Fragmentos de Cartas a Lucilio.

Considero, pues, más feliz al hombre que no ha necesitado sostener ninguna lucha contra sí mismo; y creo más meritorio al que, luchando consigo mismo, ha logrado vencer sus malas inclinaciones, arrastrando su alma, más bien que conduciéndola al camino de la sabiduría.(XLIV) Pero que emocionen los pensamientos, no las frases; la elocuencia es un veneno cuando es ella y no la verdad lo que apasiona.(XLIV)

No tengas ninguna fe en las gentes cuando te digan que sus negocios los apartan de los estudios serios; se hacen los ocupados sin estarlo mucho; la dificultad para esos hombres está en ellos mismos. (LXII)

Todo puede despreciarse; pero poseerlo todo es imposible. El camino más corto para ser rico es despreciar la riqueza. (LXII)

No hay nada de que nos cansemos tan pronto como del dolor: si es reciente, encuentra quien lo consuele, interesa a las almas generosas, pero si es antiguo hace reír a todo el mundo. Y es razonable que se ría la gente, porque es un dolor o fingido o insensato.(LXIII)

El dolor debe ser vencido por el hombre, y no el hombre por él.(LXIII)

Una vez en tu soledad haz de modo que la gente no hable de ti; por tu parte, habla contigo mismo. ¿Qué te dirás? Lo que los hombres dicen con mucho gusto los unos de los otros: ten mala opinión de ti, y así adquirirás la costumbre de oír la verdad y de decirla. (LXVIII)

Pero lo que aprendas en el momento de irte, ¿cuándo te servirá ni para qué? Me servirá para irme siendo mejor. (LXVIII)

Por otra parte, bien sabes que no es forzoso conservar la vida, pues lo importante no es vivir mucho, sino bien vivir. Así es que el sabio vive lo que debe, no lo que puede. Examinará dónde, cómo, con quién, por qué debe vivir; lo que será su vida, no lo que pueda durar. (LXX)

Darse la muerte o recibirla, acabar un poco después o un poco antes, ha de ser para él enteramente lo mismo; no hay en eso nada que pueda espantarle. ¿Qué importa perder lo que se nos va escapando gota a gota? Morir más pronto o más tarde es cosa indiferente; lo importante es morir bien o mal. Y ¿qué es morir bien? Sustraerse al peligro de vivir mal. (LXX)

Preferiría a la máxima de que "la fortuna lo puede todo para el que vive", este otro pensamiento: la fortuna no puede nada contra el que sabe morir.(LXX)
Sobre todo tratándose de la muerte, debemos sujetarnos a nuestra fantasía. La mejor muerte es la que más nos guste. Poco importa que la vida acabe por el hierro, la cuerda o le veneno, con tal que acabe rompiendo los lazos de la ervidumbre. Se debe cuenta de la vida a los demás; de la muerte no debemos cuenta más que a nosotros mismos: por eso es mejor la que nos agrade más. (LXX)

La obra maestra de la ley eterna es haberle procurado varias salidas a la vida del hombre, que sólo tiene una entrada.(LXX)

La mejor razón para no quejarse de la vida es que ella no retiene al que la quiera dejar. Las cosas humanas están muy bien dispuestas: nadie es desgraciado más que por su culpa. ¿Te place la vida? Vive. ¿No te place?, pues eres dueño de volver al lugar de donde has venido. (LXX)

Si quieres no ser esclavo de tu cuerpo, figúrate que estás alojado en él momentáneamente como un transeúnte, y no pierdas de vista que vas a perder el alojamiento de un instante a otro. Así te hará poca mella la necesidad de dejarlo. Pero, ¿cómo familiarizarse con la idea del propio fin cuando no tienen fin nuestros deseos? (LXX)

Cuando quieras saber lo que te conviene evitar o lo que debes buscar, fija la vista en el soberano bien, en el objeto general de tu vida, pues todos nuestros actos deben tender uniformemente hacia ese objeto. No es posible ordenar los detalles de nuestra vida si no hemos fijado su conjunto. ( LXXII)

Hay gentes que tienen a su lado el soberano bien sin sospecharlo, como suele suceder que andamos buscando al que tenemos cerca. No hay necesidad de muchas frases ni de largos circunloquios para hacerte sentir lo que es el bien soberano; basta señalarlo con el dedo y sin buscarlo mucho: ¿ para qué tantos giros, tantas divisiones y subdivisiones, cuando basta decir que "el soberano bien es la virtud"? Podemos decir más: "que la virtud es el único bien; los otros bienes son falsos y corrompidos". Si te penetras de este principio y te apasionas por la virtud (pues amarla es poca cosa), todos los hechos en que ella tenga parte, sea cual fuere la opinión de los demás, te parecerán felices y favorables; hasta la tortura, si conservas en el potro más tranquilidad que tu verdugo; hasta la enfermedad, si dominas el mal y no maldices la suerte. ( LXXI)

Es virtud la que triunfa de la fortuna adversa, como también lo es la que hace buen uso de la favorable. Ahora bien, la virtud no puede ser más grande ni más chica: siempre es del mismo tamaño. ( LXXI)

¿ Hay algo en el mundo que esté al abrigo de cambios? La tierra, el cielo, toda la inmensa maquinaria del universo, no están exentos de cambios, aún siendo la obra de Dios mismo. No, el mundo no conservará siempre su orden actual; día vendrá que lo desvíe de su curso. Todos los seres tienen periodos marcados: deben nacer, crecer y perecer. Esos astros que veis moverse por encima de nosotros, esta tierra en que estamos confusamente esparcidos y nos parece tan sólida, todo ello está minado sordamente y ha de tener un fin. No hay nada que no tenga su vejez, su decrepitud, su término; aunque en épocas diferentes, el mismo fin le espera a todo lo que existe. Todo lo que es acabará por no ser, pero el mundo no perecerá por eso: se disolverá. La disolución, para nosotros, es la destrucción. En efecto, nosotros no consideramos sino lo que está muy cerca de nosotros: nuestra alma, bastardeada, y que no sabe desprenderse del cuerpo, no ve más allá; pero soportaríamos con mucha más firmeza la idea de nuestro fin y la de nuestros prójimos, si estuviéramos persuadidos de que la naturaleza no es más que una sucesión de nacimiento y muerte; de que los cuerpos compuestos se disuelven; de que los cuerpos disueltos se reconstituyen, y de que es en este círculo infinito donde se ejerce el poder del Dios moderador del universo.( LXXI)

La virtud tiene siempre la misma medida justa: nada le falta.( LXXI)

¿ Cómo las alegrías de un banquete y los tormentos del suplicio pueden ser la misma cosa? ¿ Eso te sorprende? Pues he aquí una cosa que ha de sorprenderte más: las alegrías del festín son un mal, los tormentos del potro son un bien, si en las primeras nos conducimos vergonzosamente y en los últimos con dignidad. Las cosas no son buenas o malas por sí mismas, sino por la virtud; la virtud, que dondequiera que va les da a todas las cosas el mismo valor, igual medida.( LXXI)

Se necesita un alma grande para apreciar las grandes cosas, pues las almas vulgares les atribuyen sus propios yerros.( LXXI)

Yo no hago del sabio un hombre aparte, diferente de los otros; no lo considero libre de dolor, como una roca insensible. No pierdo de vista que está compuesto de dos sustancias; una irrazonable que siente las mordeduras, las quemaduras, el dolor; otra razonable que nada puede quebrantar en sus opiniones, apurar ni vencer. En esta última es en la que reside el soberano bien: tan incierta y vacilante como es el alma incompleta, es inmóvil y fija cuando se goza de ella en toda su plenitud.( LXXI)

Los enemigos que nos falta vencer son muchos más de los ya vencidos: pero la voluntad de caminar equivale a haber hecho una parte del camino.( LXXI)
Hagamos de modo que sea nuestro todo nuestro tiempo; y bien, no lo será hasta que nosotros mismos lo seamos. ¡ Cuándo llegaremos a despreciar la fortuna, buan o mala! ¡ Cuándo podremos exclamar, después de haber subyugado todas nuestras pasiones: ¡He vencido! ¿ Me preguntas a quién? No a los persas, ni a otras naciones belicosas aún más lejanas: a la avaricia, a la ambición, al miedo a la muerte, por todo lo cual fueron vencidos los vencedores de las naciones.( LXXI)

Para filosofar no hay que esperar la ocasión de estar inocupado; hay que dejar todas las ocupaciones para consagrarnos a la gran ocupación que agotaría todo nuestro tiempo y mucho más, aunque nuestra vida se extendiera hasta los más remotos confines de la experiencia humana. Olvidarse enteramente de la filosofía u ocuparse de ella a ratos viene a ser la misma cosa. En efecto, no la encontramos nunca donde la dejamos: como un resorte del que se tira, y que se encoge tan luego como lo soltamos, ella vuelve también al punto de partida.(LXXII)

Los que dan la preferencia a otros bienes, caen en poder de la mudable fortuna y dejan de pertenencerse, mientras que el hombre que encierra todos los bienes de todas clases en lo honrado, tiene la felicidad dentro de sí.(LXXIV)

Todo el que se abandone a los caprichos de la suerte, se prepara innumerables motivos de desasosiego; no hay más que un solo medio de llegar a la seguridad: despreciar las cosas externas y aparatosas, ateniéndose a lo honrado.(LXXIV)

Quien tenga el propósito de ser feliz, no debe pensar más que en un solo bien. lo honesto.(LXXIV)

¿Me preguntas por qué la virtud no tiene necesidad de nada? Porque no desea lo que no tiene; con lo que tiene se contenta, y como no hay nada para ella que no tenga un valor, todo le basta.(LXXIV)

Los verdaderos bienes son los que la razón procura: son más sólidos y duradros; no pueden ni perecer, ni decrecer, ni amenguarse. Los otros no son más que bienes de convención: no tienen de común con los bienes más que el nombre; su esencia es muy distinta. Llámeseles, pues, ventajas; o en el lenguaje de nuestra escuela preliminares; pero sepamos que son sirvientes nuestros, y no partes de nuestra naturaleza; que son nuestros, pero que están por fuera de nosotros. Por mucha entrada que les demos, no los consideremos jamás sino como posesiones viles y subalternas, que no valen para poenr en ellos ninguna vanidad.(LXXIV)

Quien pone su confianza en bienes esencialmente fugitivos, es muy pronto abandonado por ellos; y si no es abandonado, encontrará en ellos un tormento.(LXXIV)

Que el hombre tenga por bueno todo lo que Dios ha encontrado bueno; que no se enorgullezca de sí mismo ni de sus acciones, sino en tanto que sea invencible, que tenga los males bajo sus pies y que, por la fuerza de la razón, la más poderosa de todas las armas, se ponga fuera de todos los caprichos del azar y por encima del dolor y los ultrajes. Amad la razón, pues el amor a ella os defenderá de todos los asaltos, de todos los enemigos.(LXXIV)

La virtud, en efecto, nunca deja un vacío en el alma; la llena toda; ella sola disipa todos los pesares, porque es el principio y el origen de todos los bienes.(LXXIV)

El soberano bien no aumenta ni disminuye; la felicidad no crece ni mengua; subsiste siempre en la misma proporción, haga lo que quiera la fortuna: si el sabio alcanza una vejez prolongada, o acaba sin llegar a la vejez, la medida de su buenaventura es la misma para él, sea cual fuere la diferencia de edad. Cuando describes un círculo, grande o pequeño, el espacio varía, pero no la forma: igualmente lo que es recto y justo no se mide por el tamaño, por la cantidad ni la duración. Las dimensiones varían sin que cambie la esencia de las cosas.(LXXIV)

¿Quieres convencerte de la necesidad de no apurarse con anticipación? Imagínate a un hombre a quienb se le anuncia que será sometido a cruel suplicio al cabo de cincuenta años, ¿ ha de apurarse por eso? Pues cincuenta años le durará el suplicio, en el caso de que se apesadumbre anticipadamente o se ponga a pensar en lo que ha de suceder al cabo de medio siglo. Espíritus hay que se complacen en hablar de padecimientos que ya han desaparecido, recordando enfermedades antiguas que están curadas y no dejaron huella. Los males futuros como los pasados son males ausentes y no podemos sentirlos. ¿A qué pnesar en ellos? No debe, pues, haber por ellos dolor, puesto que no hay sentimiento. (LXXIV)

¡Qué! ¿No sigues las huellas de los antiguos? Sí, pero con reservas, con la condición de poder añadir alguna cosa, cambiar algo y abandonar aquello que me parezca. Soy su discípulo, no su esclavo.(LXXX)

El cuerpo necesita mucho alimento, mucha bebida, mucho aceite; un cuidado, en fin, de todos los instantes. Pero la virtud se adquiere sin aparato y sin desembolso; todo lo necesario para ser un hombre de bien, lo posées. ¿Qué es lo que se necesita? ¡Querer! (LXXX)

Franquéate, pues, emancípate ante todo del miedo a la muerte, que es la primera de las servidumbres; y luego del temor a la pobreza. (LXXX)

Compara los semblantes de los pobres con los de los ricos. El pobre ríe más a menudo y más francamente; si tiene algún cuidado, pasa como una nube. Pero aquellos que son considerados los seres más felices, tienen por risa una mueca; su alegría es simulada, porque la tristeza los devora; y es su mal tanto más grave, porque no deben manifestar su pena; han de mostrarse contentos entre las preocupaciones que arrugan sus frentes y las pesadumbres que oprimen sus corazones. Su felicidad es un disfraz; arrancadles la careta y os inspirarán desprecio o lástima. (LXXX)

Para apreciarte tu mismo, deja aparte el dinero, las casas, los honores, y mírate por dentro. Al presente mides tu valer por el criterio de los demás. (LXXX)

En efecto, el hombre debería portarse siempre como si hubiera testigos de lo que hace, pensar siempre como si alguien pudiese leer en el fondo de su pensamiento. Y a fe que puede hacerlo. (LXXXIII)

Lo que nos endurece en el mal es no volver la vista a lo pasado, no hacer nunca examen de conciencia.Algunas veces, no muchas, se piensa en lo que se hará; en lo que se ha hecho se piensa menos aún. Sin embargo, en el pasado se debe aconsejar el porvenir.(LXXXIII)

Para mí; la lectura es la primera de las necesidades; en primer lugar, porque me preservan de creerme el único pensador; y luego porque me ponen al corriente de los descubrimientos hechos y de los que faltan. (LXXXIV)

La lectura, por otra parte, alimenta el espíritu y le permite descansar del verdadero estudio. No es bueno limitarse a escribir, como no es bueno contentarse con leer; lo primero cansa y agota las fuerzas: lo segundo las disuelve y diluye. Es preciso que ambos ejercicios alternen combinados, sirviendo de correctivo el uno al otro. Lo que de la lectura se ha recogido, se utiliza en la composición. (LXXXIV)

La ambición no tiene límites; lo mismo teme a los que están delante que a los que vienen detrás y es una doble envidia lo que la atormenta. ¡ Qué desdicha la de ser envidiado, y que miseria la de sentirse envidioso! (LXXXIV)

¡Ah!, dirige a otra parte el pensamiento, encamínate a la sabiduría, busca más bien los goces tranquilos e inagotables. Todo lo que parece elevarse poco o mucho entre las humanas cosas, no tiene más que una grandeza aparente y relativa; y, sin embargo, el llegar a ellas es difícil y penoso. No se sube a los honores sino por senda escarpada. Pero si te trasladas a esta sublime región desde la cual se domina la fortuna, verás bajo vuestros pies lo que se cree más alto. Y es llano el camino que te llevará a la cumbre. (LXXXIV)

No solamente condescendemos con facilidad a los vicios, sino que nos precipitamos a ellos, y lo que hace incorregibles a la mayoría de los hombres es que las faltas contra cualquier otro arte avergüenzan al artífice y perjudican a quien las comete, mientras que los pecados contra la rectitud de la vida proporcionan deleite. (XCVII)

Nunca creas feliz a nadie que esté pendiente de la felicidad. (XCVIII)

Desastroso es el ánimo ansioso de lo porvenir, y desdichado antes de la desdicha el que está inquieto por que le acompañen hasta el fin de su vida las cosas que le deleitan. En ningún tiempo tendrá sosiego, y en la expectación del futuro perderá el presente y lo que en él pudiera disfrutar. (XCVIII)

Puede arrebatársenos el tener, pero nunca el haber tenido. (XCVIII)

Cada día, cada hora, nos revela la nada que somos, y nos advierte con un nuevo argumento nuestra olvidada fragilidad: entonces nos obliga a meditar en lo eterno y a volver la mirada hacia la muerte. (CI)

Nuestro término está firme allí donde lo fijó el hado inexorable, pero ninguno de nosotros sabe a qué distancia se encuentra. Dispongamos, pues, de nuestro ánimo como si ya hubiésemos llegado a nuestro fin. No aplacemos nada: saldemos cada día nuestras cuentas con la vida. El mayor defecto de la vida está en que siempre es incompleta, porque siempre dejamos algo aplazado. A quien sabe dar cada día a su vida la última mano, no le falta tiempo. (CI)

Lo que importa es lo buena que sea tu vida, no cuán larga sea. Y, muchas veces, que sea buena es que no sea larga. (CI)

La tempestad amenaza antes de estallar, los edificios crujen antes de derrumbarse, el humo anuncia con tiempo el incendio; el daño que procede del hombre llega de improviso, y se encubre con tanto más cuidado cuanto más se aproxima. (CIII)

Dicen que Sócrates contestó a alguien que se quejaba de no haber sacado provecho de sus viajes: "No es raro que te haya ocurrido eso, pues viajabas contigo mismo". ¡Qué bien iría a muchos alejarse de sí mismos! (CIV)

Si eres sabio, atemperarás una cosa con otra: ni esperarás sin desconfianza ni desconfiarás sin esperanza. (CIV)

Mientras ignores de qué has de huir, qué has de buscar, qué es necesario y que está de sobra, qué es justo y qué injusto, lo que hagas no será viajar, sino andar errante. (CIV)

No hay viaje alguno, créeme, que te coloque fuera de la codicia, de la ira, del miedo: si lo hubiera, el género humano lo haría en columna cerrada. Esos males te acosarán y te enervarán, vayas donde vayas, mientras lleves contigo sus causas. ¿Te maravillas de que la fuga no te aproveche? Es que aquello de lo que huyes lo llevas contigo al huir. (CIV)

La naturaleza nos ha creado magnánimos, y, como a algunos animales les dio la fiereza, a otros la astucia, a otros el miedo, a nosotros nos dio un espíritu glorioso y elevado que aspira a la vida más honrada, no a la más segura, semejante a los cielos, a los que sigue y emula en la medida en que pueden lograrlo las fuerzas de los mortales; un espíritu que se ensancha, porque confía en que, si es contemplado, merecerá alabanza. Es señor de todas las cosas, está por encima de todas las cosas. A nada, pues, se someta, nada le parezca grave ni capaz de doblegar a un hombre. (CIV)

Quien desprecia a alguien le pisa, sin duda, pero pasa adelante. Nadie hiere con pertinacia e insistencia al hombre despreciado.Hasta en el combate, se pasa al lado del que ha caído, y se lucha con el que sigue en pie. (CV)

Pasa la pena todo el que la espera, y la espera todo el que la ha merecido. (CV)
El culpable ha tenido alguna vez la suerte de no ser descubierto, nunca la de estar confiado. (CV)

El que acude al filósofo ha de llevarse consigo algo bueno cada día, ha de volver a su casa o más sano o más curable. Y así volverá: ésta es la virtud de la filosofía, que ayuda no sólo a quienes se consagran a ella, sino hasta a quienes con ella tienen trato. (CVIII)

Las mejores cosas escapan volando, y las peores las suceden. (CVIII)

Vivamos, pues, con todo el ánimo, y, puesto aparte lo que nos distrae, esforcémonos en una sola cosa: que no tengamos que comprender la rapidez del tiempo infatigable cuando ya nos haya abandonado. Que cada primer día agrade como si fuese el mejor y que se haga nuestro. Hay que tomar posesión de lo que se nos escapa. (CVIII)

Pero para que no me ocurra a mí mismo, mientras ando buscando otra cosa, convertirme en gramático o filólogo, te advierto que al oír o leer a un filósofo hay que tratar de encontrar la ciencia de la vida feliz, de modo que se capten no ya palabras arcaicas o retorcidas, y metáforas difíciles y figuras de dicción, sino preceptos provechosos y sentencias magnánimas y esforzadas que lleven a una pronta acción. (CVIII)

¿Qué ayuda puede ofrecerme el piloto de un navío aturdido y vomitando? Y ¿ no crees que la vida es arrojada de un lado para otro por una tempestad más dura que la que pueda zarandear a nave alguna? No se trata de hablar, sino de manejar el timón. (CVIII)

El verdadero filósofo, con su tamaña se contenta; ¿ cómo iba a no estar contento de haber crecido hasta donde no alcanza la mano de la fortuna? Está, pues, por encima de las cosas humanas, y en cualquier situación es igual a sí mismo, tanto si la vida sigue un curso favorable como si se bambolea entre adversidades y dificultades. (CXI)

Así pues, donde quiera que veas que la corrupción del lenguaje produce agrado, ten la seguridad de que allí también las costumbres se han apartado de la rectitud. (CXIV)

Nuestro rey es el ánimo; cuando está firme, todo lo demás es fiel a su deber, obediente, dócil. En cuanto aquél vacila un poco, todo se tambalea; y, si se entrega al placer, también sus actitudes y sus actos languidecen, y todo esfuerzo se hace flojo y pusilánime. (CXIV)

Pues, ¿qué Lucilio, no es acaso una locura que ninguno de nosotros piense que es mortal y débil, es más, que ninguno de nosotros piense que no es más que uno? (CXIV)

Estaremos sanos y moderaremos nuestros deseos si cada uno se cuenta como uno solo, y mediremos bien nuestro cuerpo si cada uno sabe que no puede abarcar mucho ni por mucho tiempo. Y nada te será tan útil para conservar la templanza como la consideración frecuente de la brevedad y la incertidumbre de la vida: hagas lo que hagas, recuerda que eres mortal. (CXIV)

Según el precio, somos benignos o crueles, y procuramos lo que es honrado mientras podemos esperar algo de ello, pero siempre dispuestos a pasar al partido contrario si el crimen nos promete más. (CXV)

El dinero se persigue con tormento, y se posee con un tormento aún mayor. (CXV)

La filosofía te ofrecerá, pues, lo que ciertamente reputo como el mayor bien: nunca te arrepentirás de ti mismo. (CXV)

No hay vicio alguno para el que no haya alguna defensa; todos tienen un comienzo pudoroso y excusable, pero luego se expansionan mucho más: no conseguirás que cese, si le permites comenzar. Toda pasión es débil al principio; después se excita a sí misma y reúne fuerzas a medida que avanza; es más fácil cerrarle el paso que expulsarla. (CXVI)

¿Sabes por qué no tenemos fuerza suficiente? Porque creemos que no la tenemos. (CXVI)
Pues ninguna diferencia hay, Lucilio, entre no desear y tener. (CXIX)

Nunca es poco lo que es suficiente, y nunca es mucho lo que no basta. (CXIX)

No te interese cómo ha de ser la mesa, cómo la plata, cuán parejos y rápidos los esclavos para servir la comida: lo único que la naturaleza echa de menos es el alimento. (CXIX)

Nada es bueno sino lo que es honesto, y lo que es honesto es siempre bueno. (CXX)

Luego hemos dividido ésta [la virtud perfecta] en partes: había que refrenar las ambiciones, reprimir los temores, proveer a los quehaceres, distribuír lo que ha de darse: así concebimos la templanza, la fortaleza, la prudencia, la justicia, y dimos a cada una su cometido. ¿De dónde hemos sacado, pues, el conocimiento de la virtud? Nos la manifestó su propio orden, belleza y constancia, la concordia entre todas sus acciones y su grandeza, que se eleva sobre todas las cosas. (CXX)

Nada es suficiente para unos seres que han de morir, mejor dicho, que ya están muriendo, pues cada día estamos más cerca del último, y a aquel en el que hemos de caer todas las horas nos empujan. Mira en qué gran ceguera está nuestro entendimiento: lo que llamamos futuro está ocurriendo ya, y una gran parte del mismo ya está cumplida, tanta, sin duda, como días llevamos vividos. Erramos, pues, los que tememos el último día, ya que cada uno de ellos nos lleva igualmente hacia la muerte. Aquel último paso, en el que caemos, no produce nuestra caducidad, sólo la pone de manifiesto: es el día que llega hasta la muerte, pero todos llevan hacia ésta, la cual nos recibe, pero ya de antes nos tenía cogidos. (CXX)

Es así como más claramente se muestra el ánimo imprudente: se presenta de modos diversos y es desigual a sí mismo, cosa, a mi entender, más vergonzosa que otra cualquiera. Ten por ideal comportarte como un mismo hombre; pero, aparte del sabio, nadie lo logra; los demás tenemos muchas caras. (CXX)

Nadie puede tener todo lo que quiere, pero puede no querer lo que no tiene, y usar alegremente lo que se le ofrece. (CXXIII)

¡Cuánto mejor es seguir el camino recto y llegar al estado en que sean las cosas honestas las que te produzcan placer! Eso podremos conseguirlo si sabemos conseguirlo, si sabemos que hay dos clases de cosas, las que nos invitan y las que nos repelen.Nos invitan las riquezas, los placeres, la belleza, la ambición y las demás cosas blandas y sonrientes; nos repelen el trabajo, la muerte, el dolor, la ignominia, las estrecheces. Debemos, pues, ejercitarnos en no temer estas cosas ni desear aquéllas. Luchemos en dirección contraria, apartémonos de lo que nos invita y fortalezcámonos contra lo que nos es hostil. (CXXIII)

Todos los que ponen el placer cómo el valor más alto entienden que el bien es sensible; nosotros, en cambio, creemos que es inteligible, porque lo atribuimos al ánimo. (CXXIV)

Lo mismo que toda naturaleza presenta su bien cuando está cumplida, así el bien humano falta al hombre hasta que éste posee la razón perfecta. Y ¿ qué es este bien? Yo te diré: un ánimo libre, erguido, que todo lo sujeta a sí mismo mientras él mismo a nada se sujeta. (CXXIV)

¿Quieres dirigirte a tu propio bien, dejando las cosas en que necesariamente serás vencido, pues te esfuerzas en lo que es extraño?, y, ¿cuál es ese bien? Un ánimo verdaderamente puro y sin tacha, émulo de dios, que se alza sobre las cosas humanas y no sitúa nada fuera de sí mismo. Eres un animal racional. ¿ Cuál es, pues, tu bien? La razón perfecta. ¿La elevas hacia su cumplimiento, hasta dónde más pueda crecer? El momento en el que has de considerarte feliz es aquel en que todo tu gozo te nazca de ella, cuando, pasando revista a las cosas que los hombres arrebatan, anhelan, guardan celosamente, nada encuentres no digo ya que prefieras, sino ni aun que quieras. Te daré una fórmula breve con la que puedas medir la talla que hayas llegado a dar, con la que adviertas si ya eres perfecto: tendrás tu bien cuando comprendas que aquellos a quienes la fortuna les es favorable son los más infelices de todos. (CXXIV)

Séneca, Cartas a Lucilio.