Sobre el dolor y el placer

Todo lo que hacemos persigue este fin: la supresión del dolor y del miedo. Una vez que éstos se producen en nosotros, se desencadena toda la tempestad del alma, no pudiendo el ser viviente dirigirse, por así decirlo, a algo que le falta, ni a buscar otra cosa que llenar el bien del alma y del cuerpo. Porque tenemos necesidad del placer precisamente cuando, por no hallarse él presente, sentimos dolor. Cuando no sentimos ningún dolor no necesitamos ya el placer; y por eso decimos que el placer es el principio y fin de la vida feliz. Porque conocemos el placer como bien supremo y congénito, y él es el principio de todas nuestras elecciones y abstenciones, y a él atendemos, juzgando todo bien por el sentimiento, que tomamos como CANON. Y puesto que éste es el bien primero y connatural, por eso mismo no elegimos todo placer, sino que a veces, pasamos por alto muchos placeres, cuando de ellos se nos sigue una molestia mayor; y, al contrario, juzgamos muchos dolores más excelentes que los placeres porque se sigue para nosotros un placer mayor después que hemos soportado el dolor durante mucho tiempo. Por consiguiente, todo placer es bueno por su naturaleza, aunque no todo placer es elegible; y, recíprocamente, todo dolor es malo, pero no todo dolor es siempre rehuible. En teoría, todo placer es bueno para nosotros, aunque no debamos desearlos todos; todo dolor es un mal, pero tampoco podemos evitarlos todos.

Cuando decimos que el deleite es el fin más importante, no lo queremos equiparar a los placeres sensuales de los disolutos, como nos achacan muchos que no nos conocen o quienes pertenecen a otra escuela de diferente criterio. Estos nos censuran injustamente. Lo que nosotros entendemos por placer es la liberació del dolor del cuerpo y de la angustia en el espíritu. Esto es lo que nosotros llamamos una vida agradable, imposible de ser alcanzada con el continuo beber y divertirse, o satisfaciendo nuestra lujuria con niños y mujeres, o en banquetes en casa del rico, sino por el uso sensato de la razón, por una paciente búsqueda de los motivos que nos impulsan a elegir o rechazar, y zafándonos de las falsas opiniones que sólo sirven para turbar la paz del espíritu.

(Epicuro, Fragmentos.)