El término existencialismo se ha oscurecido y disuelto en una
pluralidad de sentidos vagos y difusos debido al abuso que se ha ejercido
sobre él. Así, se habla de una literatura existencialista
(Kafka, Musil) o de una actitud existencialista ante la vida que llegó,
con el tiempo, a convertirse en una moda, aquella en la que primaban
el anticonvencionalismo y cierta estética en el vestir contraria
al "buen parecer".
Como movimiento filosófico, el existencialismo se desarrolló
en Europa, primero en Alemania y luego en Francia, a consecuencia de
la tremenda crisis provocada por las dos guerras mundiales. El mundo
dejó de ser un lugar apacible y el proyecto ilustrado de una
humanidad que conquistaría la justicia y el bienestar social
con la sola fuerza de su razón fracasó por completo. Ni
siquiera la ciencia o la técnica se mostraban útiles para
mejorar el mundo. El hombre convertía en instrumentos de dominio
y devastación todos los saberes.
Movimiento poco sistemático y muy heterogéneo, los existencialistas
respiran una atmósfera común de pesadumbre y desasosiego.
Se sienten arrojados a un mundo que ya no ofrece seguridades,
sino catástrofes. Este pesimismo común no hace más
fácil la tarea de determinar qué autores pueden ser incluidos
en este movimiento. Siguiendo a Abbagnano, un existencialista
italiano, podemos distinguir tres formas de existencialismo:
A. Un existencialismo de corte pesimista cuyos máximos
exponentes serían Martin Heidegger (1889-1976), Karl
Jaspers (1883-1969) y Jean-Paul Sartre (1905-1980).
B. Un existencialismo optimista y teológico, que estaría
representado por L. Lavelle (1951), Gabriel Marcel (1973)
y Renato Le Senne (1954).
C. Un existencialismo no orientado a ninguna de las dos posturas, que
sería el mantenido por el propio Abbagnano, M. Merleau-Ponty,
E. Paci y el último Sartre.
Esta dificultad de clasificación inherente al existencialismo
como movimiento filosófico requiere que lo abordemos a través
de sus temas, fundamentalmente los elaborados por dos de sus máximos
representantes: Heidegger y Sartre.
Los temas fundamentales del existencialismo
Las fuentes de las que brota la temática existencialista se encuentran
en Kierkegaard, Nietzsche y el vitalismo así como
la fenomenología de Edmund Husserl.
1. Definición de la existencia como modo de ser propio
del hombre.
En clara deuda con el pensamiento de Kierkegaard, para los existencialistas
lo que propiamente existe es el hombre, no las cosas, que toman su ser
en él o a través de él.
El hombre no tiene una esencia que le determine a ser o a comportarse
de una manera concreta, sino que él mismo es su propio hacerse,
su propio existir. Existir es sinónimo de hombre (el Dasein
de Heidegger o el "para-sí" de Sartre). Esto
significa que el hombre es libertad y conciencia. Libertad porque el
hombre es un modo de ser que nunca es dado de antemano (el Dasein
o ser-ahí es un poder-ser que tiene constantemente que
ejercitarse) ni tampoco es puesto por algo o alguien. Conciencia porque
la existencia es lo que nunca es objeto, sino aquello a partir de lo
cual me refiero a lo otro que no soy yo y con lo que me relaciono, además
de conmigo mismo (autoconciencia).
Para Sartre y Lavelle la existencia precede a la esencia, y la hace
posible, ya que si no existo no puedo conquistar mi esencia ni dármela
a través de actos absolutamente dependientes de mí. Heidegger,
sin embargo, no acepta este primado de la existencia sobre la esencia,
sino que identifica a ambas: el ser (esencia) del Dasein consiste
en su existencia (existenz).
2. Individualismo y particularismo.
Lo primario es lo singular y concreto, la existencia humana, pero no
en su generalidad, sino en la particularidad de "esta" existencia
humana o "aquella otra". El yo no es el momento de
una Razón absoluta o universal, como afirmaba Hegel.
3.Las cosas no existen, "son".
Es desde la existencia humana desde donde se establece el valor y sentido
de todo lo real. El objeto al que se dirige la conciencia no existe.
Es un "ser-en-sí" (Sartre), caracterizado por la plenitud
de coincidencia, la impenetrabilidad y opacidad. Su ausencia de relación
rehuye la temporalidad y entra en tensión con la conciencia,
"ser-para-sí". Ésta desea ser, a la vez, en-sí
y para-sí, lo cual equivaldría a ser Dios, algo imposible
de realizar (ateísmo).
4.Utilización de la fenomenología como método.
Los existencialistas parten del análisis husserliano de la conciencia,
a la que conciben como pura intencionalidad. Toda conciencia es siempre
un dirigirse hacia algo; es conciencia de, y por eso se proyecta hacia
fuera, hacia el objeto o "ser-en-sí".
La conciencia es "un poder de ser lo que no se es y de no ser lo
que se es", una intencionalidad que introduce la nada
dentro de ella: cuando conoce al objeto, se diferencia y separa de él
(enajenación). Si se intenta conocer a sí misma (autoconciencia)
debe convertirse en lo que no es (objeto), creando la nada, siendo nada.
La fenomenología se constituye no sólo en un método
de análisis de la conciencia, sino en una ontología (Heidegger)
que permite desocultar el sentido del ser: aquello que se manifiesta
(fenómeno) ante la existencia humana (Dasein).
5.Existir es estar en el mundo.
El ser del hombre es un ser-en-el-mundo (in-der-Welt-sein). Pero
"mundo" no es un lugar, ni designa la naturaleza. No estamos
"pasivamente" en el mundo, sino de manera activa y creadora,
trascendiendo siempre hacia "lo otro" (el ser-en-sí)
que no es la conciencia, hacia el "ser-en-sí" (el hombre,
la conciencia), sin poder abrazarlo.
La existencia humana consiste en un continuo "quehacer" que
tiene que vérselas con "las cosas", "aquello que
está a la mano": enseres, útiles. Mundo es instrumento
para que y en el que la conciencia se realiza, el conjunto de relaciones
de "las cosas" entre sí y con el hombre. El Dasein
crea mundo. La existencia es mundaneidad.
6.Posibilidad y elección.
El hombre es posibilidad abierta, libertad de hacerse esto y
lo otro. Elección. Ahora bien, en la medida en que el hombre
está arrojado al mundo, ha de contar con aquello que le
es "dado", las circunstancias (tratadas ampliamente por Ortega
y Gasset) que limitan sus posibilidades y su libertad. La autenticidad
consiste en no renunciar a la libertad bajo ninguna circunstancia: no
dejarse caer entre las cosas como una más de ellas (facticidad).
El hombre no debe eludir su responsabilidad de obrar libremente, de
lo contrario obrará de mala fe y llevará
una existencia inauténtica.
7.La angustia, la naúsea, la vergüenza.
Los sentimientos, al igual que la razón desvelan nuestra existencia
y nos ponen en contacto con ella, de manera más íntima
y radical que la razón.
La angustia nace de un futuro indefinido, de la falta de esencia,
de un horizonte cuajado de posibilidades al que el hombre debe enfrentarse
sin ninguna garantía, asumiendo plenamente su libertad de "construirse
a sí mismo a cada instante".
La náusea de Sartre surge de la falta de propósito
y finalidad del mundo y de los hombres. Todo está de más,
tejiendo el mismo entramado de lo absurdo del mundo. Ningún teleologismo
puede salvarnos porque la idea de finalidad es en sí misma producto
de la mala fe: un autoengaño.
La vergüenza es el sentimiento mediante el cual constatamos
que existen otros para-sí distintos al nuestro. En su presencia
me convierto en un objeto (en-sí), y quedo cosificado y privado
de mi libertad. El otro puede pensarme como quiera, anulando mi libertad
de ser.
El existencialismo, a través del análisis fenomenológico
de la conciencia, abruma al hombre con una pesada carga de responsabilidad,
pero también le muestra un camino individualmente creativo de
hacerse a sí mismo, a pesar de lo dado y de toda circunstancia.
Elena Diez de la Cortina Montemayor