El tema de España y la filosofía (pg.1)

Ortega y Gasset


José Francisco Alonso Suárez (31 de mayo de 2000)

Aproximación a Ortega


En las siguientes líneas introduciré el pensamiento de José Ortega y Gasset (1883-1955)considerando algunos de los múltiples aspectos que existen dentro su obra (1). La obra de Ortega es de una gran riqueza intelectual dentro del contexto filosófico español de la primera mitad del siglo XX. Ortega fue un pensador polifacético que reflexionó sobre todo aquello que estuvo inmerso en los diferentes ámbitos de la cultura de su tiempo, todo o casi todo le sirvió de trampolín para iniciar su meditación, una meditación que conjugó con su evidente maestría literaria, la cual proyectó en forma de ensayos, de hecho el conjunto de sus obras son en el fondo una colección de ensayos. Sus ensayos constituyen un ejercicio de reflexión y profundización de cuestiones formuladas en los terrenos de la filosofía, la política, la estética, etc., con el objetivo de atraer y seducir al lector hacia los problemas intelectuales de su tiempo, un objetivo que Ortega asumía en base a su condición de profesor de filosofía «in partibus infidelium» (2), así sucede que el carácter abierto y accesible de su obra, no se puede interpretar al margen del espacio público de la cultura, quizás, por esta razón, algunos autores consideran que sea «muy arriesgado y discutible denominarlo filósofo, pues ni siquiera su raciovitalismo lo terminó de construir como un sistema filosófico nuevo y que aportara materiales innovadores para el edificio de la filosofía. Prefirió sacrificar su bien arquitrabado pensamiento a la exposición de unas ideas que fueran revulsivo y cimiento en la España que le tocó vivir antes que realizar un nuevo sistema filosófico» (3).

Ortega reflexionó ante la presencia de cualquier cosa, fuese esa cosa un autor, una obra o cualquier otro objeto de su interés, esta presencia intelectual obliga a considerar que existen dentro de sus obras puntos de partida, orígenes efectivos desde los cuales surgen sus escritos. Este presupuesto intelectual forma parte de aquellos otros que Ortega, en distintos momentos de sus obras, formula abiertamente como sus intereses y objetivos. De este modo, Ortega no piensa en el vacío, no va a las ideas simplemente, no precisa sus argumentos, no confiere valor a sus propósitos intelectuales sin tener algo detrás de él, ya sea ese algo una obra, una idea o cualquier otra cosa. Por otro lado, las obras de Ortega tienen ese carácter pedagógico que surge de raiz desde lo más profundo de su análisis de la cultura española y su reflexión sobre el tema de España (4).

Es importante observar cómo la obra de Ortega fluye desde las mismas entrañas de la circunstancia cultural española para luego encaminarse hacia el pensamiento filosófico europeo, en un principio hacia el neokantismo de la escuela de Marburgo y, posteriormente, a la escuela fenomenológica. Desde esta atalaya Ortega desvaneció «el tópico de la «nebulosidad germánica» enseñando a los españoles que Husserl es un filósofo infinitamente más preciso y riguroso que Bergson y que la única manera de hacer seriamente filosofía en España es tomar como punto de partida el nivel alcanzado ya por la filosofía alemana» (5).

El tema de España es una de las principales claves interpretativas de la obra de Ortega, una clave que ha sido tomada en consideración por Pedro Cerezo Galán, Julián Marías y Ciriaco Morón Arroyo, entre otros autores. Cerezo inicia su obra La voluntad de aventura (6) en los siguientes términos, Ortega viajó a Alemania en busca de la solución a la necesidad de «repoblación cultural» de España, en cierto sentido, como respuesta a las cuestiones planteadas por su circunstancia española (7). Con esto Cerezo afirma que Ortega encontró dentro del análisis del problema de España el principal motor de sus motivaciones intelectuales.

Para Ortega España era el problema en el que se debatían los intelectuales de la época, un problema que nacía del apercibimiento de la circunstancia cultural nacional, y cuya solución se encontraba fuera de las fronteras españolas. Ahora bien, afirmar que Ortega tomó como origen efectivo de sus primeros pasos intelectuales el tema de España, como sugiere Cerezo y otros autores, como por ejemplo José Luís Abellán (8), supone a su vez tener en cuenta que dicho tema refleja sus intereses, objetivos e inquietudes intelectuales. Explícitamente así lo formula Arroyo en su obra El sistema de Ortega y Gasset. Arroyo estima que existen diversas épocas dentro de la obra de Ortega en función de la idea de España, una primera época donde España está fuera de Europa por no haber participado creadoramente en la ciencia europea, una segunda donde establece que la cultura española es digna de consideración pero inferior a la alemana, una tercera donde postula que la debilidad nacional no es producto de la falta de ciencia sino de la falta de vida creadora y, una última época, donde considera a España como un problema resultado de su historia e instituciones abandonando así sus generalizaciones racionalistas o biologistas (9). Mas cabe introducir otro elemento en esta reflexión, frente a los complementarios puntos de vistas de Cerezo y Arroyo se plantea una tercera posición, ésta incide en que el problema de España es el elemento que condicionó intelectualmente el conjunto de la obra de Ortega. Este planteamiento que, no es nuevo dentro de la historia del pensamiento español, está en consonancia con ciertas tendencias de análisis histórico y se encuentra descrito, entre otros muchos lugares, en los argumentos expuestos por Antonio Elorza en su conferencia «Urgoiti-Ortega. Proyectos de renovación» (10).

Elorza considera que el regeneracionismo, una corriente de pensamiento autóctona, mediocre en su forma, que estuvo a la base de la cultura del cambio de siglo, fue un elemento de gran importancia dentro de la obra de Ortega. Lo fue porque Ortega «por una parte sistematiza el conjunto del planteamiento del regeneracionismo y por otra lo trasciende. Lo trasciende, sobre todo, en el sentido de que es muy consciente de las limitaciones de las soluciones monistas que arrancan de los distintos planteamientos regeneracionista. Por eso no es sorprendente que en sus proyectos de europeización, muchas veces elogie a Joaquín Costa y, sin embargo, luego se burle de los hidráulicos; admira a Giner de los Ríos y, sin embargo, marca las distancias con el krausismo. En definitiva, su planteamiento se caracteriza por una toma de conciencia de que el problema de España, como se le llama ya en ese momento, terminología que él acepta con todo lo que tiene de carga irracionalista, no implica sólo una alternativa cultural o una serie de remedios transitorios, sino que implica una labor de análisis y una labor de descubrimiento y de movilización de las fuerzas sociales que pueden promover la transformación» (11).

Elorza considera la obra de Ortega por una parte adscrita al ambiente intelectual de su época, un ambiente marcado por una situación cultural polarizada entre las corrientes regeneracionistas y de la Restauración, y, por otra parte, desdoblada intelectualmente en función de los tipos de discursos desarrollados por Ortega en los distintos ámbitos de la cultura española; de este modo Elorza ubica a Ortega, a un lado, instalado en la prensa y la política, más allá de la mera angustia patriótica, y, a otro lado, situado en la indigente universidad española. Ahora bien, la interpretación que Elorza efectúa sobre la figura de Ortega, en cierto modo, cuestiona la unidad intelectual de su obra.

Es evidente que Ortega generó dentro de la cultura de su tiempo escritos de contenidos bien distintos, ciertamente este argumento no está falto de lógica, mas tiene que ser puntualizado en el siguiente aspecto, Elorza al interpretar de forma disociada las actuaciones de Ortega no toma en consideración la importancia de sus objetivos intelectuales, los que, por otro lado, el propio Ortega, ante la menor de las ocasiones, siempre procuró hacer públicos en sus conferencias y escritos. De este modo, si bien Ortega dirigió su reflexión intelectual hacia cuestiones bien distintas, en cambio éstas atendían a los mismos propósitos, unos propósitos que estimo confieren unidad a su obra.

Ciertamente, Ortega actuó diferenciadamente dentro de los distintos ámbitos de la cultura española, ahora bien, su obra puede ser aglutinada alrededor de la principal de sus motivaciones intelectuales, su análisis del problema de España y su preocupación por la reforma del pensamiento y la cultura española, sin duda alguna tal planteamiento está a la base del carácter docente e incitador cultural de buena parte de sus escritos. Esta simple formulación ubica un elemento capital del entramado de sus obras, un elemento que en Ortega lo significó todo. En esta dirección un buen número de estudiosos de las obras de Ortega han derivado sus investigaciones. El siguiente punto de partida, a saber, el análisis de las apremiantes necesidades de la cultura española, muchas investigaciones estudian los orígenes vitales de donde fluyeron las motivaciones intelectuales de la obra de Ortega. Estas investigaciones sostienen el hecho siguiente, Ortega, al tomar sus circunstancias vitales como nudos centrales de su reflexión intelectual, llegó a la conclusión de que el estilo de pensamiento instalado en los distintos ámbitos de la cultura española necesitaba ser reformulado en otros términos y esos otros términos eran aquellos con los que los investigadores europeos construían, por aquel entonces, la filosofía y la ciencia del primer tercio del siglo XX. En este sentido cabría preguntar cómo el conjunto de su obra es el resultado de tal planteamiento y si Ortega alcanzó con éxito las metas que se propuso como objetivos de su proyecto intelectual.

Elorza analiza en su conferencia estas dos cuestiones concluyendo que buena parte del proyecto intelectual de Ortega fracasó o al menos fracasó en aquella parte que desarrolló dentro del ámbito público de la cultura, concretamente en el espacio de la política. Esta conclusión, que resulta cuando menos sugerente, es el resultado de efectuar una confrontación intelectual entre los planteamientos europeizadores de Ortega con el doméstico reformismo de la corriente de pensamiento regeneracionista.

Elorza conjuga y compara ambos proyectos intelectuales que, aunque análogos, son de niveles intelectuales diferentes, lo cual no le impide plantear que el origen intelectual de los proyectos de Ortega se encuentra en comunidad intelectual con los análisis regeneracionistas que distintos autores españoles, como Vital Fité, Joaquín Costa y muchos otros más, hicieron sobre las carencias culturales, políticas, sociales y económicas de la España decimonónica. Ahora bien, la formulación de la unión del talante intelectual de Ortega con las actitudes regeneracionistas de la época es un planteamiento que Elorza efectúa sin considerar el carácter unitario de los escritos de Ortega. La obra de Ortega se ubica dentro de un planteamiento intelectual unitario, ramificado en proyectos diversos, pero entroncados a la raiz de la reforma del pensamiento, este presupuesto se inscribe dentro de aquellas posiciones de la historia de la filosofía española que defienden que Ortega edificó a principios de siglo el pensamiento de mayor profundidad y vigor teóricos de los planteados hasta entonces por el reformismo intelectual español. Ortega situó el conjunto de su obra a un nivel intelectual distinto al habido hasta entonces, ya fuera sobre temas consagrados o no por la filosofía, su meditación apuntó cualitativamente hacia un nivel filosófico, cuando menos, diferente hasta el entonces habido en la España de principios del siglo XX. Es cierto que dicho nivel estuvo marcado por las influencias filosóficas europeas, mas Ortega se sitúo con tales influencias más allá de ellas, o, quizás sea mejor decir, más acá con ellas, más cerca de las circunstancias culturales españolas. De este modo, Ortega suplió la apremiante necesidad de la reforma intelectual de la cultura española, inscrita dentro de las domésticas actitudes regeneracionistas, con su solución europeista de a los problemas nacionales. Su reformismo trató de este modo de unir lo intelectualmente positivo de Europa, aquello a lo que que dió en llamar el «pathos» del hombre del norte, con lo positivo de la cultura española, el «pathos» del hombre del sur, así, su meditación filosófica unió al rigor metódico de las profundidades germánicas aquella patente y clara superficialidad hispánica. De esta forma, Ortega se torna diferente a los ojos de la historia contemporánea del pensamiento español porque efectúa con suma maestría ese extraño doble juego, a la par literario y filosófico, del binomio profundidad/superficie, es más, me permito decir que es del gusto de Ortega que tal binomio se formule paradójicamente (12).

La filosofía (13)
El análisis que Ortega formula en torno a la filosofía atiende en primera instancia a la pregunta por las causas de sus cambios históricos, en palabras de Ortega, tal pregunta «equivale a plantearse la cuestión de por qué cambian los tiempos, por qué no sentimos ni pensamos hoy como hace cien años, por qué la humanidad no vive estacionada en un idéntico, invariado repertorio, sino que, por el contrario, anda siempre inquieta, infiel a sí misma, huyendo hoy de su ayer, modificando a toda hora lo mismo el formato de su sombrero que el régimen de su corazón. En suma: por qué hay historia» (14).

Hasta entonces no eran numerososos aquellos que se habían formulado la cuestión de las causas radicales de los cambios históricos dentro de la filosofía. Ortega al constatar el ondulante movimiento de su historicidad consideró la gran importancia que dicha cuestión comportaba llegando a formularla como la «gran tarea filosófica de la actual generación» (15), de este modo, esta pregunta se convierte en uno de los temas centrales de su pensamiento que ansía «por razones muy concretas, que en nuestra edad la curiosidad por lo eterno e invariable que es la filosofía, y la curiosidad por lo voluble y cambiante que es la historia, por vez primera, se articulen y abracen» (16).

Observa Ortega que la filosofía, como cualquier otro producto del pensamiento humano, está históricamente condicionada, la historia nos muestra que los objetos y los métodos de la filosofía cambian con el discurrir de las épocas, sin embargo, la función y el cultivo de la filosofía persiste ante dichos cambios, ello se debe a que la filosofía funda su aspiración en la necesidad de la conciencia humana por afrontar la pregunta por todo cuanto hay en el Universo. En función de este proceder, la filosofía es conocimiento y el tema para el cual surgió la filosofía es el Universo. Ahora bien, Ortega reconoce que este tipo de conocimiento resulta ciertamente problemático dado que del Universo el filósofo tan sólo tiene ante sí lo que no es todo, Ortega al formular en su análisis el carácter problemático de la propia existencia teórica de la filosofía también proyecta este carácter problemático a la actitud mental del tipo de hombre que formula el conocimiento filosófico el cual, bien por su insolubilidad, o porque la capacidad del conocer humano sea limitada o porque el Universo sea irracional, necesita de una justificación, una justificación que deberá de provenir de lo que el hombre dice que hace cuando hace filosofía, así la «filosofía es algo que el hombre hace y todo hacer humano es hecho por algo y para algo, sin que sea posible vacío de motivación» (17).


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