidad.
2.13. A los objetos corresponde en la figura los elementos de la figura.
2.131. Los elementos de la figura están en la figura en lugar de los objetos.” (Tractatus).

Por lo tanto, el lenguaje es el mapa de un territorio constituido por hechos atómicos, siendo el instrumento a través del cual conocemos y expresamos el mundo. Ahora bien, todas las proposiciones tienen un sentido si expresan la realidad o la posibilidad de un hecho y posee un valor de verdad (es decir, es verdadera o falsa) que puede ser inferido gracias a las leyes de la lógica y al método de las tablas de verdad. Sin embargo, y a consecuencia de que sólo poseen sentido aquellas proposiciones (verdaderas o falsas) que se adecuan a las figuras de hechos del mundo, o imágenes similares, las proposiciones de la metafísica, de la teología, de la ética y de la psicología, carecen de sentido porque no representan hechos atómicos, siendo imposible decir algo sobre estas cuestiones sin caer en el absurdo. Este hecho refleja una de las intenciones fundamentales del Tractatus de Wittgenstein:

“El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos .” (Tractatus, prólogo).

No es de extrañar que los neopositivistas del Círculo de Viena hayan tomado el Tractatus de Wittgenstein como el paradigma para limitar las pretensiones de la filosofía y negar radicalmente la posibilidad de la metafísica. Sin embargo, Wittgenstein afirma que la filosofía no es una teoría, sino una actividad que ha de limitarse a esclarecer y acotar los pensamientos: la filosofía es la aclaración lógica del proceder de la mente:

“4.112. El objeto de ka filosofía es la aclaración lógica del pensamiento. Filosofía no es una teoría, sino una actividad. Una obra filosófica consiste esencialmente en elucidaciones. El resultado de la filosofía no son “proposiciones filosóficas”, sino el esclarecerse de las proposiciones”. (Tractatus).

Pese a ello, Wittgenstein afirma que las proposiciones lógicas son tautológicas, pero que no dicen nada acerca de lo real.

Después de escribir el Tractatus, Wittgenstein abandona la especulación filosófica y se dedica a dar clases como maestro en una escuela rural y, más tarde, se dedica temporalmente a trabajar como jardinero en un convento de monjes. Cuando retoma su quehacer filosófico, lo hace con la intención de revisar su propio Tractatus, eliminando la perspectiva neopositivista que se desprendía de esa obra, lo que dio lugar a una nueva corriente filosfófica denominada filosofía analítica (o Escuela de Cambridge).

Lo que ya se apuntaba en los escritos producidos entre 1933 y 1934, los Cuadernos Azul y Marrón, llega a su madurez en una definitiva obra póstuma titulada Investigaciones filosóficas (1953), la cual supondrá una radical ruptura con el pensamiento de su primera época. En las Investigaciones, Wittgenstein critica la teoría referencialista del lenguaje, fundamentalmente la concepción denotativa del mismo, es decir, la afirmación de que el significado de un término se da siempre por referencia a un objeto o hecho al que se refiere.

El lenguaje no es concebido ya como un conjunto de nombres que se refieren a objetos simples. Lejos de ser referenciales, los términos de una proposición adquieren su significado a través de múltiples caminos: el contexto, los gestos, la intención, la entonación, etc. Las palabras no tienen significados dados de antemano, por lo que no puede haber una investigación científica sobre lo que cada palabra significa realmente. Es más, existen multitud de palabras que se utilizan de mil modos diferentes.

Lo que decide el significado de un término es el uso de él se hace en el lenguaje. Ya no basta conocer las condiciones de verdad de una proposición para saber si ésta es verdadera o falsa. No hay referencia. Antes bien, conocer el significado de una palabra sólo es posible cuando accedemos al universo de posibilidades de utilización.

Los lenguajes funcionan como juegos, cada uno de los cuales está dotado de unas reglas propias y precisas que nos dan el valor de su significado. Los lenguajes son juegos lingüísticos que nacen de las distintas formas de vida, habiendo tantos diferentes como actividades u operaciones puedan llevar a cabo los hombres, por lo que no es posible, de ninguna manera, sistematizarlos: en tanto que juegos, se hallan en una continua modificación, en una constante creación de reglas de uso. Si esto es así, ¿cuál es ahora la tarea de la filosofía? Su función es terapéutica, de curación de anomalías, disfunciones y “enfermedades” que desvíen al lenguaje de su uso normal:

“La filosofía, tal como nosotros utilizamos la palabra, es una lucha contra la fascinación que ejercen sobre nosotros las formas de expresión. Una palabra tiene el significado que alguien la ha dado. Hay palabras con varios significados claramente definidos. Es fácil clasificar estos significados. Y hay palabras de las que podría decirse: se utilizan de mil modos diferentes que se van cambiando gradualmente de uno a otros. No es de sorprender que no podamos establecer reglas estrictas de su uso. Es erróneo decir que en la filosofía consideramos un lenguaje ideal como opuesto a nuestro lenguaje ordinario. No hay respuesta de sentido común a un problema filosófico. Solamente se puede defender el sentido común contra los ataques de los filósofos resolviendo sus enredos, es decir, curándolos de la tentación de atacar el sentido común.” (Cuadernos azul y marrón).

Elena Diez de la Cortina Montemayor
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