Fuera del mundo, fuera del pasado, fuera de sí mismo. El hombre no ha de conquistar su libertad, porque está condenado a ella y ha de asumirla sin mala fe, abriéndose a un proyecto sin meta, dioses ni causas: absurdo.

Dramaturgo, novelista, filósofo y teórico político, el pensamiento de Sartre intenta reflejar la totalidad del saber contemporáneo desde una perspectiva antidogmática que hunde sus raíces en el ateísmo. Su existencialismo, corriente filosófica y cultural a la que pertenecen también Heidegger, Jasper y G. Marcel "no es más que un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente".
"Si Dios existe, al menos hay un ser cuya existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido, por ningún concepto, y este ser es el hombre. No hay naturaleza humana porque no hay Dios que la conciba"

Efectivamente, la negación de la existencia de Dios trae como consecuencia inmediata la eliminación de todo esencialismo que postule la existencia de esencias inmutables, formas o naturalezas permanentes. Lo prioritario para el existencialismo no es la esencia, sino la existencia. Es más, es la existencia el lugar desde donde deberá hacerse un análisis sobre el mundo y el hombre: la existencia precede a la esencia.

Para Sartre, el hombre carece de una esencia previa que determine o condicione de antemano su existencia. Antes bien, es el propio despliegue existencial del hombre el que le dota de una esencia, de una determinación susceptible de definirle, de responder a la pregunta socrática ¿qué es?:

"El hombre primero existe, se encuentra, surge en el mundo y después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialismo, si no es definible, es que no es nada. Sólo será después y será lo que se haya hecho a sí mismo".(El existencialismo es un humanismo).

Lo peculiar del hombre es la ausencia de una naturaleza propia que le condicione o que le otorgue un modelo de conducta, o le provea de un destino o un quehacer específico. En esto se diferencia del resto de los seres materiales y naturales, los cuales propiamente no existen, sino que "son", "consisten" en algo:

"El hombre es lo que quiere ser, el hombre es lo que se hace. Este es el primer principio del existencialismo" (El existencialismo es un humanismo).

Inventándose a sí mismo a cada instante, creando sus propios valores, haciéndose al hacerse, el hombre existe y tiene conciencia de su existir: sabe que es pura contingencia, indeterminación absoluta, proyecto siempre inconcluso y constantemente decidible. Por ello, en su novela La náusea el protagonista, Antoine Roquentin toma conciencia de su existencia a través de la angustia de verse desamparado frente a toda elección, respecto a su responsabilidad y su libertad insobornables. Nada puede salvarnos, estamos aquí absurdamente, "de sobra" como todo lo que nos rodea: "todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad".

Rehusar esta condición, evadir el ejercicio de nuestra libertad o pretender falsificarla con ficticios determinismos esencialistas es propio de la mala fe, una farsa con la que pretendemos justificar nuestra claudicación frente a la libertad, mediante la cual rechazamos hacernos cargo del proyecto que somos. La mala fe imposibilita y elimina la autenticidad.

Ahora bien, Sartre distingue dos niveles de ser apoyándose en el análisis fenomenológico de la conciencia que antes había llevado a cabo Edmund Husserl.

Según la fenomenología, lo característico de la conciencia es la intencionalidad, es decir: el ser siempre conciencia de algo que no es ella, el consistir en un tender a (intentio) o proyectarse hacia. La conciencia no es, por lo tanto, ningún "en sí", ni tampoco es la operación o el substrato de un "yo". La conciencia se halla despojada de toda estructura "egológica"; sus contenidos estriban en aquello de lo cual es conciencia la conciencia. Ahora bien, ese algo a lo que tiende la conciencia (que se identifica con lo sensible y material) es denominado por Sartre "ser-en-sí", en contraposición al "ser-para-sí" o ser de la conciencia.

El ser-en-sí es lo que se aparece a la conciencia y por lo tanto, no es más que un fenómeno, una manifestación que debe ser develada, descrita fenomenológicamente. Como características propias de lo en-sí Sartre enumera las siguientes: es increado ("aunque hubiese sido creado, el en-sí sería inexplicable por la creación, pues asume de nuevo su ser más allá de éste"), opaco, ("lleno de sí mismo"), macizo ("está aislado en su ser y no mantiene ninguna relación con lo que no es él"); es lo que es ("el ser no puede ser derivado de lo posible ni reducido a lo necesario"). Lo en-sí simplemente es: nada le sobra ni le falta; no contiene ningún "no-ser"; éste lo añade la conciencia, es incumbencia del para-sí.

el ser-para-sí es un tender hacia el ser-en-sí que no es ella. Pero, por su intencionalidad, la conciencia es también conciencia de sí misma, autoconciencia que se da a la par de ser conciencia de lo en-sí. Ahora bien, este sí mismo que es la conciencia, nada añade, porque no es nada, no es un en-sí. Conocer algo es darse cuenta de que yo (que conozco) no soy ese algo conocido, es saber que soy separado, distinto; algo que se da distantemente, creando un abismo entre el en-sí y el para-sí, introduciendo la nada, porque la conciencia no es lo conocido (en-sí) ni tampoco es "algo" lo que conoce, sino el "lugar" donde todo aparecer se produce y todo es reducido a nada: "es un poder ser lo que no se es y de no ser lo que se es".

El ser para-si es el Dasein de Heidegger: el hombre; ser temporal, indeterminación radical que está "condenada a ser libre", a pesar del contexto socio-histórico, de la legalidad, incluso de toda coacción. En última instancia el hombre elige, prefiere, afirma o niega. Cualquier imposición aceptada, asumida aunque sea a regañadientes es una huida frente a la libertad, porque no hay nada que pueda salvarnos ni descargar nuestra libertad, ni siquiera Dios: "Si hemos definido la situación del hombre como una elección libre, sin excusas y sin ayuda, todo hombre que se refugia detrás de la excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo, es un hombre de mala fe".

Precisamente la idea de Dios no es más que la pretensión fallida de que el ser-en-sí y el ser-para-sí coincidan, coincidencia que es imposible y contradictoria y que caracterizan al proyecto que es el hombre, cuya autenticidad y grandeza le vendrán de asumir que su hacerse no puede retraerse a ninguna norma o criterio, que no hay "norma" o "valor" de lo en-sí que pueda regular su libertad. La idea de Dios es producto de la mala fe .

Ahora bien, además de lo en-sí y lo para-sí, el análisis fenomenológico nos descubre que hay otros seres para-sí que convierten nuestra conciencia en un ser-para-otro. Los otros limitan mi libertad, reducen mi ser a objeto, a ser-en-sí. El otro se me devela en el sentimiento de la vergüenza que me inunda cuando su conciencia ejerce su libertad pensándome como quiera.

Los otros nos poseen, nos hacen su objeto, nos dominan y alienan: "La vergüenza está, en la raíz, vinculada con el hecho de que caí en el mundo" (El ser y la nada).Según Sartre, la esencia de las relaciones entre las conciencias es el conflicto. Ni siquiera el amor escapa al absurdo, ya que mediante él, intentamos cosificar al otro, acapararlo como objeto cuando lo amamos. Tampoco si somos amados escapamos del masoquista deseo de dejarnos atrapar y absorber como si fuéramos un ser-en-sí. Esto justifica la máxima sartreana que afirma que el infierno es el otro.

Elena Diez de la Cortina Montemayor.

(Ver semblanza filosófica de Martin Heidegger)