LECCIONES SOBRE NIETZSCHE
Adolfo Vásquez Rocca es Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Postgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Universidad Andrés Bello.

Nietzsche – Freud y el problema de la mala conciencia.
Mala conciencia y [auto] destructividad humana.
Voluntad de Poder y exaltación de la vida.
Nietzsche y Shopenhauer. Transvaloración de los valores.

 

Nietzsche

1. - No olviden ustedes que en Nietzsche hay un cambio de actitud, una especie de inversión, del pensamiento de su admirado Schopenhauer. La obra de Schopenhauer es una obra fundamentalmente pesimista.

En definitiva -además de unas raíces de hedonismo- es la abolición de la voluntad de vivir, es la manera de evitar el sufrimiento... Toda esa actitud de Schopenhauer es invertida en cierto modo por Nietzsche. Nietzsche afirma lo que él llama los valores vitales. Los valores de exaltación de la vida, una actitud triunfalista, una actitud de dominio y de plenitud. Pero -al mismo tiempo- esto tampoco es enteramente así. Porque hay un concepto capital en el pensamiento de Nietzsche que es lo que él llama Umwertung alle Werte la transmutación o transvaloración de todos los valores.


Hay por tanto una voluntad de renovar las estimaciones dominantes y vigentes, y es lo que llama transmutación o -más literalmente- transvaloración de todos los valores. Como ven ustedes hay una voluntad de renovación, de transformación, de cambio de sentido en la marcha de las ideas y en la visión general de la vida.

Hay, por otra parte una crítica del cristianismo, desde el punto de vista de lo que él llama "el resentimiento". El resentimiento es un concepto muy importante en Nietzsche y él cree que el cristianismo es una actitud resentida: es la actitud del hombre que es débil y acaba por aceptar la sumisión, la debilidad o la piedad; que aspira a una especie de aceptación de los fuertes. Y esto hace que él vea el cristianismo como una forma de resentimiento.

2.- Como ven ustedes en el fondo de la actitud de Nietzsche late un equívoco: porque él ve el cristianismo desde las formas sociales vigentes en la segunda mitad el siglo XIX. Formas que están ligadas a una serie de concepciones que no son propiamente morales -ni, por supuesto, religiosas- sino más bien sociales o políticas. Consideren por ejemplo la democracia. La democracia es una tendencia igualitaria, que no afirma al gran hombre poderoso, enérgico, afirmativo, creador, sino que supone una igualdad y supone que hay una especie de normas en las cuales todos tienen derecho, es aceptable cualquier forma de vida, por ejemplo lo que él llamará la moral de los esclavos.

3.-Nietzsche – Freud y el problema de la mala conciencia.

La instancia que llamamos "conciencia moral" es un derivado del Superyo como lo es el ideal del Yo. Aun cuando Freud no lo propuso así, sería conveniente reservar este último término a nuestros ideales conscientes en su sentido positivo, mientras que el Superyo, al menos su parte inconsciente, se referiría más a su función negativa o condenatoria. Desde este punto de vista sería más correcto decir que el hombre es a la vez más moral y menos moral (impulsos reprimidos) de lo que él mismo se da cuenta. Tal apreciación quitaría al inconsciente el mal nombre del que ha gozado tanto tiempo. La conciencia misma según Freud es una función de la tensión existente entre el Yo y el Superyo, y su sensibilidad es una medida del grado de esa tensión (t. III, pág. 302). 

Aquí vale la pena llamar la atención sobre una correspondencia realmente notable entre el concepto de Superyo y la exposición de Nietzsche sobre el origen de la "mala conciencia". Dice Nietzsche:  Todos los instintos que no encuentran un desahogo son un "volverse hacia adentro". Eso es lo que yo llamo una creciente "internalización" del hombre: de ahí surgió en el hombre el primer brote de lo que se llamó su alma. Todo el mundo interior del hombre se partió en dos cuando la descarga externa quedó obstruida. Estas terribles barreras de contención, con las que la organización social se protegió contra los viejos instintos de libertad los castigos pertenecen a esa barrera de contención trajo como resultado que todos esos instintos del hombre salvaje, libre, aventurero, se volvieran contra "el hombre mismo". La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en las sorpresas, el cambio, la destrucción, el volverse estos instintos contra sus propios poseedores: esto fue el origen de la "mala conciencia".

Fue el hombre quien faltándole enemigos y obstáculos externos, y aprisionado como estaba en la estrechez opresiva y la monotonía de la costumbre, en su propia impaciencia, lacerado, perseguido, corroído, perseguido y maltratado; fue este animal en manos de su domador que se golpeó contra los barrotes de su propia jaula; fue este ser quien languideciente, consumiéndose de nostalgia por esa vida de que había sido privado, se vio impulsado a crear desde las profundidades de su propio ser una aventura, una cámara de tortura, un azaroso y peligroso desierto; fue este loco, este prisionero lleno de nostalgia y desesperación quien inventó "la mala conciencia". Pero por este camino introdujo esta gravísima y siniestra enfermedad de la que la humanidad no se ha recuperado aún, el sufrimiento del hombre por culpa de la enfermedad llamada "hombre", como resultado de una violenta ruptura con su pasado animal, el resultado, por decirlo así, de zambullirse espasmódicamente en un nuevo ambiente y nuevas condiciones de existencia, el resultado de una declaración de guerra contra los viejos instintos, que hasta ese momento habían sido el sello de su poder, su alegría, su formidable grandeza" (La genealogía de la moral).

 

3.1.- Mala conciencia y [auto] destructividad humana.

Los instintos en el hombre primitivo eran exteriorizados y eran su fuente de fuerza, placer y fecundidad. Estos instintos lo adaptaban, ajustadamente, a su medio: a la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura. Detrás de estos instintos que el hombre salvaje exteriorizaba (la crueldad, el placer de persecución, la agresión, el cambio, la destrucción, sexo, etcétera), existía un instinto "madre" llamado "instinto de libertad", un instinto de expansión que Nietzsche denomina "voluntad de poder" y que en esencia es el instinto de vida.

El proceso de adaptación no lo hace el hombre primitivo por su gusto, sino que le es impuesto por el Estado, por la sociedad, y esta imposición no es gradual ni pacífica, sino que se realiza con actos violentos y con tal crueldad, que debe quedar en la memoria de estos "semianimales", para que después realicen sus propias inhibiciones.

La sociedad impone penas y castigos como precio para la protección y la paz. Pero "aquellos viejos instintos no habían dejado, de golpe, de reclamar sus exigencias, sólo que resultaba difícil y pocas veces posible darles satisfacción: en lo principal hubo que buscar apaciguamientos nuevos, por así decirlo, subterráneos. Todos los instintos que no se desahogan hacia afuera se vuelven hacia adentro, esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en el lo que más tarde se denomina su alma".

"Todo el mundo interior, originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia afuera fue quedando inhibido".
Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra los viejos instintos de la libertad hicieron que todos los instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen vuelta atrás y se volvieran contra él.

La enemistad, la crueldad, el placer de la persecución, de la agresión, del cambio, de la destrucción, todo esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la "mala conciencia".

A estos instintos naturales, que no pueden exteriorizarse, que son inhibidos y que "se almacenan" en el mundo interior del hombre, Nietzsche los compara al hombre salvaje, a un animal enjaulado dentro del hombre mismo, pero que no está pasivamente enjaulado, sino que se golpea furioso contra los barrotes de su jaula. Éste es un ser, según Nietzsche, al que le falta algo, que está devorado por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse en base a sí mismo una aventura, una cámara de suplicio, una selva insegura y peligrosa, este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la mala conciencia.

Por esto se ha producido una dolencia, la más grande, la más siniestra, una dolencia de la que la humanidad no se ha curado hasta hoy: el sufrimiento del hombre por el hombre, por sí mismo, resultado de una separación violenta de su pasado animal, de un salto y una caída, por así decirlo, en nuevas situaciones y en nuevas condiciones de existencia, de una declaración de guerra contra los viejos instintos, en los que hasta ese momento reposaban sus fuerzas, su placer y su fecundidad.

Esta lucha, "esta secreta autoviolentación", esta crueldad de artista, este placer de darse forma a sí mismo como a una materia dura, resistente y paciente, de marcar a fuego en ella una voluntad, una crítica, una contradicción, un desprecio, un no; este siniestro, horrendo y voluptuoso trabajo de un alma voluntariamente escindida de sí misma, que se hace sufrir por el placer de hacer sufrir, toda esta activa "mala conciencia" ha acabado por producir también una profusión de belleza y de afirmaciones nuevas y sorprendentes.

La procedencia de lo "no-egoísta" en cuanto al valor moral, a la delimitación del terreno que este valor ha brotado, es sólo consecuencia de la mala conciencia; sólo la voluntad de maltratarse a sí mismo proporciona el presupuesto para el valor de lo no-egoísta.

Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca.
adolfovrocca@hottmail.com

 

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