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La introducción de la fuerza como principio metafísico, significa la desaparición de la concepción mecanicista de la naturaleza, y el descubrimiento de que en los cuerpos hay una automovilidad que va a ser lo que caracterice a la materia. El mundo leibniziano es un mundo pensado a la manera de un gran organismo. Los animales no son máquinas cuyo funcionamiento pueda explicarse mecánicamente. La extensión no puede otorgar una unidad verdadera a los cuerpos materiales. La extensión remite sólo a una mera colección de partes hasta el infinito. La esencia de la materia debe ser pensada como algo unitario. Es la vis, la fuerza, la encargada de dotar de unidad real a los entes:
En la época de Leibniz, la filosofía aristotélico-tomista estaba bastante desprestigiada, debido a la labor de los racionalistas. Sin embargo, él intenta extraer de los filósofos antiguos, y en especial, de Aristóteles, aquello que va a ser el pilar de su sistema; esto es , las formas substanciales o los átomos formales. Son éstos los que van a constituir la verdadera composición de lo real, y la fuerza será lo que los caracterice. La naturaleza se mueve, y se desenvuelve por sí misma, y desde dentro de sí misma gracias a este núcleo energético. Las formas van a ser elaboradas a imagen de las almas, como principios
que ceden actividad, que mueven y que propician el desarrollo de aquello
en lo que ellas están insitas, de aquello que ellas ocupan. No obstante, esas formas substanciales no pueden dar razón de las particularidades concretas de la naturaleza (explicables por las leyes mecánicas), sino que las substancias, o Mónadas como luego se las llamará, solo pueden dar cuenta de los principios primeros y más generales de la naturaleza. En relación con la substancia, Leibniz cree que ésta se puede inferir también a través del lenguaje, del discurso predicativo:
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