DICCIONARIO FILOSÓFICO

LAS ALMAS DE LOS TONTOS Y DE LOS MONSTRUOS
Nace un niño mal conformado y absolutamente imbécil, no concibe ideas y vive sin ellas. ¿Cómo hemos de definir esta clase de animal? Unos doctores dicen que es algo entre el hombre y la bestia, otros, que posee un alma sensitiva, pero no un alma intelectual. Come, bebe y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso, pero hasta hoy no ha obtenido completa resolución.

Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma, porque su padre y su madre la tenían; pero guiándonos por ese razonamiento, si hubiera nacido sin nariz, debíamos suponer que la tenía, porque su padre y su madre la tuvieron.

Una mujer da a luz un niño que carece de barba, que tiene la frente aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos redondos; pero sin embargo de esto, el resto del cuerpo tiene la misma estructura que los demás mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo, y todo el mundo cree que posee alma inmortal; pero si esa misma ridícula criatura tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma de pico, le declaran monstruo, dicen que carece de alma y no lo bautizan.

Sabido es que en Londres, en 1726, hubo una mujer que paría cada ocho días un gazapillo. Sin ninguna dificultad, bautizaban a dicho niño. El cirujano que asistía a la referida mujer durante el parto, juraba que ese fenómeno era verdadero, y le creían. ¿Pero qué motivo tenían los crédulos para negar que tuviesen alma los hijos de dicha mujer? Ella la tenía, sus hijos debían también tenerla. ¿El Ser Supremo no puede conceder el don del pensamiento y el de la sensación al ser desfigurado que nazca de una mujer en forma de conejo, lo mismo que el que nazca en figura de hombre? ¿Es alma que se predisponía a alojarse en el feto de esa madre, sería capaz de volverse al vacío?

Locke observa respecto a los monstruos, que no debe atribuirse la inmortalidad al exterior del cuerpo, que la configuración nada importa en este caso. La inmortalidad no está más ligada a la forma del rostro o del pecho, que a la configuración de la barba o a la hechura del traje; y pregunta: ¿Cuál es la justa medida de deformidad a la que hay que sujetarse para conocer si un niño tiene alma o no la tiene? ¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?

¿Qué hemos de pensar en esta materia de un niño que tenga dos cabezas y que, a pesar de esto, su cuerpo está bien modelado? Unos dicen que tiene dos almas, porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros contestan a esto diciendo que no puede tener dos almas quien no tiene más que un pecho y un ombligo.

Se ha cuestionado tanto sobre el alma humana, que si ésta llegara a examinarlas todas, sería víctima de insoportable fastidio. Le pasaría lo que le sucedió al cardenal de Polignac en un cónclave. Su intendente, cansado de no poderle enterar nunca de las cuentas de la intendencia, hizo un viaje a Roma, y se colocó en la pequeña ventana de su celda, cargado con un inmenso fajo de papeles. Estuvo allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo que no obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía cerca de dos horas que el cardenal había salido de su celda. Nuestras almas nos abandonaría antes que sus intendentes las hubieran enterado de lo mucho que de ellas nos hemos ocupado.


RELIGIÓN
Los epicúreos que no profesaban ninguna religión recomendaban el alejamiento de los asuntos públicos, el estudio y la concordia. Componía esta secta una sociedad de amigos, porque su principal dogma era el de la amistad. Ático, Lucrecio, Memius y algunos hombres de este temple, podían vivir juntos honestamente, y ejemplos de estos se ven en todos los países. Entre hombres de esa clase se puede filosofar todo lo que se quiera. Son como los aficionados a la música, que se dan para complacerse a sí mismos un concierto de música clásica y selecta; pero que se guarden bien de ejecutar ese concierto ante el vulgo ignorante y brutal, porque podría suceder que les rompieran los instrumentos en las cabezas. El que tenga que gobernar un pequeño pueblo, necesita que este tenga una religión. No voy a ocuparme aquí de la nuestra; ella es la única buena, la única necesaria y la única probada.

¿Hubiera sido posible para el espíritu humano admitir una religión, no que se aproximara a la nuestra, sino que fuera menos mala que todas las otras religiones del universo juntas? ¿Y cuál sería esa religión? ¿No sería la que se propusiera la adoración del Ser Supremo, único, infinito, eterno, creador del mundo, la que nos reuniera a ese ser como premio de nuestras virtudes, y que nos separara de él como castigo de nuestros crímenes? ¿La que admitiera pocos dogmas que son asunto eterno de disputa, la que enseñara una moral pura, sobre la que jamas se disputara?

¿La que no hiciera consistir la esencia del culto en vanas ceremonias, como la de escupiros a la boca, como la de cortaros el prepucio, como la de cortaros un testículo, puesto que se pueden cumplir todos los deberes sociales teniendo los dos testículos y el prepucio entero, y sin que os escupan en la boca?

¿La que sirviera a nuestro prójimo por el amor de Dios, en vez de perseguirle y de degollarle en nombre de ese mismo Dios? ¿La que tuviera ceremonias augustas que emocionaran a la plebe y careciera de misterios que pueden sublevar a los sabios, que pueden irritar a los incrédulos?

¿La que asegurara a sus ministros una asignación honrosa para que subsistieran con decencia y no les dejara usurpar nunca las dignidades y el poder que puede convertirlos en tiranos?
Gran parte de esta religión está grabada hoy en el corazón de algunos príncipes, y llegará a ser la dominante cuando los artículos que propuso el abad de San Pedro sobre la paz perpetua los firmen todos los potentados.

SUPERSTICIÓN
Oigo decir muchas veces: Estamos curados ya de supersticiones, la reforma del siglo XVI nos hizo más despreocupados y los protestantes nos han enseñado a vivir.

¿Qué es más que una superstición creer que la sangre de San Javier se derrite todos los años cuando la acercáis a su cabeza? ¿No sería preferible obligar a que se ganaran la vida diez mil holgazanes napolitanos, ocupándoles en trabajos útiles, que hacer hervir la sangre de un santo para divertirlos? Valía más que hicierais hervir su marmita.

¿Por qué bendecís aún en Roma los caballos y los mulos en Santa María la Mayor? ¿Por qué salen esas procesiones de flagelantes en Italia y en España, que van cantando y dándose disciplinazos a la vista del publico? ¿Creen acaso que el paraíso se conquista a latigazos?

¿Esos pedazos de la verdadera cruz de Jesucristo, que si se juntaran bastarían para construir un buque de cien cañones, tantas reliquias que indudablemente son falsas, tantos falsos milagros, constituyen acaso monumentos de una devoción ilustrada?

Francia se vanagloria de ser menos supersticiosa que Santiago de Compostela y que Nuestra Señora de Loreto, y sin embargo os enseñan aún en muchas sacristías pedazos de la túnica de la Virgen, copas que contienen su leche, retazos de sus cabellos, y en la iglesia de Pui-en-Velai conservan cuidadosamente el prepucio de su hijo.

Todos los franceses conocen la abominable farsa que se representa desde principio del siglo XIV en la capilla de San Luis del palacio de París, en la noche del jueves al viernes santo. Todos los poseídos del reino se reúnen en dicha iglesia, y las convulsiones de San Medardo son insignificantes, comparadas con los horribles gestos, con los aullidos espantosos que lanzan esos desgraciados. Les dan a besar un pedazo de la verdadera cruz, montado en un trípode de oro y orlado de piedras preciosas, y entonces los poseídos redoblan los gritos y las contorsiones. Apaciguan al diablo dando algunas monedas a los energúmenos; pero para contenerlos mejor, hay en la iglesia cincuenta guardias que tienen calada la bayoneta en el fusil. La misma comedia execrable se representa en San Mauro, y pudiera presentaron otros veinte ejemplos semejantes; ruborizaos y corregíos.

Hay sabios que sostienen que se debe dejar que el pueblo tenga supersticiones, como a los niños les dejan los andadores, porque en todos los tiempos es aficionado a los prodigios, a los que dicen la buenaventura, a las peregrinaciones y a los charlatanes; que desde la más remota antigüedad se celebró la fiesta de Baco, salvado de las aguas, llevando cuervos, haciendo saltar con un golpe de su vara un manantial de vino de un peñasco, pasando el mar Rojo a pie seco, con todo su pueblo, parando el sol y la luna, &c., &c.; que en Lacedemonia se conservaban los dos huevos que parió Leda, que tenían suspendidos de la bóveda de un templo; que en algunas ciudades de Grecia los sacerdotes enseñaban el cuchillo con el que inmolaron a Iphigenia, &c., &c. Hay otros sabios que dicen que ninguna de esas supersticiones produjo un bien a la humanidad, que muchas de ellas causaron grandes perjuicios, y que, por lo tanto, se deben abolir.

DESTINO
El libro de Homero es el más antiguo de los libros de Occidente que han llegado hasta nosotros. En Homero se encuentran las costumbres de la antigüedad profana, los héroes y los dioses groseros creados por el patrón de los hombres; y en él, entre fantasías e inconsecuencias, se halla el origen de la filosofía y la descripción del destino, que era el señor de los dioses, así como los dioses eran señores del mundo.

Cuando el magnánimo Héctor se propone batirse con Aquiles, y antes corre todo cuanto puede dando la vuelta tres veces a la ciudad con la idea de adquirir más vigor; cuando Homero representa al ligero Aquiles y a su perseguidor, comparándole con un hombre que duerme, entonces Júpiter, deseando salvar al gran Héctor, que le hizo muchos sacrificios, consulta a los destinos. Pesando en una misma balanza el destino de Héctor y el de Aquiles, averigua que el griego tiene que matar al romano. Júpiter no puede oponerse a lo que decreta el destino, y desde aquel momento, Apolo, que es el genio guardián de Héctor, se ve obligado a abandonarle.

Esto no se opone a que Homero no prodigue con frecuencia, y hasta en ese mismo libro, ideas contrarias, usando de ese privilegio de la antigüedad; pero de todos modos es el autor que nos da la primera noción del destino, que estuvo muy en boga en su tiempo,

Los fariseos, que dominaban en el reducido pueblo judío, aceptaron el destino muchos siglos después, porque aunque fueron los primeros hombres de letras que hubo entre los judíos, son mucho más posteriores. Mezclaron en Alejandría algunos dogmas de los estoicos con las antiguas costumbres judías. San Jerónimo sostiene que su secta fue poco anterior a la era vulgar.

Los filósofos no necesitaron a Homero ni a los fariseos para convencerse de que el mundo se rige por leyes inmutables y que todas las causas producen sus efectos necesarios. He aquí cómo raciocinaban.

O el mundo subsiste por su propia naturaleza, esto es, por sus leyes físicas, o un Ser Supremo lo creó según sus leyes supremas. En un caso y en otro sus leyes son inmutables, y los cuerpos graves tenderán siempre hacia el centro de la tierra, sin tender nunca a descansar en el aire. Los perales no producirán nunca manzanas. El instinto de la zorra será siempre diferente del instinto del avestruz; todo está medido, engranado y limitado. El hombre no puede tener más que determinado número de dientes, de cabellos y de ideas. Es contradictorio que lo que pasó ayer no haya pasado siempre; que lo que pase hoy no pase mañana, como también es contradictorio que lo que deba ser no sea. Si el hombre pudiera desarreglar el destino de una mosca, podría también desarreglar el destino de las demás moscas, el de los otros animales, el de los hombres y el de toda la naturaleza; entonces el hombre sería más poderoso que Dios.

Hay imbéciles que dicen: -El médico ha librado a mi tía de una enfermedad mortal, dándole diez años más de vida. Otros más presumidos dicen: ñEl hombre prudente sabe crearse su propio destino. Pero con frecuencia el prudente sucumbe a éste en vez de crearle; el destino es el que hace a los hombres prudentes.

Profundos políticos aseguran que si hubieran asesinado a Cromwell, a Ludlow, a Iretón y a una docena de parlamentarios ocho días antes de decapitar a Carlos I, este rey hubiera vivido más tiempo, y hubiera muerto en su lecho. Tienen razón los que eso dicen, y aun podían añadir que si el mar se hubiera tragado toda Inglaterra, ese monarca no hubiera muerto en el cadalso; pero las circunstancias se arreglaron de modo que Carlos I tenía que morir decapitado.
El médico salvó a tu tía, pero salvándola no contradijo el orden de la naturaleza, sino que se sujetó a él. Es claro que tu tía no fue dueña de nacer en otra ciudad, ni de impedir que tuviera en determinado tiempo cierta enfermedad; el médico no pudo encontrarse en otra parte más que en la ciudad donde estaba; tu tía tuvo que llamarle y él debía prescribirle los medicamentos que la han curado, o que se cree que la curaron, porque pudo también la naturaleza ser su único médico.

El labrador cree que por casualidad cayó granizo en su campo; pero el filósofo sabe que la casualidad no existe, y que era imposible, dada la constitución del mundo, que no granizara aquel día en el citado campo.

Personas hay que, asustándose de esta verdad, sólo quieren creer la mitad de ella, como esos deudores que ofrecen la mitad a sus acreedores, y les piden un plazo para pagar el resto. Dichas personas dicen que hay acontecimientos necesarios y otros que no lo son. Sería gracioso que estuviera arreglada una parte del mundo y desarreglada la otra; que parte de lo que suceda deba suceder, y que otra parte de lo que sucede no debía haber sucedido. Cuando nos fijamos en esta cuestión, vemos lo absurda que es la doctrina contraria a la del destino; pero por desgracia, hay en el mundo muchos hombres destinados a razonar mal, algunos a no razonar y otros a perseguir a los que razonan.

Encontraréis gentes que os digan: -No creáis en el fatalismo, porque si creéis en él, todo os parecerá inevitable, perderéis el afán del trabajo y os sumiréis en la indiferencia, despreciaréis la fortuna, los honores y las alabanzas; no desearéis adquirir, porque os creeréis sin mérito y sin poder; nadie cultivará el talento y todo morirá por apatía. -No creáis nada de eso, señores, contestaremos a las referidas gentes: siempre tendremos preocupaciones y sentiremos pasiones, porque es nuestro destino estar sometidos a unas y a otras. ñConoceremos perfectamente que no depende de nosotros tener gran mérito y gran talento; como no depende de nosotros tener el cabello espeso y la mano hermosa; estaremos convencidos de que no debemos tener vanidad de nada, y sin embargo, siempre tendremos vanidad.

Siento necesariamente la pasión de escribir lo que escribo, y tú sientes la pasión de criticarme. Los dos somos tontos y los dos somos juguetes de destino; tu organización está creada para perjudicar, y la mía para amar la verdad y para publicarla, a pesar de tus críticas.
El búho, que entre ruinas se alimenta con ratones, dijo al ruiseñor: -Deja de cantar en la espesura de los árboles, ven a mi madriguera, y en ella te devoraré. El ruiseñor le respondió: -He nacido para cantar en las ramas de los árboles y para burlarme de ti.

Voltaire: Diccionario filosófico