NIETZSCHE: FRAGMENTOS DEL CREPÚSCULO DE LOS ÍDOLOS
El crepúsculo de los ídolos. Alianza Editorial, Madrid, pp. 45-59.



La «razón» en la filosofía.

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¿Me pregunta usted qué cosas son "idiosincrasia" en los filósofos?... Por ejemplo, su falta de sentido histó¬rico, su odio a la noción misma de devenir, su egipti¬cismo. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], - cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja, esos se¬ñores idólatras de los conceptos, cuando adoran, - se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando ado¬ran. La muerte, el cambio, la vejez, así como la pro¬creación y el crecimiento son para ellos objeciones, - in¬cluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es... Ahora bien, todos ellos creen, incluso con deses¬peración, en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. «Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el enga¬ñador? - «Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensi¬bilidad! Estos sentidos, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del mundo verda¬dero. Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia [Historie], de la mentira, - la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la men¬tira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es «pueblo». ¡Ser filósofo, ser momia, representar el mo¬nótono-teísmo con una mímica de sepulturero! - Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe (idea fija) de los sentidos! , ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real! ... »

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Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto del pueblo de los filó¬sofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas como si tu¬viesen duración y unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni del modo como creen los eleatas ni del modo como creía él, - -no mienten de ninguna manera. Lo que nosotros hacemos de su testi¬monio, eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la duración... La «razón» es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten... Pero Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo «apa¬rente» es el único: el «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso...

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¡Y qué sutiles instrumentos de observación tene¬mos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado todavía con venera¬ción y gratitud, es hasta este momento incluso el más deli¬cado de los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias mínimas de mo¬vimiento que ni siquiera el espectroscopio registra. Hoy nosotros poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos, - en que hemos aprendido a seguir aguzándolos, armándolos, pensándolos hasta el final. El resto es un aborto y todavía-no-ciencia: quiero decir, metafísica, teología, psicología, teoría del conocimiento. O ciencia formal, teoría de los signos: como la lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la realidad no llega a aparecer, ni siquiera como problema; y tam¬poco como la cuestión de qué valor tiene en general ese convencionalismo de signos que es la lógica.

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La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos pe¬ligrosa: consiste en confundir lo último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final - ¡por desgracia! , ¡pues no debería siquiera ve¬nir! - los «concep¬tos supremos», es decir, los concep¬tos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora. Esto es, una vez más, sólo ex¬presión de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada... Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui (causa de sí mismo). El proceder de algo distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto - ninguno de ellos puede haber devenido, por consiguiente tiene que ser causa sui. Mas ninguna de esas cosas puede ser tampoco desigual una de otra, no puede estar en contradicción consigo misma... Con esto tienen los filósofos su estupendo con¬cepto «Dios»... Lo último, lo más tenue, lo más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum (ente realísimo)… ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! - Y lo ha pa¬gado caro! ...

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-Contrapongamos a esto, por fin, el modo tan dis¬tinto como nosotros - (digo nosotros por cortesía ..) vemos el problema del error y de la apariencia. En otro tiempo se tomaba la modificación, el cambio, el devenir en general como prueba de apariencia, como signo de que ahí tiene que haber algo que nos induce a error. Hoy, a la inversa, en la exacta medida en que el prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, iden¬tidad, duración, sustancia, causa, coseidad, ser, nos ve¬mos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error; aun cuando, basándonos en una verificación rigu¬rosa, dentro de nosotros estemos muy seguros de que es ahí donde está el error. Ocurre con esto lo mismo que con los movimientos de una gran constelación: en éstos el error tiene como abogado permanente a nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje. Por su génesis el lenguaje pertenece a la época de la forma más rudimentaria de psicología: penetramos en un fetichismo grosero cuando adquirimos consciencia de los presupuestos básicos de la metafísica del lenguaje, dicho con claridad: de la razón. Ese fetichismo ve en todas partes agentes y accio¬nes: cree que la voluntad es la causa en general; cree en el «yo», cree que el yo es un ser, que el yo es una sustancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia-yo- así es como crea el concepto «co¬sa»... El ser es añadido con el pensamiento, es introducido subrepticiamente en todas partes como causa; del con¬cepto «yo» es del que se sigue, como derivado, el con¬cepto «ser»... Al comienzo está ese grande y funesto error de que la voluntad es algo que produce efectos, - ¬de que la voluntad es una facultad... Hoy sabemos que no es más que una palabra ... Mucho más tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, llegó a la consciencia de los filósofos, para su sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la razón: ellos sacaron la conclusión de que esas categorías no podían proceder de la empiria, - la empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción con ellas. ¿De dónde proceden, pues? - Y tanto en India como en Grecia se cometió el mismo error: «nosotros tenemos que haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto ( - en lugar de en un mundo mucho más bajo: ¡lo cual habría sido la verdad! ), nosotros tenemos que haber sido divi¬nos, ¡pues poseemos la razón! »... De hecho, hasta ahora nada ha tenido una fuerza persuasiva más ingenua que el error acerca del ser, tal como fue formulado, por ejemplo, por los eleatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra, cada frase que nosotros pro¬nunciamos! -También los adversarios de los eleatas sucumbieron a la seducción de su concepto de ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su átomo... La «ra¬zón» en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora! Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática...

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Se me estará agradecido si condenso un conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis: así facilito la comprensión, así provoco la contradicción.

Primera tesis. Las razones por las que «este» mun¬do ha sido calificado de aparente fundamentan, antes bien, su realidad, - otra especie distinta de realidad es abso¬lutamente indemostrable.

Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asig¬nados al «ser verdadero» de las cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada, - a base de ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha cons¬truido el «mundo verdadero»: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una ilusión óptico-moral.

Tercera tesis. Inventar fábulas acerca de «otro» mun¬do distinto de éste no tiene sentido, presuponiendo que no domine en nosotros un instinto de calumnia, de em¬pequeñecimiento, de recelo frente a la vida: en este úl¬timo caso tomamos venganza de la vida con la fantas¬magoría de «otra» vida distinta de ésta, «mejor» que ésta.

Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo «verda¬dero» y en un mundo «aparente», ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última instan¬cia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence, -un síntoma de vida descendente... El hecho de que el artista estime más la apariencia que la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues «la apariencia» significa aquí la realidad una vez más, sólo que seleccionada, reforzada, corregida... El artista trágico no es un pesimista, - dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisíaco...


Cómo el «mundo verdadero» acabó convirtiéndose en una fábula.

Historia de un error

El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese mundo, es ese mundo.
(La forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincen¬te. Transcripción de la tesis «yo, Platón, soy la verdad».)

El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al piadoso, al virtuoso («al pecador que hace penitencia»).
(Progreso de la Idea: ésta se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, - se convierte en una mujer, se hace cristiana ... )

El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, im¬prometible, pero, ya en cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticis¬mo; la Idea, sublimizada, pálida, nórdica, königsberguense ).

El mundo verdadero - ¿inasequible? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto inalcanzado, también descono¬cido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor, obligante: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido?...
(Mañana gris. Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivis¬mo.)

El «mundo verdadero» -una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera obliga,-una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea refutada: ¡eliminémosla!
(Día claro; desayuno; retorno del bon sens [buen sentido] y de la jovialidad; rubor avergonzado de Platón; ruido endiablado de todos los espíri¬tus libres.)

Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mun¬do ha quedado?, ¿acaso el aparente?... ¡No!, ¡al eli¬minar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA [comienza Zaratustra].)


La moral como contranaturaleza.

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Todas las pasiones tienen una época en la que son meramente nefastas, en la que, con el peso de la estupidez, tiran de sus víctimas hacia abajo - y una época tardía mucho más posterior, en la que se desposan con el es¬píritu, en la que se «espiritualizan». En otro tiempo se hacía la guerra a la pasión misma, a causa de la estupi¬dez existente en ella: la gente se conjuraba para ani¬quilarla, - todos los viejos monstruos de la moral coinci¬den unánimemente en que il faut tuer les passions (es pre¬ciso matar las pasiones). La fórmula más famosa de esto se halla en el Nuevo Testamento, en aquel Sermón de la Montaña en el que, dicho sea de paso, las cosas no son consideradas en modo alguno desde lo alto. En él se dice, por ejemplo, aplicándolo prácticamente a la sexualidad, «si tu ojo te escandaliza, arráncalo» ": por fortuna nin¬gún cristiano actúa de acuerdo con ese precepto. Ani¬quilar las pasiones y apetitos meramente para prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables de ésta es algo que hoy se nos aparece mera¬mente como una forma aguda de estupi¬dez. Ya no admiramos a los dentistas que extraen los dientes para que no sigan dolien¬do... Con cierta equidad concedamos, por otra parte, que el concepto «espiritualización de la pasión» no podía ser concebido en modo alguno en el terreno del que brotó el cristianismo. La Iglesia primitiva luchó, en efecto, como es sabido, contra los «inteligentes» en favor de los «pobres de espíritu»: ¿cómo aguardar de ella una guerra inteligente contra la pasión? - La Iglesia comba¬te la pasión con la extirpación, en todos los sentidos de la palabra: su medicina, su «cura» es el castradismo. No pregunta jamás: «¿cómo espiritualizar, embellecer, divi¬nizar un apetito?»-en todo tiempo ella ha cargado el acento de la disciplina sobre el exterminio (de la sen¬sualidad, del orgullo, del ansia de dominio, del ansia de posesión, del ansia de venganza). - Pero atacar las pasio¬nes en su raíz significa atacar la vida en su raíz: la praxis de la Iglesia es hostil a la vida...

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Ese mismo medio, la castración, el exterminio, es ele¬gido instintivamente, en la lucha con un apetito, por quienes son demasiado débiles, por quienes están dema¬siado degenerados para poder imponerse moderación en el apetito: por aquellas naturalezas que, para hablar en metáfora (y sin metáfora - ), tienen necesidad de la Trappe (la Trapa), de alguna declaración definitiva de enemistad, de un abismo entre ellos y una pasión. Los me¬dios radicales les resultan indispensables tan sólo a los degenerados; la debilidad de la voluntad, o, dicho con más exactitud, la incapacidad de no reaccionar a un es¬tímulo es sencillamen¬te otra forma de degeneración. La enemistad radical, la enemistad mortal contra la sensua¬lidad no deja de ser un síntoma que induce a reflexionar: ella autoriza a hacer conjeturas sobre el estado general de quien comete tales excesos. -Esa hostilidad, ese odio llega a su cumbre, por lo demás, sólo cuando tales naturalezas no tienen ya firmeza bastante para la cura radical, para renunciar a su «demonio». Echese una ojeada a la historia entera de los sacerdotes y filósofos, incluida la de los artistas: las cosas más venenosas con¬tra los sentidos no han sido dichas por los impotentes, tampoco por los ascetas, sino por los ascetas imposibles, por aquellos que habrían tenido necesidad de ser as¬cetas...

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La espiritualización de la sensualidad se llama amor : ella es un gran triunfo sobre el cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad. Consiste en comprender profundamente el valor que posee el tener enemigos: dicho con brevedad, en obrar y sacar conclu¬siones al revés de como la gente obraba y sacaba con¬clusiones en otro tiempo. La Iglesia ha querido siempre la aniquilación de sus enemigos: nosotros, nosotros los inmoralistas y anticristianos, vemos nuestra ventaja en que la Iglesia subsista... También en el ámbito político la enemistad se ha vuelto ahora más espiritual, -mu¬cho más inteligente, mucho más reflexiva, mucho más indulgente. Casi todos los partidos se dan cuenta de que a su autoconservación le interesa que el partido opuesto no pierda fuerzas; lo mismo cabe decir de la gran polí¬tica. Especialmente una creación nueva, por ejemplo el nuevo Reich, tiene más necesidad de enemigos que de amigos: sólo en la antítesis se siente necesario, sólo en la antítesis llega a ser necesario... No de otro modo nos comportamos nosotros con el «enemigo interior»: tam¬bién aquí hemos espiritualizado la enemistad, también aquí hemos comprendido su valor. Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis; sólo se permanece joven a condición de que el alma no se relaje, no anhele la paz... Nada se nos ha vuelto más extraño que aquella aspiración de otro tiempo, la aspiración a la «paz del alma», la aspiración cristiana; nada nos causa menos envidia que la vaca-moral y la grasosa felicidad de la buena conciencia. Se ha renunciado a la vida grande cuando se ha renunciado a la guerra... En muchos casos, desde luego, la «paz del alma» no es más que un malentendido, -otra cosa, que únicamente no sabe dar¬se un nombre más honorable. Sin divagaciones ni prejui¬cios, he aquí unos cuantos casos. «Paz del alma» puede ser, por ejemplo, la plácida irradiación de una animali¬dad rica en el terreno moral (o religioso). O el comienzo de la fatiga, la primera sombra que arroja el atarde¬cer, toda especie de atardecer. O un signo de que el aire está húmedo, de que se acercan vientos del sur. O el agradecimiento, sin saberlo, por una digestión feliz (lla¬mado a veces «filantropía»). O el sosiego del convale¬ciente, para el que todas las cosas tienen un sabor nuevo y que está a la espera... O el estado que sigue a una intensa satisfacción de nuestra pasión dominante, el sentimiento de bienestar propio de una saciedad rara. O la debili¬dad senil de nuestra voluntad, de nuestros apetitos, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a ataviarse con adornos morales. O la llegada de una cer¬teza, incluso de una certeza terrible, tras una tensión y una tortura prolonga¬das, debidas a la incertidumbre. O la expresión de la madurez v la maestría en medio del hacer, crear, obrar, querer, la respiración tranquila, la alcanzada «libertad de la voluntad»... Crepúsculo de los ídolos: ¿quién sabe?, acaso también únicamente una especie de «paz del alma»...

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Voy a reducir a fórmula un principio. Todo natura¬lismo en la moral, es decir, toda moral sana está regida por un instinto de la vida, - un mandamiento cual¬quiera de la vida es cumplido con un cierto canon de «debes» y «no debes», un obstáculo y una enemistad cualesquiera en el camino de la vida quedan con ello eliminados. La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y predicada se di¬rige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida, - es una condena, a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos. Al decir «Dios ve el corazón» , la moral dice no a los apetitos más bajos y más altos de la vida y considera a Dios enemigo de la vida... El santo en el que Dios tiene su compla¬cencia es el castrado ideal... La vida acaba donde comienza el «reino de Dios»...

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Suponiendo que se haya comprendido el carácter de¬lictivo de tal rebelión contra la vida, rebelión que se ha vuelto casi sacrosanta en la moral cristiana, con ello se ha comprendido también, por fortuna, otra cosa: el carácter inútil, ilusorio, absurdo, mentiroso de tal rebe¬lión. Una condena de la vida por parte del viviente no deja de ser, en última instancia, más que el síntoma de una especie determina¬da de vida: la cuestión de si esa condena es justa o injusta no es suscitada en modo al¬guno con esto. Sería necesario estar situado fuera de la vida, y, por otro lado, conocerla tan bien como uno, como muchos, como todos los que la han vivido, para que fuera lícito tocar el problema del valor de la vida en cuanto tal: razones suficientes para comprender que el problema es un problema inaccesible a nosotros. Cuan¬do hablamos de valores, lo hacemos bajo la inspiración, bajo la óptica de la vida: la vida misma es la que nos constriñe a establecer valores, la vida misma es la que valora a través de nosotros cuando establecemos valo¬res... De aquí se sigue que también aquella contranatu¬raleza consistente en una moral que concibe a Dios como concepto antitético y como condena de la vida es tan sóIo un juicio de valor de la vida - ¿de qué vida?, ¿de qué especie de vida? - Pero ya he dado la respuesta: de la vida descendente, debilitada, cansada, condenada. La moral tal como ha sido entendida hasta ahora -tal como ha sido formulada todavía últimamente por Schopenhauer, como «negación de la voluntad de vida» _ es el instinto de déca¬dence mismo, que hace de sí un imperativo: esa moral dice: «¡perece!» -es el juicio de los condenados...

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Consideremos todavía, por último, qué ingenuidad es decir: «¡el hombre debería ser de este y de aquel mo¬do! » La realidad nos muestra una riqueza fascinante de tipos, la exuberancia propia de un pródigo juego y mu¬danza de formas: ¿y cualquier pobre mozo de esquina de moralista dice a esto: «¡no!, el hombre debería ser de otro modo»?... El sabe incluso cómo debería ser él, ese mentecato y mojigato, se pinta a sí mismo en la pared y dice ¡ecce homo! (¡he ahí el hombre! )... Pero incluso cuando el moralista se dirige nada más que al individuo y le dice: «¡tú deberías ser de este y de aquel modo!», no deja de ponerse en ridículo. El individuo es, de arriba abajo, un fragmento de fatum (hado), una ley más, una necesidad más para todo lo que viene y será. Decirle «modifícate» significa demandar que se modifiquen todas las cosas, incluso las pasadas... Y, real¬mente, ha habido moralistas consecuentes, ellos han que¬rido al hombre de otro modo, es decir, virtuoso, lo han querido a su imagen, es decir, como un mojigato: ¡para ello negaron el mundo! ¡Una tontería nada pequeña! ¡Una especie nada modesta de inmodestia! ... La moral, en la medida en que condena, en sí, no por atenciones, consideraciones, intenciones propias de la vida, es un error específico con el que no se debe tener compasión alguna, ¡una idiosincrasia de degenerados, que ha producido un daño indecible! ... Nosotros que somos distintos, nos¬otros los inmoralistas, hemos abierto, por el contrario, nuestro corazón a toda especie de intelección, compren¬sión, aprobación. No nos resulta fácil negar, buscamos nuestro honor en ser afirmadores. Se nos han ido abriendo cada vez más los ojos para ver aquella economía que necesita y sabe aprovechar aún todo aquello que es rechazado por el santo desatino del sacerdote, por la ra¬zón enferma del sacerdote, para ver aquella economía que rige en la ley de la vida, lo cual saca provecho in¬cluso de la repugnante species del mojigato, del sacer¬dote, del virtuoso, - ¿qué provecho? - Pero nosotros mismos, los inmoralistas, somos aquí la respuesta...

NIETZSCHE, F.: El crepúsculo de los ídolos. Alianza Editorial, Madrid, pp. 45-59.