CONCLUSIÓN (Selección
de textos de Utopía).
Conclusion final
Os he descrito con la mayor
sinceridad el modo de ser de su República a la que considero no
sólo la mejor, sino la única digna de llevar tal nombre.
Porque en otros sitios los que hablan de la República lo que buscan
es su interés personal. Pero en Utopía, como no hay intereses
particulares, se toma como interés propio el patrimonio público;
con lo cual el provecho es para todos.
En otras repúblicas todo el mundo sabe que si uno no se preocupa
de sí se moriría de hambre, aunque el Estado sea floreciente.
Eso le lleva a pensar y obrar de forma que se interese por sus cosas y
descuide las cosas del Estado, es decir, de los otros ciudadanos. En Utopía,
como todo es de todos, nunca faltará nada a nadie mientras todos
estén preocupados de que los graneros del Estado estén llenos.
Todo se distribuye con equidad, no hay pobres ni mendigos y aunque nadie
posee nada todos sin embargo son ricos. ¿Puede haber alegría
mayor ni mayor riqueza que vivir felices sin preocupaciones ni cuidados?
Nadie tiene que angustiarse por su sustento, ni aguantar las lamentaciones
y cuitas de la mujer, ni afligirse por la pobreza del hijo o la dote de
la hija. Afrontan con optimismo y miran felices el porvenir seguro de
su mujer, de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y de la más
dilatada descendencia. Ventajas que alcanzan por igual a quienes antes
trabajaron y ahora están en el retito y la impotencia como a los
que trabajan actualmente.
Bien quisiera que alguien midiera este sentido de justicia con el que
rige en otras partes. Yo tengo que confesar que apenas he encontrado un
leve rastro de justicia y equidad en ninguna de ellas. ¿Qué
justicia es la que autoriza que un noble cualquiera, un orfebre, un usurero
o cualquier otro que no hacen nada o hacen cosas contrarias al Estado,
puedan llevar una vida regalada sin mover un dedo. o en negocios sucios
y sin responsabilidad? Entre tanto el criado, el cochero, el artesano,
el labriego andan metidos en trabajos que no aguantarían ni los
animales por lo duros y al mismo tiempo tan necesarios que sin ellos la
República se vendría abajo antes de un año. Apenas
les llega para alimentarse malamente y llevan vida peor que la de las
mismas bestias. Estas, al menos no soportan trabajo tan continuo; aunque
les den peor comida la soportan más fácilmente y además
no tienen las preocupaciones del futuro. A todos estos los mata el trabajo
presente, tan estéril como infructuoso, y les desazona el pensamiento
de su pobre ancianidad. Si no les llega para mal vivir, ¿cómo
pueden ahorrar para su ancianidad?
¿No es injusta una sociedad que se vuelca con los llamados nobles,
los manipuladores y los traficantes de cosas inútiles, aduladores
y perezosos? Por el contrario deja en el olvido a los labradores, los
carboneros, los braceros, - caballerizos y obreros sin cuyo trabajo no
puede subsistir la república ni obtenerse bien alguno. ¿No
es injusto abusar de su trabajo cuando están en pleno vigor y cuando
el peso de los años, las privaciones y la enfermedad cae sobre
ellos, condenarles a una muerte miserable sin tener en cuenta sus muchos
desvelos y trabajos? ¿Qué podemos pensar de esos ricos que
diariamente expolian al pobre? En realidad lo hacen al amparo, no de sus
propias maquinaciones, sino amparándose en las mismas leyes. De
esta manera, si antes parecía una injusticia no recompensar debidamente
a quienes lealmente lo habían servido, estos tales se han ingeniado
para sancionar legalmente esta injusticia con lo que la república
viene a ser más aborrecida.
Cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes
hoy en día, las veo -que Dios me perdone-, como una gran cuadrilla
de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república,
trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos
imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron.
Después podrán dedicarse a sacar nueva tajada del trabajo
y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno.
Cuando los ricos consiguen que todas estas trampas sean puestas en práctica
en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a
ser leyes respetables.
Pero estos hombres despreciables que con su rapiña insaciable se
apoderan de unos bienes que hubieran sido suficientes para hacer felices
a la comunidad, están bien lejos de conseguir la felicidad que
reina en la república utopiana. Allí la costumbre ha eliminado
la avaricia y el dinero, y con ellos cantidad de preocupaciones y el origen
de multitud de crímenes. Pues todos sabemos que el engaño,
el robo, el hurto, las riñas, las reyertas, las palabras groseras,
los insultos, los motines, los asesinatos, las traiciones, los envenenamientos
son cosas que se pueden castigar con escarmientos, pero que no se pueden
evitar. Por el contrario las elimina de raíz la desaparición
del dinero que elimina al mismo tiempo el miedo, la inquietud, la preocupación
y el sobresalto. La misma pobreza que parece que se basa en la falta de
dinero, desaparece desde el momento en que aquel pierde su dominio.
Quiero poner esto en claro con un ejemplo que vamos a examinar. Pensemos
en un año malo y de poca cosecha en el. cual han perecido de hambre
miles de hombres. Estoy seguro que, si al cabo de esta catástrofe
se abren los graneros de los ricos, se encuentra en ellos tanta cantidad
de grano que si se hubiera repartido entre todas las víctimas de
la peste y el hambre no se habría enterado nadie de los rigores
de la tierra ni del cielo. Nada más sencillo que alimentar a la
humanidad. Pero el bendito dinero, inventado para lograr más fácilmente
el camino del bienestar, es el cerrojo más duro que cierra la puerta
del mismo.
Pienso que los ricos se dan cuenta de esto. Saben que no hay nada mejor
que tener lo que se necesita. Sin abundar en superficialidades, es multiplicar
disgustos vivir asfixiados por tantas riquezas.
Creo además que o bien por interés personal o por seguir
la voz de Cristo, todo el mundo hubiera seguido hace tiempo las leyes
de esta república utopiana. Cristo, dada su sabiduría, no
pudo ignorar lo que más nos convenía, ni, dada su bondad,
aconsejarnos lo más conveniente.
Pero se opone tenazmente nuestra soberbia, bestia maligna y madre de todos
nuestros males. Su felicidad se mide no por el propio bienestar, sino
por las desgracias de los otros. Dejaría incluso de ser diosa si
desaparecieran los hombres sobre los que puede ejercer su dominio exultante.
Su felicidad comprada con la desgracia de los otros se satisface mostrando
unas riquezas que pisan y atormentan la pobreza ajena. Esta serpiente
infernal se enrosca en los pechos de los hombres y les impide seguir el
buen camino. Como una rémora los entretiene y los disuade. Está
tan enraizada en los hombres que no es fácil extirparla.
Mucho me alegra que esta forma de gobierno que yo quisiera que la tuvieran
todos, la hayan conseguido al menos los utopianos. Basados en las instituciones
que he descrito han fundado una república que se desarrolla no
sólo prósperamente sino que, en cuanto se puede conjeturar
humanamente, creo que ha de durar para siempre. Han sido eliminadas en
ella las raíces de la ambición y las disensiones. No hay
por lo mismo peligro de disturbios internos, que en más de una
ocasión han echado por tierra las ciudades más ricas y sólidas.
Lograda esta armonía interior y gracias a sus magníficas
organizaciones la envidia de los reyes vecinos no ha sido capaz de derribar
esta república ni aun siquiera conmoverla, caso que inútilmente
intentaron ya algunas veces en tiempos antiguos.
Al terminar de hablar Rafael, me vinieron a la mente no pocas reflexiones
sobre cosas que me parecían absurdas en sus leyes e instituciones.
Por ejemplo, su modo de entender la guerra, sus creencias y religión
y otros muchos ritos. Pero, sobre todo, lo que está en la base
de todo ello, es decir, su vida y gastos comunes sin intervención
alguna del dinero. Con ello se destruye la raíz de la nobleza,
la magnificencia y el lujo, y la grandeza, cosas que en el común
sentir constituyen el decoro y el esplendor de un Estado. Me di cuenta,
sin embargo, que estaba bastante cansado de tanto hablar. No sabia, por
otra parte, si aguantarla que opinásemos en contra de sus teorías,
máxime que a lo largo de su relato ya se había manifestado
contra quienes piensan no ser suficientemente discretos si no critican
las invenciones ajenas. Así pues, le cogí de la mano y tras
alabar su exposición y las costumbres de los utopianos le introduje
en la casa para cenar. Le dije que tendríamos tiempo de discurrir
con más profundidad sobre estos temas y discutir más Profusamente.
¡Ojalá. que algún día pueda realizarlo!
Entre tanto tengo que confesar que no puedo asentir a todo cuanto me expuso
este docto varón, entendido en estas materias y buen conocedor
de los hombres. También diré que existen en la república
de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades.
Pero que no espero lo sean.
FIN DE LA CHARLA DE SOBREMESA HABIDA
CON RAFAEL HITLOIDEO
SOBRE LAS LEYES E INSTITUCIONES DE
LA ISLA DE UTOPIA
HASTA AHORA SOLO CONOCIDA POR UNOS POCOS.
FUE CONTADA POR EL MUY CELEBRE Y ERUDITISIMO
MAESTRO TOMAS MORO,
CIUDADANO Y SHERIFF DE LONDRES.
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