4. Percepción y apetición. El alma.

No hay muerte; sólo hay transformación. Lo que ocurre es que no podemos percibir las mutaciones de las almas ni tampoco de los cuerpos, puesto que estas adquiern de nuevo y mediante una involución, la forma y el aspecto que tenían antes de "aparecer" bajo su aspecto conocido.

El animal siempre ha estado animado y organizado, y no puede perder ese estado, a no ser por aniquilación divina. No hay nada inerte en la naturaleza; todo posee un principio energético y formal.

Sin embargo, las substancias, aun existiendo todas desde siempre, no son todas iguales. El elemento diferenciador de las substancias va a ser la percepción. Cada mónada tiene percepciones distintas, es decir, representaciones del "mundo externo" que son cualitativamente diferentes y tienen distintos grados de claridad o confusión. Además de esto, lo que diferencia a unas mónadas de otras es la apetición, que todas poseen:

"Una mónada, en sí misma y en el momento, no puede ser discernida de otra sino sólo por las cualidades y acciones internas, las cuales no pueden ser otra cosa que sus percepciones - es decir, las representaciones de lo compuesto o lo que está fuera, en lo simple - y sus apeticiones - es decir, tendencias de una precepción a otra - que son los principios del cambio Porque la simplicidad de la substancia no es obstáculo a la multiplicidad de las modificaciones, que deben hallarse juntas en la misma substancia simple y deben consistir en la variedad de las relaciones con las cosas que está fuera." (LEIBNIZ. Principios de la naturaleza y de la gracia. Op. Cit. 1, pg. 405)

La unidad real simple de la mónada consiste en un unificar que descansa en sí mismo: es un unificar que produce la propia multiplicidad. La unidad, como unificación que pliega y despliega su propia multiplicidad heterogénea tiene el caracter de una representación: algo que se impone al sujeto desde dentro de sí mismo y para sí mismo.

La multiplicidad generada en y para cada mónada es algo finito y no es nunca del todo ente, por eso, todo estado de una mónada implica el tránsito al estado siguiente. Las percepciones son pasajeras, por lo que la apetición es necesaria.

"La acción del principio interno, que verifica el cambio o tránsito de una percepción a otra, puede llamarse apetición" (Monadología,. Op. Cit. 15 )

Ahora bien; no todas las percepciones son apercepciones, o lo que es lo mismo, no todas van acompañadas de autoconciencia. La percepción es sólo el devenir de una multiplicidad en una unidad. Lo uno o lo simple unifica consigo lo múltiple, produciéndolo para sí. Por este motivo, la multiplicidad que entra en una mónada tiene que estar determinada desde el interior de la misma mónada. De lo contrario, su unidad sería la de un puro agregado.

"Podría darse el nombre de entelequia a todas las substancias simples o mónadas creadas, pues tienen en sí mismas cierta perfección y hay en ellas una suficiencia que las hace fuente de sus acciones internas y, por decirlo así, autómatas incorpóreos." (Monadología,. Op. Cit. 18, pg. 391)

El nombre "alma" va a quedar reservado sólo para aquellas mónadas que además de tener percepciones y apetitos, tengan también memoria. Los animaletambién serán portadores de un ámbito antes sólo reservado al género humano. Pero ello no elimina las diferencias. Si bien animales y hombres hacen uso de un alma con memoria, sólo el hombre puede ser autoconsciente y reflexionar sobre lo memorizado. La razón sigue siendo privilegio humano:

"Hay en las percepciones de los animales cierto enlace que remeda la razón; pero se funda sólo en la memoria de los hechos, y de ningún modo en el conocimiento de las causas.(...) Pero el verdader conocimiento depende de las verdades necesarias o eternas, como son las de la lógica, los números, la geometría, que constituyen la conexión indubitable de las ideas y las consecuencias infalibles. Los animales en los cuales no se advierten estas consecuencias, llámanse bestias; pero los que conocen esas verdades necesarias son propiamente los llamados animales racionales, y sus almas llevan el nombre de espíritus." (Principios de la naturaleza y de la Gracia,. Op. Cit. 5, pg. 406)

Son las almas racionales las que pueden reflexionar sobre las verdades y las cosas inmateriales, y por ello son más perfectas y tienen un orden de importancia mayor que las otras.

Hay una tendencia finalista en el universo, considerado éste como un todo. El conjunto de sus elementos tiende a la percepción y este tender está él mismo implícito en la estructura del universo. El mundo se desarrolla él mismo y por sí mismo hasta alcanzar la perfección, así como para que las almas también la alcancen.

Dios ha creado un mundo que se basta por sí mismo aunque esto no lo asemeja, ni mucho menos, a una máquina artificial. El mundo es como un gran organismo vivo que se regula a sí mismo y que perdura en su identidad a través de sus múltiples cambios.

El universo es indestructible e indivisible, y abarca en sí a la pluralidad de los entes, de las substancias, constituyéndose en una unidad total y absoluta preformada por Dios.

El universo es una unidad de unidades, un todo de partes ellas mismas indivisibles, independientes y cerradas.

El sistema leibniziano se asemeja a esos dibujos en los que hay representada una ventana que, a su vez, se abre a otra ventana y a través de la cual vemos otra ventana más y así, ad infinitum.

Dentro del sistema global de las substancias, el alma ocupa un lugar privilegiado gracias a su capacidad unificadora o "atractiva". En el caso de los hombres, proporciona su "yo". Dentro del compuesto, en el aggregatum , se halla un núcleo simple, el alma, cuya actividad fundamental es la fusión del compuesto a través de un principio vital y perceptivo sin el cual las partes del agregado, "de la muchedumbre", dejarían de existir manteniendo su individualidad.

La unidad es la forma de organizarse y ajustarse los miembros en lo compuesto, formando un ente indisoluble.

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