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"Los demás filósofos
han tenido un excesivo temor a admitir lo múltiple,
con la idea de que no circunscribir la materia a un solo mundo dejara
espacio,
sin términos medios, a una infinidad ilimitada y peligrosa."
PLUTARCO
Al hombre que se asoma más allá de un mundo interpretado
le asalta repentino el deseo de perderse en él. Finalmente lo consigue
y, como un náufrago feliz desde las profundidades del extravío,
nos grita: ¡No estamos solos!
Fue así como el comerciante de paños Leeuwenhoek
empezó su largo viaje, portando por brújula una lupa con
la que examinaba maravillado la formidable hilatura de las telas.
Cruzando avenidas y callejuelas de hilo, al hombre aquel no le resultó
difícil pasar de las gruesas lanas y finos algodones al tejido
organizado y vivo de la realidad.
Fuera que el aburrido presente le lanzara a la búsqueda de nuevos
fuegos vitales o que sus lentes tropezaran con su propia curiosidad, lo
cierto es que este holandés descubrió en los pliegues de
lo mínimo la maravilla de una nueva frontera sin conquistar.
Iluminada en su perfil más menudo, la naturaleza desnudaba sus
misterios: mundos paralelos poblados de infinitos seres que fluctuaban
libres y ajenos a los humanos principios. Minuciosos reinos de silencio
y febril agitación donde otros reyes imponían sus propias
leyes.
Al Marco Polo de lo ínfimo, ignorante de latines y teoremas, le
entró tal avidez de conocimiento que, empleándose de portero
para tener más tiempo, se puso a construir lentes cada vez más
poderosas, microscopios de 250 aumentos con los que observar todo aquello
que le rodeaba. Luego redactaba la crónica de sus descubrimientos,
en las que pacientemente describía la nueva geografía de
los animálculos.
Lo desconocido no se contentaba con quedarse en la periferia, penetrando
incluso el territorio de nuestro propio cuerpo. Había animálculos
en el agua del estanque y en la de lluvia; en la saliva de los animales
y de los hombres. Incluso los encontró en la sangre y en el esperma:
¡Todo está lleno de dioses! ¡Todo está lleno
de vida!
Leeuwenhoek pasó su vida encorvado sobre las lentes y, aunque no
desveló el secreto de su arte de construirlas, dejó que
todo aquel que quisiera contemplara la maravilla.
Y así hice yo, sin ayuda de otras lentes que mi aumentada imaginación.
No diré cuánto debe mi obra a ese hombre y a otros tantos
que, como Swammerdam o el perseguido Malpighi, supieron
mirar el abismo con ojos de niño, relatando las maravillas sin
calzarlas en viejos zapatos de sabio complacido.
La vida no se constriñe a la necrópolis de la materia. Las
fronteras de un mundo antiguo, trazadas cartesianamente, naufragaron en
los escollos de una materia fragmentada y ciega. ¡Todo está
lleno de vida! ¡Todo está lleno de dioses!
Mi metafísica atrapa bajo su lente ese organismo enorme y perfecto
que es el mundo y, bajo su apariencia inerme y opaca, descubre que en
cada grano de arena, en cada minúscula partícula de materia
hay innumerables mundos poblados de infinitas criaturas que acogen generosas
nuevos reinos de incontables seres.
Las lentes de Leeuwenhoek curaron mi ceguera y confirmaron mi hipótesis
de que a cada parcela de espacio cuantitativo le corresponde otra porción
inextensa y eterna hecha de mónadas: animálculos metafísicos
que pueblan cada rincón de este mundo; ínfimos átomos
de vida que, danzarines, representan cada uno la totalidad del mundo en
su minúsculo teatrito.
Las mónadas viven eternamente, plegándose y desplegándose
en una evolución continua donde pasado, presente y futuro están
contenidos de antemano. De este modo, se confirma el dicho nihil dici
quod non dictum sit prius: Nada puede decirse que no haya sido dicho
antes. Nada es vano. Todo está trabado en una armonía autosuficiente,
en la que las partes más insignificantes portan sus cetros de reyes.
Vosotros mismos, que ahora leéis este texto, sueños sois
que aleteando os desperezaréis en un futuro en busca de otros mundos
y otros sueños.
Fino hiló aquel pañero. Sea este mi homenaje.
LEIBNIZ (quizás en un mundo paralelo).
Por Fallaces Builder.
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