La libertad política, en un ciudadano, es la tranquilidad de espíritu que proviene de la opinión que cada uno tiene de su seguridad y para que se goce de ella, es preciso que sea tal el gobierno que ningún ciudadano tenga motivo de temer a otro.

Más político o sociólogo que filósofo, el ilustrado Charles Louis de Secondat es difícilmente encasillable en una disciplina concreta. Nacido en La Bréde, Burdeos, Francia, en 1689, en el seno de una familia acomodada, estudió ciencia e historia en la universidad, ejerciendo poco tiempo después como abogado en el gobierno local.

Después de morir su padre en 1713, vivió bajo el cuidado de su tío, el barón de Montesquieu, que muere tres años después, dejando a Charles tanto su fortuna como su oficio de presidente del Parlamento de Burdeos, así como su título de Barón de Montesquieu.

A partir de entonces, viaja por Europa, pero fue sobre todo Londres la ciudad que más simpatías le despertó, debido al tipo de gobierno que había instaurado en Inglaterra. Su interés primordial se centra en la investigación de las formas de gobierno, las leyes y las costumbres de los distintos países de Europa. A los 32 años escribe Cartas persas, obra que le granjeará una gran fama por su crítica a las libertades y privilegios de que gozaban las clases altas, incluido el clero. En 1734 publica Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia, Y en 1748 Montesquieu saldrá a la luz su obra más conocida y que más influencia ejercerá en los siglos siguientes, El espíritu de las leyes, del cual se hicieron más de veinte ediciones en dos años. En 1750 publica Defensa del espíritu de las leyes. Todas estas obras fueron incluidas en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica. Montesquieu muere en 1755.

Montesquieu pertenece al movimiento ilustrado que, tomando sus raíces en la confianza en la razón postulada en el siglo anterior por Descartes, Leibniz o Hobbes, pretende convertirla en el tribunal al que se ha de apelar para el definitivo progreso de la humanidad. En palabras de Kant, la Ilustración significó "la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad", cuyo lema se explicita en la frase "sapere aude!" (¡atrévete a saber!). La Ilustración, sin embargo, pone ciertos límites a la omnipotencia de la razón de los racionalistas, excluyendo de la filosofía los temas propios de la metafísica y de la teología tradicional. La crítica de la razón sólo puede extenderse hacia aquello que caiga bajo sus límites. Dentro de esta crítica, el pensamiento de Montesquieu contribuyó a desmontar la tradición que justificaba prejuicios, privilegios, injusticias y barbaries.

En las Cartas persas Montesquieu se disfraza de Usbek, un joven persa que lleva a cabo una satírica visión del mundo occidental de su tiempo, mostrando sus anacronismos y absurdos y sus fanatismos religiosos y políticos. El problema de la historia se abordará, no obstante, en El espíritu de las leyes. Los acontecimientos históricos no son producto del azar ni de la fatalidad (fatum), ni tampoco pueden ser considerados como una serie casual y contingente de hechos más o menos aleatorios. Según su teoría política, "No es la fortuna la que gobierna el mundo", todo obedece a unas leyes que son "las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas".

Cualquier suceso particular se adhiere a ciertos principios (causas generales o morales o físicas), y el acontecer histórico de cualquier nación e, incluso, cualquier hecho a simple vista irrelevante o azaroso, como una victoria en una batalla, obedece siempre a unas leyes generales. La ley es una relación necesaria y la historia no es más que la cadena de causas y consecuencias de los hechos que siguen esas leyes.

"Los que han dicho que una fatalidad ciega ha producido todos los efectos que vemos en el mundo, han dicho un gran absurdo; pues ¿qué mayor absurdo que el que una fatalidad ciega haya producido seres inteligentes?.

Hay, pues, una razón primitiva; y las leyes son las relaciones que existen entre ellas y los diversos seres, y las relaciones de estos diversos seres entre sí."


Ahora bien, las leyes que rigen a los hombres, no en tanto que entidades físicas sino en relación a su ser histórico e inteligente, son relativas, es decir: dependen de un contexto en el que surgen y sus leyes pueden ser investigadas dependiendo de diversos factores, como las formas de gobierno, las costumbres, la religión e, incluso, el clima:

"El hombre, como ser físico, lo mismo que los demás cuerpos, está gobernado por leyes invariables. Como ser inteligente, viola sin cesar las leyes que ha establecido Dios, y varía las que ha establecido él mismo; hace falta que se conduzca y, sin embargo, es un ser limitado."

Esto no implica que lo natural sea contradictorio con lo convencional (legislación, leyes). La relatividad de las leyes surge de la propia heterogeneidad de los pueblos y de los hombres y, por otro lado, la variabilidad humana, así como de sus leyes y costumbres dependen de las circunstancias que rodeen la vida de ese pueblo o comunidad. Entre los factores que determinan las leyes enumera Montesquieu la densidad de población, la economía y el trabajo, la religión, el gobierno y el clima.

Sin embargo, no sólo estos factores determinan las leyes que rigen los pueblos. Las legislaciones heterogéneas instituidas por ellos dependen también de la libertad humana y son la expresión de esta libertad, que queda plasmada en toda normatividad. La libertad es, por lo tanto, aquello que permite que nos alcemos sobre todos nuestros condicionamientos sociales y físicos. Se trata, por lo tanto, de garantizar a todos los hombres el uso de esta libertad, examinando aquellas condiciones que lo hagan posible.

¿Qué tipo de gobierno sería deseable como mayor garante de la libertad? Para responder a esta pregunta, Montesquieu distingue dos tipos fundamentales de gobierno: la república "es aquél en que el pueblo, colectivamente o sólo en una parte, tiene el poder absoluto", será democrática si es el pueblo que detenta el poder y será aristocrática si el poder soberano se haya exclusivamente en manos de una parte del pueblo. La virtud propia de la república es la igualdad y su amor a la patria. El otro tipo de gobierno es la monarquía, en la que el poder es detentado por un sólo miembro de la comunidad. Sin embargo, si el poder no emana o no coincide o satisface los intereses del pueblo, la monarquía degenera en despotismo, sistema que se basa en el temor, oponiéndose a la virtud propia de la monarquía, el honor y el prejuicio de clase.

Por ello, y para garantizar la libertad política del ciudadano que, según Montesquieu no es inherente a ningún tipo de gobierno, es necesario poner ciertos límites que eviten el despotismo: la separación de poderes en legislativo, ejecutivo y judicial, inspirada en la legislación inglesa y en las ideas de Locke. Es necesario que el poder contenga al poder. Según esta división, y en palabras de Montesquieu:

"Por el primero, el príncipe o el magistrado hace las leyes para cierto tiempo o para siempre, y corrige o deroga las que están hechas. Por el segundo, hace la paz o la guerra, envía o recibe embajadores, establece la seguridad y previene las invasiones; y por el tercero, castiga los crímenes o decide las contiendas de los particulares. Este último se llamará poder judicial y el otro poder ejecutivo del estado."

Estos poderes se corresponden con tres estamentos sociales y políticos: el rey, el pueblo y la aristocracia. Los parlamentos y la nobleza son los que evitan los peligros que acarrearía la unión de poderes. Sin embargo, el pensamiento de Montesquieu se inscribe dentro de un ideal aristocrático que termina desdeñando la democracia a favor de un sistema monárquico como la forma de gobierno más deseable y exenta de despotismo. Pese a ello, los ideales de Montesquieu inspiraron políticamente a los parlamentos y a numerosas Constituciones.

Texto: Elena Diez de la Cortina Montemayor.