3. El principio de contradicción y el de razón suficiente

Toda la filosofía occidental está atravesada por la convicción de que el ser, la verdad y la estructura de la proposición "S es P" están en íntima conexión. Hay verdad cuando nuestro pensamiento se ajusta al ente; ahora bien, el asiento y lugar propios de la verdad es la proposición.

En la proposición predicativa "S es P", la verdad o conformidad con lo que el ente es, consiste en que el predicado convenga al sujeto y que sea propuesto y afirmado en la proposición como conviniendo al sujeto. Por lo tanto, la proposición verdadera acerca el ente exige que todos los predicados estén en el sujeto como sustentador de ellos. Pero el predicado puede pertenecer al sujeto esencial o accidentalmente.

Para Spinoza, Dios era el sustentador de los entes, y éstos eran sus predicados. Sin embargo, con Leibniz nos hallamos con una multiplicidad infinita de substancias individuales que están constantemente desplegando sus predicados. Pero esos predicados no son sino la explicitación de Dios, en la que Dios está de algún modo determinado. Los predicados individuales no expresan totalmente a Dios, sino que lo hacen sólo parcial y unilateralmente; cada uno de ellos es, no obstante, una unidad relativa en la que todo existe de una manera individual, parcial. Leibniz tendrá qué mostrar qué es la substancia y cómo se relaciona con Dios, sin perder por ello esa independencia relativa.

La teoría de la verdad va a estar en conexión con otros dos principios fundamentales: el principio de contradicción y el principio de razón suficiente:

"Nuestros razonamientos de fundan en dos grandes principios: el de contradicción, en virtud del cual juzgamos falso lo que encierra contradicción, y verdadero, lo opuesto o contradictorio a lo falso. Y el de razón suficiente, en virtud de el cual consideramos que ningún hecho puede ser verdadero o existente y ninguna enunciación verdadera sin que de ello haya una razón bastante para que se así. Aunque las más veces esas razones no puede ser conocidas por nosotros" (Op. Cit. Monadología, 31-32, pag. 392)

Una vez que acontece un hecho determinado, hay siempre una razón que lo hace comprensible, es decir, una razón que hace y explica que esto sea así y no de otra manera. Por lo tanto, hay cosas en este mundo que no pueden ser de otro modo a como son; son cosas inmutables y eternas, cuya razón es su misma necesidad o existencia (ipsa necessitas seu essenta). Una ecuación matemática cumpliría este requerimiento, pero en el mundo real las cosas que acontecen quizás pudieran ser de otro modo. Y aun así, los entes reales no carecen de una razón suficiente para ser como son. En el caso de los seres que observamos en el mundo, como la totalidad de sus predicados no se dan "de golpe", sino que se van presentando en el tiempo formando una serie ilimitada de repliegues, hay que buscar una causa externa a ese ser, que sea a la vez, su principio y su fin: Dios.

"Y así la razón última de las cosas debe hallarse en una substancia necesaria, en la cual el detalle de los cambios esté solo eminentemente, como en su originen; y esto es lo que llamamos Dios" (Op. Cit. Monadología, 38, pag. 939)

Dios es, entonces, "una consecuencia simple del ser posible", porque sólo un ser perfecto e infinito "debe ser incapaz de admitir límites y ha de contener tanta realidad cuanta sea posible" (Monadología, 40, pag. 393). Y así las cosas ¿Qué caracteriza a esas substancias? ¿Qué relación mantienen con su causa?

La fuerza (vis) es lo que caracteriza esencialmente a la substancia, lo que le da movilidad y lo que, en ultima instancia, conserva a ésta en una coherente unidad. Pero estas fuerzas primitivas, núcleos motrices, no han podido ser generadas más que por una causa infinita y eterna, es decir, necesariamente han debido ser generadas e impresas en la substancia desde el principio. El que una substancia sea tal, corre paralelo al primitivo origen del principio energético y formal que la anima; pero es má: al ser ellas partes constituyentes de todos los entes, no sólo ellas han de existir ab initio, sino también el mundo:

"Así pues, exceptuando las almas que Dios quiera crear expresamente, vaíame precisado a reconocer que las formas constitutivas de las substancias tienen que haber sido creadas con el mundo, y que subsisten siempre" (Nuevo Sistema de la Naturaleza, 4, pag. 42)

Dios, por tanto, ha creado las substancias; pero este hecho no es arbitrario. Aquí se nos presenta un Dios que obra racionalmente. El principio de razón suficiente tiene un significado teleológico; es decir, él expresa que todo lo real se ha de ajustar, pada poder serlo, al logro del mayor sentido y coherencia en el ente finito. Dios, por tanto, no obra libremente, sino que él mismo, por el contrario, está también determinado por el principio de razón suficiente.

Aunque esencialmente y en relación a un principio casual todas las substancias son iguales , cosa que para Leibniz es imposible, pues se contradice con el principio de los indiscernibles, las substancias mantienen entre sí cierto orden dentro del mundo. Las substancias están jerarquizadas no sólo a causa de su estructura interna, sino de las relaciones que mantienen otras estructuras con ellas y de los lazos que mantiene el conjunto, el todo, con su particularidad de ser.

"Si las mónadas careciesen de cualidades, serían indistinguibles unas de otras, ya que, en cantidad, no difieren; y por consiguiente, supuesto lo lleno, un lugar cualquiera no recibiría nunca, en el movimiento, sino lo equivalente de lo que había tenido, y un estado de cosas sería indiscernible de otro" (Op. Cit. Monadología, 8, pag. 390)

Tiene que haber un "detalle de lo que cambia", para que surja la individuación que haga posible que cada mónada se disperse en una multiplicidad de cualidades y determinaciones que la haga ser otra.

Hay almas racionales o formas espirituales, y hay formas ordinarias o insertas en la materia. Las primeras son de orden superior y tienen una mayor perfección. Son como pequeños dioses hechos a imagen de Dios y portadores de algún resplandor de las luces de la divinidad.

Esta prioridad del alma respecto de las formas ordinarias supone que todo está fundamentalmente hecho y producido para ellas.

Pero, para hacer distinciones entre mónadas o sunbstancias es necesario volver atrás en el tiempo.

 

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