Las fuerzas primitivas.

2. Aunque soy de los que han trabajado mucho en matemáticas, no por eso he dejado de meditar, desde la juventud, sobre filosofía; pues siempre me ha parecido que había medio, en filosofía, de establecer algo sólido por demostraciones claras. Habíame internado ya bastante en la teoría de los escolásticos, cuando las matemáticas y los autores modernos me hicieron salir, muy joven aún, de esa comarca. Encantáronme sus maneras tan hermosas de explicar mecánicamente la naturaleza; y despreciaba con razón el método de los que sólo usan las formas o facultades, que nada enseñan..

Pero después, habiendo procurado profundizar los principios mismos de la mecánica para dar razón de las leyes de la naturaleza, que la experiencia daba a conocer, advertí que la consideración de una masa extensa no bastaba por sí sola, y que era preciso emplear también la noción de fuerza, la cual, aunque perteneciente a la metafísica, en muy inteligible. Parecíame también que la opinión de los que transforman o degradan los animales en puras máquinas, aunque parece posible, no es, sin embargo, fácil de aprobar, y hasta choca contra el orden de las cosas.

3. Al principio, recién libertado del aristotélico yugo, di en el vacío y en los átomos, que es lo que más llena la imaginación; pero, tras reiteradas meditaciones, desechada esa opinión, comprendí que era imposible hallar los principios de una unidad verdadera en la materia sola o elemento pasivo, puesto que todo en ella es mera colección o amontonamiento de partes, hasta el infinito.

Ahora bien, la muchedumbre no puede tener su realidad, como no sea tomándola de unidades verdaderas, las cuales provienen de otro origen y son muy otra cosa que los puntos, de los cuales es patente que lo continuo no puede componerse; para hallar, pues, esas unidades reales, vime obligado a recurrir a un átomo formal, ya que un ser material no puede ser, a un mismo tiempo, material y perfectamente indivisible o provisto de verdadera unidad. Tuve pues que llamar de nuevo y, por decirlo así, rehabilitar las formas substanciales, tan mal tratadas hoy; pero de una manera que las hiciese inteligibles,, y separando el uso que debe hacerse de ellas del abuso que se ha hecho.

Hallé, pues, que su naturaleza consiste en la fuerza, y que de esto se sigue algo analógico con el sentimiento y el apetito, y que, por tanto, había que concebirlas a imitación de la noción que tenemos de las almas.Mas así como el alma no debe emplearse para dar razón del detalle de la economía del cuerpo del animal, así también pensé que no debían emplearse esas formas para explicar los problemas particulares de la naturaleza, si bien son necesarias para el establecimiento de verdaderos principios generales. Aristóteles las llama entelequias primas. Yo las llamo, quizás más inteligiblemente, fuerzas primitivas que, no sólo contienen el acto o complemento de la posibilidad, sini también una actividad original.

4. Veía yo que esas formas o almas debían ser indivisibles, como nuestro espíritu, y recordaba que, esta era la opinión de Santo Tomás respecto a las almas de los animales. Pero esta novedad volvía a plantear las grandes dificultades acerca del origen y de la duración de las almas y de las formas. Pues toda substancia que posee una unidad verdadera, como que no puede tener su comienzo ni su fin sino por un milagro, se sigue que no puede comenzar, a no ser por creación, ni acabar, a no ser por aniquilamiento. Así, pues, exceptuando las almas que Dios quiera crear expresamente, veíame precisado a reconocer que las formas constitutivas de las substancias tienen que haber sido creadas con el mundo y que subsisten siempre.

LEIBNIZ. Nuevo sistema de la naturaleza y de la comunicación de las sustancias, así como de la unión que existe entre el alma y el cuerpo.