EL INSTANTE Y LAS TRES ETERNIDADES
(Variaciones sobre temas de Nietzshe)

(Selección)

1. De todos los filósofos hay dos a los que vuelvo una y otra vez, Platón y Nietzsche. Soy, en cierto modo, platónico y nietzscheano, una combinación quizás insólita y poco común, pero en absoluto imposible. Platón inaugura la filosofía en el sentido en que todavía hoy podemos reconocerla: la filosofía como escritura, como literatura de conocimiento. Y Nieztsche da a a ésta quizás su forma más perfecta en un poema filosófico que nos incita y nos reta con el misterioso simbolismo en que sabe revestir sus más poderosas ideas metafísicas. Así habló Zaratustra sigue siendo, para mí, lo más imperecedero de la obra nietzscheana.

Cuando se habla de la actividad filosófica se olvida con culpable negligencia que ésta es, sobre todo, una actividad creadora que tiene como espacio privilegiado la escritura. De tanto insistir en la necesidad y exigencia del diálogo, o de la controversia, o del debate en filosofía, o de la formación en torno a ella de escuelas, o de una orgánica sucesión reverencial de maestros y de discípulos, o de otra suerte de comunidades de Liceo o Academia, se nos ha pasado por alto lo más importante: que la filosofía, de Platón en adelante, es sobre todo asunto de la escritura; y que por tanto nos conduce a un escenario en el que todo scritor se reconoce: en su confrontación (creadora) con el papel en blanco, y con ese alter ego que debe ser construido e ideado en el acto mismo de la escritura; ese hypocrite lecteur; mon semblable, mon frère al que se refiere en un célebre soneto Baudelaire.

Nadie ha sabido mostrar con tanto ahínco ese carácter de la filosofía como su fundado, Platón, a través de sus diálogos escritos; ni nadie ha sido tan platónico en este aspecto como el gran enterreador del platonismo y de la metafísica, Nietzsche, que revalidó a través de su obra ese carácter preferentemente literario y de escritura de la filosofía.

Dice José Ángel Valente que es escritor quien acaba teniendo una auténtica relación carnal con la escritura. Y esto es cierto desde luego en poesía y en novela, pero lo es también en esa literatura de conocimiento que constituye, a mi modo de ver, la filosofía. Ésta es, en efecto, literatura; tiene que ver con letras y con grafías; no puede producirse (al menos desde Platón) sin ese concurso que la condiciona y determina. Hasta el punto de que la propia producción oral, o dialógica, sólo es y existe en virtud de esa inscripción literaria (y de ello Platón da plena documentación). Sócrates nada sería, pese a su enseñanza oral, sin esa literatura de conocimiento (filo-sófica, enamorada del saber) que le acoge en forma de corpus filosófico. Ni nada sería el personajke redivivo por la creación nietzscheana, sacado del acervo ancestral de la religión persa, Zaratustra, sin la composición y escritura del gran poema filosófico de Nietzsche.

La filosofía se encarna, ante y sobre todo, en la escritura. Sin escritura la filosofía carece de forja y destilado. Pero en la escritura puede la filosofía acreditarse como creación, como lo que Platón llamaba poiésis. Sólo que el acto creador que a través del Tratado o del Ensayo o del Diálogo o de las Confesiones, o de la Suma o del Sistema, o del Aforismo o del Poema Filosófico se produce tiene su peculiaridad. No puede ser en absoluto confundido con la construccióon que cristaliza en la literatura de ficción, sea poética o novelística, o bien épica, dramática y lírica.

¿Cómo poner en duda que obras como la Ética de Spinoza, o el Tractatus de Wittgenstein, o Así habló Zaratustra de Nietzsche, constituyen creación en el sentido más estricto de lo que tal puede entenderse? Son creaciones, ciertamente, plasmadas y encarnadas en virtud de la escirtura; pero creaciones que, en formas y géneros distintos, o en estilos diferenciados, se orientan todas ellas hacia el conocimiento. Son piezas relevantes de la definición peculiar que he avanzado de la filosofía.

La escritura es consustancial a la filosofía. Ésta no necesita convalidarse y legitimarse con sofisticadas teorías 'gramatológicas' que, sin embargo, no siempre se comprenden a sí mismas desde lo que a viva voz proclaman. Y es que la escritura es para la filosofía algo más que una teoría; es la savia misma de su propia sustancia de expresión.

El pensamiento sólo es tal que en y desde sus formas de expresión (como sabemos desde Wittgenstein). Y esas formas de expresión son siempre y lingüísticas en sentido amplio (el que incluye también la escritura). De hecho no hay pensamiento alguno que no se produzca así. No existe el pensamiento abstracto no encarnado en sus formas de expresión lingüísticas (verbales o escritas).

En filosofía esa expresión exige la mediación escrita para producirse y generarse. O al menos la inevitable referencia a esa mediación. La escritura no es una referencia teórica, como en las reflexiones gramatológicas, sino una práctica, una pragmática: aquella en la cual la filosofía como acto creador se encarna y materializa.

2. La filosofía tiene quizás un único tema, a aquel en el cual todas las grandes cuestiones filosóficas se resumen y compendian. Kant lo expresó con toda claridad: esa pregunta esencial es la pregunta relativa a lo que somos, a nuestra condición, a la humana conditio: ¿qué es el hombre ?.

Es, desde luego, la más difícil y comprometida de las preguntas, ya que su respuesta debe sortear la contradicción en la que esa difícil naturaleza o esencia parece estrellarse. Y desde luego en Nietzsche hallamos algunas precisiones magníficas que nos permiten despejar, aunque sea levemente, esa grandísima incógnita relativa a lo que el hombre es, o al misterio de su naturaleza y condición.

Una cuerda tendida entre dos torres sobre una abismo por el que camina un volatinero; una cuerda entre la vida animal y la existencia suprahumana; "un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar hacia atrás, un peligroso estremecerse y pararse". Esa es la grandeza del hombre: "ser un puente y no una meta ; un tránsito y un ocaso" (trad. Sánchez Pascual). La condición humana alcanza su cumplimiento como "flecha del anhelo hacia la otra orilla".

Una cuerda que constituye el habitat del volatinero que en ella ejecuta su trabajo. ¿Que hubiera sucedido si no hubiera sidoobjeto de un desventurado accidente como el que narra el texto de Así habló Zaratustra? ¿Qué hubiera sobrevenido si el volatinero se hubiese zafado del demonio que se abalanzó sobre él disfrazado de traje multicolor de bufón, arrojándolo al abismo? ¿Si el "demonio de la pesadez" hubiese sido vencido por los espíritus angélicos, o por los animales propicios de Zaratustra, el águila y la serpiente?

Otros peligros le hubiera más fechado en su propio recorrido existencial. Que no tiene otro interno que esa frágil, afilada, mínima expresión de mundo que constituye la cuerda. En ese es el límite del mundo, tendido entre la vida física y el misterio, habita el hombre; en esa delgada fibra de una cuerda existencial se desarrolla su vida en esta tierra. La vida entera es comparable al recorridode un puente que comunica este mundo con la otra orilla.O a la estela linealque va dejandola flecha al ser lanzaba hacia una estrella. O al río que desemboca en el mar (imagen del superhombre).

3. La idea del límite alcanzar, seguramente, en Kant, en Wittgenstein, sus primeras formalizaciones adecuadas y ajustadas (como límite de la razón; como límite del mundo; como limite del pensamiento, en el supuesto de que éste sólo puede trazarse desde y a partir de la expresión lingüística del pensamiento; como límite de mi lenguaje que es (también) límite de mi mundo; como mundo que es tal sólo y en la medida en que es ese mundo propio en el que me reconozco existiendo; allí donde el solipsismo es el mejor modo de alcanzar el realismo...).

Pero reconozco que fueron esas imágenes liminares de los primeros discursos de Zaratustra los que más radicalmente me inspiraron en mi comprensión de la realidad y la existencia como un don (afortunado o aciago) que tienen en el límite su convalidación onto-lógica. Pueses sólo en él y desde él puede comprenderse a sí misma esa realidad y esa existencia; sólo porque hay límite hay tal cosa (misteriosa, estremecedora ) como inteligencia y lógos. Porque hay límite hay razón. No es que ésta se encuentre aquí y allá con límites de existencia y mundo, o de pensamiento y lenguaje. Más bien debe decirse que hay pensamiento y expresión (lingüística, o de escritura) de éste porque hay límite. Y por esa misma razón puede decirse, y decidirse, que hay tal cosa como condición humana.

Frente al viejo humanismo de las filosofías existenciales o marxistas, yfrente a la disolución irresponsable de todo horizonte humanista, es preciso repensar el ser humano, la humana conditio, desde esta asunción radical del ser (y en consecuencia de la existencia y realidad que de él se desprenden) desde el límite. El hombre es límite del mundo; límite entre la vida física y la existencia trans/humana; es, pues puente entre planta y superhombre: cuerda tendida en el abismo entre la vida natural y el horizonte metafísico; entre lo físico y lo metafísico.

Sólo un pensamiento del límite puede, a mi modo de ver, convalidar un humanismo de nuevo cuño que permita a secundar la filosofía como filosofía crítica. Pues la crisis, o lo crítico, se halla inserto en ese entorno liminar en el que el hombre puede hallar, con la experiencia y pre-comprensión de su propia condición, también la orientación de su éthos. Ya que éste (que inicialmente significa morada, estancia) habla de esa cuerda tendida que haya en sí misma su propia orientación, aquella que su mismo anhelo le indica.

El hombre sólo se realiza como tal si responde a la requisitoria de eso que, desde si, le incita a "ser lo que es" (en estricto cumplimiento del imperativo pindárico). Sólo esa respuesta responsable (y en consecuencia libre) le permite realizar su propia condición. Esta no se produce de forma física, o natural, sino que, en razón de su propia libertad responsable, sólo puede llevarse a cabo a través de la mediación ética de una 'frase imperativa' en la que su propia razón fronteriza comparece como razón práctica, o como 'imperativo categórico'. Y en esa respuesta posible se le abre también la temible posibilidad de incumplir dicha frase y de preparar lo contrario de lo humano, que es lo inhumano. Y de hecho en este punto está cifrada toda la paradoja y contradicción del ser humano; ya que en nada hay tan humano como la conducta inhumana.

Y es de nuevo esa existencia limítrofe la que nos documenta de esa naturaleza libre del ser humano. Una existencia que fue formulada de forma magnífica por Pico della Mirandolla al comprender el carácter en cierto modo excéntrico del ser humano en relación a todas las criaturas, físicas o metafísicas, animales, plantas, ángeles o arcángeles. La falta de lugar y entorno dado hace del hombre el 'artífice de sí mismo', o lo convierte en Proteo, ese dios de muchas máscaras siempre dispuesto a la transformación y a la metamorfosis.

4. No, no es esta ruta la ruta filosófica nietzscheana; es más bien la que he ido fraguando en mis últimos textos. Pero reconozco que en esas ideas que intento expresar la impronta nietzscheana es evidente. Sobre todo debo reconocer la deuda con esas imágenes similares a las que he hecho referencias: la cuerda el puente, la idea de tránsito y de ocaso. Y sobre todo la comprensión del súperhombre no como una facticidad reificada, cual sucede en tantas interpretaciones simples de esa idea, sino como la meta y el desvelo de ser gran anhelo que el hombre es, o esa 'otra orilla' en la cual esa idea aparece como horizonte.

Tiene, pues, para mí el sentido de una Idea de la inteligencia racional, como la Idea kantiana (de hombre, de mundo, de Dios). El Superhombre sería el compendio y la suma de esas tres ideas 'racionales'. Cómo tal incitaría, desde el límite de la razón y de sus capacidades expresivas (lingüísticas o de escritura), a pensar lo que al hombre no le es dado conocer. Y en esto la mediación del anhelo, o de su afirmación consciente en la voluntad, le daría su impulso y su objetivo.

La voluntad de poder es, sobre todo, voluntad de crear, de sobreponerse, de traspasar la simple emancipación negativa en una responsable fundación de tablas y de valores que derivan del propio impulso, anhelo y querencia, mediados por la propia comprensión e inteligencia. La voluntad de poder impulsa al volatinero a avanzar en su propio entorno, que es una cuerda; pero en esa cuerda se puede saltar y bailar, o dejar que la vida circule. Es, pues, morada, estancia, ethos del habitante del límite, acuciado por las pasiones metafísicas, por el asombro de sentirse siendo, o de estar habitando el ser, o de existir, ese asombro tan valorado por Platón y revalidado por Wittegenstein (en su genial Conferencia sobre ética). Y también por el vértigo, que es la pasión propia del límite, la que acucia y asedia al que camina con la maroma por la leve cuerda de su existir, avisado del abismo que atraviesa, o que circula por ese puente que el propio hombre que es al decir de Nietzsche, puente tendido entre la planta y la estrella, o entre piedra y superhombre.

Y el eterno retorno de lo igual que es el insistente y siempre de nuevo demandado, o re-petido, horizonte que se le abre, en el cual la Idea de Superhombre incita y excita esa voluntad de ser y existir que es voluntad de crear; o de recrearse recreando. El hombre es retado por ese futuro del superhombre que engendra, con su anhelo, su propia voluptuosidad, esa 'voluptuoidad de futuro', que se cumple en la Idea regulativa de lo que le desborda y trasciende, aun cuando en sus fáctico cumplimiento se pierde en su propio arcano. Y ese futuro vuelve y retorna, en eterno retorno de lo igual, toda vez que el hombre, o el volatinero, avanza por encima de la cuerda, impulsado por el oscuro anhelo que su inteligencia y conciencia clarifican en forma de voluntad de creación; o de recreación de lo mismo, de su propia identidad y condición, el genuina recreación o variación de lo idéntico, de ese Selbst, o sí-mismo, que le constituyen lo que es.

Pero el hombre es, en ese sentido dinámico de su andar y circular, en exilio y éxodo, por la existencia, además de cuerda y puente también pórtico; es una puerta. El mismo puede ser definido con el nombre de ésta: instante. In/stante que insiste en ser eso, puerta o porticón que permite la circulación del existir, o el ambiguo y contrapuestos enlace del pasado y del futuro, pero también el cierre limítrofe y liminar que introduce un umbral o un estribo a la doble requisitoria contrapuesta de 'lo que fue' y 'lo que será'.

Sólo que en este punto lamento tener que separarme de la ruta filosófica seguida por el gran maestro del eterno retorno. Y a despecho de todas las trivializaciones relativas al célebre dicho nietzscheano de que "Dios ha muerto", vale decir que éste siempre resurge y resucita si se lo sabe comprender (incluso en su versión propiamente cristiana; o quizás sobre todo en ésta).

Y es que en ese Pórtico llamado Instante (y que es el kairós o tiempo oportuno, en el que el hombre descubre su propia naturaleza y condición, su condición fronteriza y hermenéutica de naturaleza jánica), no se cruzan sólo 'dos infinitos', uno hacia atrás, otro hacia adelante, como la visión del Zaratustra nietzsheano; se cruzan tres infinitos; o lo que es lo mismo, tres eternidades.

 

5. ¡Con el tiempo hemos topado, amigo Sancho ! ¡Con el tiempo nos hemos dado de nuevo cita, como Nieztsche y Zaratustra, como en otro tiempo Platón, o Aristóteles, o el gran Agustín de Hipona en los últimos libros de sus inmortales Confesiones! Con ese mismo tiempo (físico, psicológico, metafísico, ontológico, cosmológico) con el que más cerca de nuestra condición tardía y póstuma se encontraron también Bergson y Proust, Heidegger y Einstein, o el gran poeta angloamericano Eliot, sobre todo en ese poema excepcional que se titula Cuatro cuartetos.

Del tiempo quería hablar en este texto. Sobre el tiempo quería iniciar aquí un amago de modesta reflexión. Sobre el tiempo y el Dios del tiempo.

Lo que más me interesa del cristianismo, la enseñanza mayor que me proporciona esta religión es el misterio contenido en el dogma trinitario. Pienso que esa concepción trinitaria tiene el mérito de pensar a Dios con categorías temporales. Pues es evidente que de la triplicidad de las personas (o hipóstasis) se corresponde con las tres modalidades del tiempo: el pasado, el presente y futuro. Quizás Dios sea eso: el tiempo mismo elevado a condición onto-teológica . Quizás Dios sea el pasado inmemorial que asociamos a la primera persona (matriz de toda la trama simbólico-religiosa). Quizás sea también el presente eterno en donde habita siempre el Hijo. Quizá sea, por fin, el futuro escatológico, ese futuro que siempre está porvenir, o que es advenidero por principio; eso que la enigmática figura del Espíritu Santo parece sugerir.

Y quizás Dios pueda concebirse como la expresión del misterio relativo a la reunión paradójica y contra-dictoria de sus tres modos en los cuales se unifica (en la pura diferencia) la experiencia que todos hacemos del tiempo, en el cual tres infinitos (y no dos únicamente, como erróneamente creyó Nieztsche en Así habló Zaratustra) se entrecruzan en el kairós ('tiempo oprotuno').

Lo que confiere plenitud temporal a ese "tiempo a oportuno" no es el privilegio de cierta presencia que se da en un determinado presente. Es más bien la plena convocatoria, en un determinado acontecimiento, de las tres dimensiones del tiempo, que son como los "vestigios trinitarios" del misterio de las tres hipótesis que la religión cristiana establece en el símbolo niceano; un símbolo que a través de la formulación dogmática de exposición, indirecta y analógica, al misterio que de ese modo, velada y fragmentariamente, se revela.

Como decía Hölderlin en su gran himno tardío "Patmos", Dios está cerca, pero es difícil de captar. Dios es, sobre todo, el Dios del tiempo. Este nos envuelve y nos rodea, nos cerca, nos presiona y nos intimida, aun cuando en un límite (que es encrucijada y cruz) nos impide su perfecta comprensión, o nos deja tan sólo un exiguo fragmento del misterio que en él se aloja.

Se da la estupenda paradoja de que, quizás, lo que hace plausible la noción de eternidad y de infinito es lo que menos puede parecerlo: el triple modo en el cual el tiempo suele ofrecerse y experimentarse. La eternidad no es nada relativo a un 'ser' que se halla fuera del tiempo (en estado de 'eterna presencia'). Ese ser, o ese Dios, ese sí que está muerto y bien muerto. Es aquel ser al cual, de forma totalmente atinada y necesaria, sentencia en su poema Nietzsche a través de Zaratustra.

La eternidad, y lo mismo debe decirse del infinito, es una noción válida, fenomenológicamente válida siempre que la sepamos comprender. Siempre que acertemos a concebir esas nociones como ideas condicionales (por extraño que parezca esta idea de una eternidad condicional, o de un infinito condicional). Para lo cual no necesitamos tirar del repertorio algo mecánico y embrujador de la "razón dialéctica". Basta con que tratemos los conceptos en su propia naturaleza vital (sin arredrarnos ni asustarnos ante las "contradicciones" que todo lo viviente ofrece siempre a un pensamiento demasiado formalista, o excesivamente cartesiano).

Hay experiencia condicional de lo eterno y de lo infinito siempre que el tiempo se nos ofrece y hacemos de él experiencia, de manera que llegamos a comprender sus resbaladiza naturaleza. Tal experiencia tiene como fuente la experiencia de una existencia (en exilio, en éxodo), que carece de fundamento en su origen (nadie nos pidió permiso para que ingresáramos en ella) y que se halla aplazada y emplazada por una muerte certísima.

Pero entre tanto o mientras tanto, es decir, siempre que haya tal cosa como existencia, entonces debe decirse que en cada experiencia que hacemos de nuestra existencia temporal se recrea y se varía la misma triple eternidad; se recrea y se varía (en el sentido musical del 'tema y las variaciones') el pasado inmemorial, el presente eterno y el futuro escatológico.

Sólo que, en esa trama argumentada de variaciones en que nuestra vida transcurre y discurre, cada vez se modifica lo que portal pasado inmemorial, o por tal presente eterno, o por tal futuro escatológico se experimenta. Y a través de ello obtenemos un inestimable vestigio, o una huella, o un cerco (en el sentido en que se habla del 'cerco de luz', o del 'cerco' que deja la ceniza o la mancha) de ese Dios del Tiempo que el cristianismo, a través de su misterio trinitario, acertó a concebir.

Y no es jamás el 'presente' lo que articula y conjuga esos tres modos del tiempo. Lo que produce esa convocatoria es el acontecimiento, el kairós, tiempo oportuno que es, a la vez, recreación o variación de un pasado inmemorial, de un presente eterno y de un futuro escatológico: de un pasado que insiste siempre en ser pasado (y que existe como tal); de un presente que insiste siempre en ser presente (y que como tal existe) y un futuro que nunca deja de ser futuro (y que en su condición eternamente 'advenidera' insiste en ser futuro y sólo futuro).

El cristianismo, a través de su trinitarismo, ha sabido proveernos de la mejor enseñanza que ofrece (siempre que nos acerquemos a ese insondable misterio de la trinidad con admiración, asombro y vértigo).

 El Dios cristiano es, en efecto, el Dios del tiempo: un Dios que acierta a ofrecer el vestigio de su misterio a través de la experiencia y comprensión que todos podemos hacer, a partir del puro dato inaugural de nuestro existir, del decurso temporal.

Y, sin embargo, acierta Nietzsche en concebir ese kairós, tiempo oportuno y de sazón, como ese 'gran mediodía' que puede perfectamente soportar y sostener la imagen o la figura (liminar y limítrofe) de la puerta llamaba instante. Una puerta que se abre y que se cierra. Y que al abrirse permite circular, y poner en ambigua y jánica conexión , a 'lo que fue' y 'lo que será', o a estrechar en aureola de Eternidad, o de Serpiente de la sabiduría que al fin se muerde la cola, el pasado intemporal, pero inmemorial, con el futuro o fin final, o escatológico . Hay una referencia a esa doble y contrapuesta relación de ese pasado previo a todo nuestro modo de pensarlo (im-pre-sentable, como lo conceptúa Schelling). Y la hay también a ese futuro inconcebible, pero imposible de borrar o de tachar, ya que sin él carece de realidad y existencia nuestro anhelo.

En este sentido ambos, pasado y futuro, son 'infinitos', como señala NIetzsche. Se deslizan hacia el arcano de lo que siempre se esconde, como tan magníficamente supo decir Agustín de Hipona. El futuro trae el presente arracándolo de su incógnito, o de su recinto escondido; y la devuelve a la recoleta morada en donde subyace todo cuanto fue y ha sido, en el pasado inmemorial.

Sólo que también el presente propio es 'infinito', de manera que el Pórtico llamado Instante, ideado en la visión de Nietzsche-Zaratustra, debe mostrarse complejo; debe erigirse como una puerta por la que circulan tres infinitos, o tres eternidades (por extraño y difícil que sea pensar las cosas de este modo; el único, a mi modo de ver, que hace justicia fenómenológica a la experiencia ).

Ya que, en tanto haya existencia, que se presente (eterno, infinito), se revalidad y recrea, sin que se atestigüe otra condición que aquella que nuestra expectativa y temor, o el sentir común, o una evidencia que se cierne sobre nuestro anhelo, nos impone (el de nuestra condición mortal).

Se revalida y recrea resurgiendo, de forma bien misteriosa (suscitadora de asombro y admiración), cada vez en cada Instante, en que la existencia vuelve a ser, o vuelve al ser. Luego también el presente soporta (como el pasado y el futuro) su propia y peculiar 'ausencia', o su propio y específico 'cerco hermético'. Cada vez, o en cada instante del existir, ese paradójico presente (verdadero regalo o don de la existencia, con toda su ambivalencia jánica) revela su propia magia de eternidad y de infinito, por su condición de 'presente eterno' (sólo que siempre renacido, o re-sucitado; como el pasado inmemorial; y como el futuro escatológico). Y ese ir "presente eterno" debe ser radicalmente distinguido de aquel Instante (o kairós, tiempo oportuno) con el que una y otra vez se le confunde.

Un cuarto término debe, pues, añadirse a esa triplicidad o trinidad del pasado inmemorial, del futuro escatológico y del presente que siempre se revalidad (mientras haya tal cosa como existencia; y esa condición reza también respecto a futuro y pasado).

Para pensar el tiempo se necesitan cuatro términos, o cuatro instancias conceptuales.

Tal cuarto término es el Instante, ese Pórtico que puede ser tiempo de sazón y plenitud, o tiempo de tragedia o de penitencia. Pues hay un tiempo para construir y edificar, y otra para destruir y transformarse, o para perecer y aniquilarse. Es el Instante el medio crítico y de crisis, o de discernimiento y peripecia, que reparte las fortunas y los infortunios, los dolores y los gozos, los emisarios de la vida o de la muerte.

Quizá sea ese Instante esencialmente pensado, lo que Eliot llamaba intersección. Sólo que paradójicamente lo intemporal es, justamente, esa triplicidad, o divinidad trifacial , que a modo de un triple salto de iluminación y resplandor se hace gozne, en nuestra experiencia, en el instante; y en la percepción visionaria, como el final del Paraíso del Dante , a la manera dio un triple haz de luminosidad, o triplicidad de rayos luminosos surgidos de la misma fuente manantial, en la que uno es el iris (el pasado), otro es el 'iris del iris', en donde ambiguamente parece reflejarse la figura humana y humanada (el presente); y otro es el lazo de unión que sólo se estrecha en el anhelado futuro escatológico en donde el hombre es más que hombre, o 'superhombre' (correctamente entendido), o es la otra orilla de nuestra existencia transeúnte, en exilio de un origen y en éxodo hacia un final. Pero en el supuesto de que, del mismo modo como 'en mi principio está mi fin', también puede afirmarse, a modo de Eliot, según el emblema de los Estuardo, 'en mi fin está mi principio'.

 O que principio, medio y fin se arremolinan, a la manera de una triple tempestad huracanada de beneficios y desastres, a través del Pórtico llamado Instante. Aquel en el cual, erigido a modo de testigo de esa 'calamitosa anunciación' que en la borrasca y tormenta de la eternidad se advierte, los tres infinitos se encarnan en esa frágil existencia concebida por Nietzsche como 'un puente', o como una 'flecha de anhelo hacia la otra orilla'. Se encarnan en eso que somos.

Somos una recreación o variación insistente y persistente de ese único Tema que constituye nuestra experiencia del pasado inmemorial, del presente eterno y del futuro escatológico.

Pues lo que dinamiza y concatena los instantes o los aconteceres es ese principio al que vengo llamando desde hace años 'principio de variación'; mediante ese principio doy mi personal interpretación a la idea de 'eterno retorno', librándolo de tributos y gagas derivadas de la confusión, ya apuntada, del pórtico llamado Instante, lugar de la 'encarnación', con ese Presente eterno que, al igual que el Pasado inmemorial y que el Futuro escatológico deben concebirse 'intemporales', en el sentido de modos que se dicen y atribuyen a ese Instante (o a ese Pórtico con tres aperturas por el cual se arremolinan los tres infinitos en su peculiaridad a la vez diferenciada y convergente).

El Tema es esa triplicidad de modos que soporta el tiempo: el pasado inmemorial, el presente eterno y el futuro escatológico. Y lo que hace que éstos cada vez se recreen y se varíen lo constituye el lugar del acontecer, o el 'tiempo de sazón' que interviene como corte diferencial, como intersección y como puerta jánica.

Cada uno de esos modos posee, a su vez, impresa en su estructura, la triplicidad de cercos que constituyen lo propio del lugar limítrofe en donde se produce la intersección (eso que somos). El pasado inmemorial abre su propio cerco fronterio en donde puede instalarse la palabra del Aeda, hasta circular por el pasado que reconocemos como presencia en nuestra memoria. El futuro escatológico abre su propio cerco limítrofe en el que habita la palabra profética, abierta a la presencia de nuestra expectativa y temor. Y presente eterno abre también, desde el incógnito de su recóndito lugar, del cual una y otra vez emerge, su propio cerco intermedio (fronterizo y hermenéutico) en el que puede experimentarse la existencia susceptible de exposición (en relato argumentado, o en exposición reflexiva y filosófica).

Siempre que haya tal cosa como una existencia (en exilio, en éxodo), siempre que se dé 'eso que somos', siempre insiste en recrearse, y en variarse, el Pasado Inmemorial, el Presente Eterno, y el Futuro escatológico. Nuestra morada, nuestro ethos es, desde luego, la Puerta llamada Instante. Pero en ella tiene lugar, cada vez, el tumultuoso torbellino de un juego de eternidades y de infinitos en el que recrean su eterna danza el pasado, el presente y el futuro, vestigios trinitarios del Dios del tiempo.

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