Nada hay azaroso en el universo. El hombre sabio ha de asumir que su aparente libertad no es más que una ficción producto de su ignorancia sobre el orden racional y necesario que impera en el mundo. Deus sive natura.

Baruch Spinoza nació el 24 de noviembre de 1632 en Amsterdam, hijo de una familia de judíos portugueses emigrados a Holanda a finales del siglo XVI. Sus antepasados quizás fuesen marranos (exteriormente aceptaron el cristianismo para no ser expulsados, pero permanecieron fieles al judaísmo) y Spinoza fue educado en los principios de su religión. Sin embargo, debido a que no aceptó el judaísmo ortodoxo, hecho patente en sus escritos, fue excomulgado y expulsado de la comunidad judía de Amsterdam en 1656, dedicándose desde entonces al oficio de pulidor de lentes para instrumentos ópticos.

En 1660 se traslada a Leyden y tres años después se instala en los alrededores de La Haya, manteniendo relaciones con algunos miembros de la Royal Society de Londres y con el matemático y filósofo racionalista, Leibniz. Sin embargo, pese a la enorme influencia de sus escritos, Spinoza renunció a los honores académicos para no mermar su libertad intelectual, rehusando la cátedra de filosofía de Heilderberg que se le ofreció en 1673. En 1677 murió de consunción.

Su alejamiento de la vida pública queda de manifiesto en las escasas obras que publicó en vida. Tan sólo dos, una editada con su nombre en 1663, Los principios de filosofía de Renato Descartes y otra publicada anónimamente en 1670 bajo el título Tratado teológico-político. El resto de su producción intelectual apareció póstumamente: Tratado de la reforma del entendimiento (escrito en Leyden), Ética demostrada según el orden geométrico, sin duda su obra de más relevancia y Breve tratado sobre Dios, el hombre y la felicidad, descubierto a mediados del siglo XIX.

El pensamiento filosófico de Spinoza

Formado básicamente en la filosofía cartesiana, el racionalismo de Baruch Spinoza tiene influencias de la cultura judía (Maimónides, Chasdai Crescas), del estoicismo (Séneca, Cicerón) y de otros autores como Giordano Bruno y Hobbes.

El problema fundamental de su pensamiento gira en torno a la cuestión de la unidad y la multiplicidad: el problema de la identidad y la diferencia y su explicación causal. La generosa heterogeneidad de seres que observamos en el universo ha de ser explicada, como postuló tantos siglos antes Aristóteles, por sus causas. Ahora bien; ¿cómo podemos acceder a esta unicidad? ¿Cómo podremos demostrar verdaderamente cuáles sean las causas de todo lo real y múltiple? Parece evidente que el conocimiento de los principios determinantes y rectores del mundo no puede adquirirse a través de la experiencia (que nada puede decirnos acerca de las conexiones necesarias entre los hechos), sino por el puro proceder de la mente, según sus propias leyes. En esto consiste la labor filosófica realizada por Spinoza “more geometrico”, según el modo geométrico.

Conozco las cosas cuando conozco su génesis, de la misma manera que las matemáticas y la geometría generan su objeto (génesis) desde el interior del entendimiento mismo, independientemente de lo empírico y de la temporalidad. La filosofía de Spinoza, sobre todo su más importante obra titulada Ética demostrada según el orden geométrico, toma como modelo el proceder deductivo y a priori de las matemáticas, basándose en la suposición de que “el orden y la conexión de las ideas es lo mismo que el orden y la conexión de las cosas” (Ética demostrada según el orden geométrico) El orden causal que rige los acontecimientos es idéntico al orden que el entendimiento sigue cuando opera con las ideas, es decir, cuando construye a priori o independientemente de la experiencia su objeto, tal y como hacen las matemáticas y la geometría, disciplinas modélicas por su rigurosa certeza.

Ahora bien, el proceder puro de la mente evidencia que no hay una pluralidad de causas de los acontecimientos, sino una única causa eficiente de la totalidad, denominada por Spinoza, Dios o la naturaleza, Deus sive natura, afirmación que puede interpretarse como una naturalización de Dios o como una teologización de la naturaleza. Frente al dualismo cartesiano y el pluralismo metafísico de las mónadas de Leibniz, Spinoza postula un monismo metafísico: únicamente existe una substancia y sólo una, entendiendo por tal:

“aquello que es en sí y se concibe por sí; esto es, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa, a partir de lo cual deba formarse” (Op. Cit.).

La substancia ha de ser autónoma y autárquica tanto ontológicamente (no puede depender de otros para ser) como gnoseológicamente (no puede necesitar del concepto de otra cosa para formarse). El concepto de substancia es una idea innata clara y distinta, cuyo núcleo se vertebra en torno a la existencia: “a la naturaleza de la substancia le pertenece existir”; “su esencia envuelve necesariamente la existencia” (Op. cit.) ya que no puede ser producida por otra cosa y tiene que ser causa de sí misma (causa sui). Spinoza elimina el ámbito de lo posible: no hay substancias “potenciales”. Ahora bien, ¿por qué afirma que sólo puede existir una substancia?¿Por qué descarta la pluralidad (monismo substancial)?

Para Spinoza, siguiendo la línea categorial de Descates, la substancia es conocida por su atributo: “entiendo por atributo lo que el entendimiento percibe de la substancia como constitutivo de su esencia” (Op. cit.). Si dos substancias tuvieran un mismo atributo, no podríamos distinguirlas, es decir, al tener la misma esencia nos sería imposible concebirlas como distintas, por lo tanto, solo hay una única substancia, poseedora de una infinidad de atributos, de los cuales nosotros, los hombres, sólo conocemos dos: el pensamiento y la extensión. Estos infinitos atributos expresan la esencia de la substancia o Dios, pero no la determinan; es decir, pertenecen a un plano gnoseológico, no ontológico:

“Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita” (Op. cit.)

La infinitud de Dios implica que no puede haber otras substancias: todo es en Dios, y si Él fuera distinto de la naturaleza y de los otros “seres”, entonces no sería infinito.

Los seres finitos, incluidos los hombres, son modos de Dios, entendiendo por tales “las afecciones de la substancia, o sea, aquello que está en otro, por lo que es también concebida” (Op. cit.). Las mentes finitas son modos de Dios bajo el atributo del pensamiento y los cuerpos finitos son modos de Dios bajo el atributo de la extensión. La naturaleza no es ontológicamente distinta de Dios, porque este es infinito y “ha de comprender en sí mismo toda la realidad”. En esto consiste fundamentalmente el panteísmo de Spinoza, en la afirmación de que, fuera de Dios no puede darse ninguna substancia, siendo este la causa inmanente de todos los seres (modos): “Dios es la causa inmanente y no transeúnte, de todas las cosas” (Op. cit.).

La realidad es una y la misma pero observada desde perspectivas diversas, desde distintos puntos de vista, según nos atengamos al atributo del pensamiento o de la extensión. Lo que cambia no son las “cosas”, sino nuestra mirada sobre ellas. Así, el hombre puede ser considerado como cuerpo (extensión) o como alma (pensamiento), pero ambos son constitutivamente la misma cosa. El problema del dualismo cartesiano y de la interacción entre alma y cuerpo es, por lo tanto, un falso problema.

Si naturaleza y Dios se identifican, es imposible hablar de azar en el mundo. Todo está determinado por la necesidad de la naturaleza divina, incluso el mismo Dios no podría haber “creado” el mundo de otra manera: su libertad es necesaria y obligada (coacta). Los seres finitos surgen necesariamente y los hechos son causales pero no casuales. Todo esto supone la eliminación de la libertad humana. Esta no es más que un espejismo producto de la ignorancia:

“Los hombres se engañan al creerse libres; y el motivo de esta opinión es que tienen conciencia de sus acciones, pero ignoran las causas por que son determinadas; por tanto, lo que constituye su idea de libertad, es que no conocen causa alguna de sus acciones” (Op. Cit.)

Este postulado no anula, sin embargo, la praxis humana, la ética. Pese a que no conocemos el orden total por el que se rige la naturaleza, si podemos asumir “activamente” la necesidad absoluta de nuestras acciones. La voluntad y el entendimiento son una y la misma cosa, y por lo tanto, cuando conocemos la necesidad de los aconteceres, esto es, a Dios, podemos sentirnos libres (forzada y necesariamente). El amor a Dios coincide con la sabiduría, con el conocimiento del orden racional necesario que impera en el mundo.

Elena Diez de la Cortina Montemayor
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