LA CONDENA DEL BUFÓN (Por Elena Diez de la Cortina).

De cómo el bufón fue acusado ante el tribunal y del discurso que hizo para defenderse a sí mismo.



- Aunque no pueda alegar nada a mi favor, al menos déjenme que lo haga en su contra – dijo el bufón dirigiéndose al rey -.

- Su Majestad extiende el manto de su reinado, cubriendo con decoro la estulticia. Mas esa corte de falsos aduladores, nobles intrigantes y obscenos paladines de la ignorancia ¿en qué aprovecha a vuestra inteligencia?. Nada mejor que mis desatinos para esclarecer verdades y desnudar intrigas palaciegas.

Bufón soy y, por lo tanto, carezco del privilegio de verme aliviado de mi cabeza, elegante prerrogativa de la que sí disfrutan nobles y clérigos y por cuya razón, cuchicheos y silencios han venido a instalarse en el esplendor de sus pasillos y salones.

Mas como yo tan sólo puedo ser molido a palos o, a lo sumo, descuartizado en infinitas partes de mí mismo, sírvase su majestad de esta lengua siempre propietaria, capaz de aconsejaros sabiamente y sin disimulo, como la de aquel Will Sommers, bufón de Enrique VIII o la de Nasr-ed-Din Hodja, turco del siglo XIII. De éste se cuenta que un día, mirándose su rey en un espejo y apesadumbrado por lo viejo y decrépito que se veía, rompió a llorar incontenible, y toda la corte, como un reflejo suyo, se puso a llorar con él, dejando de hacerlo cuando el rey hubo terminado. Excepto Nasr-ed-Din, a quien el rey preguntó irritado por qué seguía llorando: "señor –dijo – os mirasteis en un espejo un instante y os pusisteis a llorar. Yo tengo que miraros todo el tiempo".

A decir verdad –continuó el bufón- en mucho os aprovecha mi existencia. Si la fealdad y desproporción de mis miembros os encumbran, por contraste, en paradigma de hermosura, no menos ventajosas son para vos mis ridículas acciones y grotescas piruetas. Tupido velo extienden que lleva a segundo plano vuestra incompetencia en los asuntos del Estado. Contrapunto soy de su Necedad Real y de la caricatura de su gobierno me erijo en único actor y perjudicado.

- ¡Habráse visto qué descaro! - cacareó el filósofo-, debería su majestad cortarle la lengua a este enano desvergonzado –gritaba furibundo mientras el bufón se burlaba de él con gestos solemnes y groseras muecas que levantaron la risa de todos los asistentes.

- Respecto a vos, ilustrísimo bienpensante –espetó el bufón- no dudo que por sus muchas lecturas conocerá que la libertad consiste en la observación juguetona de las cosas. No os sulfuréis conmigo, pues en muchas cosas coincidimos nosotros, los bufones, y los filósofos. Ambos jugamos con ideas y conceptos pues, qué otra cosa es un chiste sino un juicio juguetón. Mas, vuestras peroratas doctas y de altos vuelos carecen de todo humor y son huérfanas del don de la brevedad, que como dijo Shakesperare, es el alma del ingenio. Nuestros chistes, sin embargo, dicen lo que han de decir, no siempre en pocas palabras, pero sí en menos de las necesarias.

- ¡Insolente paticorto! –Chilló el filósofo cada vez más enfadado.

- Y contrahecho, como vos – contestó el gracioso -. Asiduamente competimos en fealdad, pues no he visto humanos más desprovistos de gracia y hermosura que aquellos que dicen llamarse a sí mismos "amantes de la sabiduría", título que profesan sin denuedo aquellos craneogordos incapaces de deleitar o seducir a otra mujer que a una tal llamada "Sofía", vieja prostituta al servicio del mejor pagador. En el arte del gorroneo y del ingenio filósofos y bufones poseemos las mismas destrezas. Ya desde la antigua Grecia rivalizábamos con nuestros ingeniosos comentarios para asegurarnos libre entrada en los banquetes de los nobles y, a la par que llenábamos de perspicaces ideas las molleras de nuestros comensales, iban redondeándose nuestras panzas con exquisitas comidas y mejores vinos.

- Su Graciosa Majestad debería impedir este alboroto – conminó el filósofo.

- Más que graciosa, su majestad es hilarante –continuó el bufón-. Además, no sé por qué os escandalizáis tan fácilmente, eminente filo-soso. De todos es conocido que, si vuestras investigaciones desfloran todo sentido, nosotros os mostramos, riendo, su desatino. Nace la broma cuando otorgamos a la palabras un significado que, sin embargo, es imposible concederle. Vuestras teorías son tanto más descabelladas cuanto más os proponéis defenderlas, como esa de un tal Leibniz, que decía que vivimos en el mejor de los mundos posibles, cuestión que debía haber mantenido en un estricto plano personal, pues sólo él vivía con los posibles mejores del mundo.

- ¡Este bufón es un revolucionario! –se escandalizó el clérigo- deberíamos empalarle inmediatamente o quemarle en la hoguera como se merece.

- Esta caritativa oferta es muy digna de vuestra fe, señor clérigo. Ya Voltaire muy cándidamente advirtió que vuestra religión, que en el más allá promete beatitudes, en el más acá instaura infiernos. No otra finalidad concedió Dios a este mundo, que la de hacernos de rabiar.

- ¡Loco blasfemo! –exclamó el clérigo mientras se hacía de cruces por todo el cuerpo-. ¡Que Dios perdone tu atrevimiento!

- Perdóneme Dios si le place, que yo a Él no se lo concedo. Loco soy, como aquel teólogo hermano suyo llamado Erasmo, cuya elocuencia queda manifiesta en su mordaz Elogio de la locura, donde no queda títere con cabeza: ni reyes ni papas, ni campesinos ni nobles, ni mujeres ni monjes se sustraen al dominio de la locura, la stultitia, la estupidez. Amigo de Erasmo y ancestro mío fue Tomás Moro, insigne político cuyo apellido proviene de la palabra moria, latinajo de locura. Tuvo éste entre sus enseres y otros familiares de la casa a un bufón para que los amenizara con sus sutilezas, pues como dijo Erasmo, presentad un filósofo en medio de una fiesta; hacedle bailar y desplegará las gracias de un camello. Sin embargo, Tomás Moro no tuvo la valentía ni la entereza de proponer que fuera el bufón el gobernante de su utópica república. Plagiando a Platón, determinó que los filósofos gobernaran ("aunque lo hicieran con la misma habilidad con la que un asno pulsa la lira") o, idea aún más extravagante, que los políticos filosofaran.

- El juez se levantó indignado, llamando al orden a todos los presentes que se desternillaban de la risa -, ¡Basta ya! Dictemos sentencia y acabemos de una vez!

- ¿Y el veredicto?- insinuó el bufón-.

- ¡La sentencia primero, el veredicto después!, determinó el juez Carroll, ilustre descendiente de la Reina de Corazones.

Y sin dejar pronunciarse al jurado, el juez ordenó:

- ¡Que le peguen siete veces en los órganos genitales con ramas de árboles, se le queme en la hoguera y sean sus restos arrojados al mar!-.

- No me intimidan vuestras zarandajas de togas y sotanas. No le tengo miedo a la muerte, lo que pasa es que no quiero estar allí cuando suceda ,-dijo el bufón, al que le hicieron tanta gracia sus propias palabras que, allí mismo y sin ningún decoro, cayó muerto de la risa-.

BIBLIOGRAFÍA

- Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam
- Utopía, de Tomás Moro
- República, de Platón
- Diccionario de símbolos, de J. Eduardo Cirlot
- Alicia en el Pías de las Maravillas y A través del espejo, de Lewis Carroll
- Hamlet, de Shakespeare
- El chiste y su relación con lo inconsciente, de Sigmund Freud.


Elena Diez de la Cortina Montemayor