El temor a los dioses, a la muerte o al el destino no consiguieron perturbar la sencilla vida de placeres sosegados del Jardín de Epicuro.

Epicuro desarrolló su labor filosófica durante la época helenística, período histórico griego de gran inestabilidad política y social y de gran angustia personal que se extendió desde la muerte de Alejandro Magno (323 a. de C.) hasta el fin de la República romana (31 a. de C.) y en el que florecieron una serie de escuelas filosóficas (estoicismo, epicureísmo y escepticismo) que se caracterizaron por su eclecticismo y su mayor interés en los problemas éticos y antropológicos que en los meramente formales o científicos.


Nacido en la isla de Samos en el 341 a. de C., Epicuro, rodeado de unos cuantos amigos y discípulos, fundó una comunidad filosófica en una casa situada entre Atenas y el Pireo, donde se dedicó a enseñar su filosofía del jardín hasta su muerte, acaecida en el año 270 a. de C.. Prolífico escritor, no conservamos de sus obras más que tres cartas: A Heródoto, A Meneceo, y Carta a Fitocles.

La finalidad de su filosofía no era, sin embargo, meramente teórica, sino eminentemente práctica, encaminada sobre todo a procurar el sosiego necesario para una vida feliz y placentera en la que los temores al destino, los dioses o la muerte quedaran por siempre eliminados. Para ello se apoyó en una teoría del conocimiento empirista, en una física atomista y en una ética hedonista.

Gnoseología epicúrea

Epicuro sostuvo que el origen y el fundamento de nuestro conocimiento era la sensación (aisthesis), causada por la acción de objetos externos corpóreos, los cuales producen en nosotros una impresión sensorial (phantasía). El origen de la Phantasía es mecánico: consiste fundamentalmente en un conjunto de átomos que penetra en nuestros órganos sin modificarlos y que son emitidos por la superficie (atómica) exterior de los cuerpos. Tales "efluvios atómicos" crean una imagen exacta de los objetos; clara y distinta si la fuente emisora está cercana y no hay interferencias, y borrosa y engañosa si el cuerpo emisor está lejos o se produce algún error de emisión o interrupción.

No obstante, la sensación no es considerada como conocimiento racional (nous). Para que éste se produzca, las impresiones han de ser ordenadas, clasificadas y distinguidas entre sí a través de la prolépseis o de los preconceptos, que son imágenes mentales generales construidas a partir de la continuada repetición de impresiones semejantes. La prolépseis es el fundamento de los juicios y del lenguaje, instrumento que sirve para nombrar los preconceptos.

El criterio para distinguir lo la verdad de la falsedad se fundamente, radicalmente, en la impresión sensorial, ya sea externa o interna. Todo concepto que no proceda de una impresión será rechazado como falso, estimándose su claridad y distinción prueba directa y evidente de su certeza.

El empirismo de Epicuro no se extiende, sin embargo, a otros tipos de imágenes como los sueños, las visiones o las alucinaciones. Éstas no se fundamentan ya en objetos reales ni en una actividad interna de la mente, sino que son producidas por efluvios casuales de átomos combinados aleatoriamente. Las ideas sobre los dioses serán incluidas en idéntica jerarquía: efluvios sutiles de la divinidad.

La física atomista de Epicuro

Epicuro elaboró una nueva física o "conocimiento verdadero de la naturaleza de las cosas" en clara deuda con el atomismo de Demócrito y Leucipo. Según se desprende de sus escritos, todos los cuerpos del universo de los que tenemos conocimiento sensorial son compuestos de dos elementos: unos indivisibles, simples e inmutables que se mueven azarosamente, los átomos y el elemento que los delimita y permite sus movimientos: el vacío.

La diversidad de seres se explica por la diversidad de átomos que constituyen el compuesto: aun siendo la unidad mínima material, los átomos no son iguales; varían sus tamaños, formas y pesos, es decir: cualitativamente son heterogéneos. Esta última característica origina que sus movimientos naturales sean "hacia abajo". El peso es condición necesaria para el movimiento.

Ahora bien, ¿Cómo se explica entonces que se hayan creado los cuerpos como agregados de átomos si sus movimientos naturales son rectilíneos hacia abajo? Epicuro introduce un elemento de indeterminación. Debido a su peso los átomos se desvían impredeciblemente de su curso, chocando y entrelazándose unos con otros hasta formar un compuesto temporal y aparentemente estable. Esta "desviación" es accidental, lo que apoya su tesis de que la naturaleza no se rige por leyes necesarias, sino fortuitas.

La física de Epicuro elimina todo teologismo y finalismo, fortaleciendo el propósito de su filosofía: liberar a los hombres de los terrores al designio divino, la muerte y el destino. El universo no posee finalidad alguna, siendo todo fruto del azar.

Antropología de Epicuro

Aunque Epicuro socavó los fundamentos de la religión popular griega, no era, sin embargo, ateo. Aceptaba la existencia de los dioses por la universalidad y naturalidad de su creencia, que él sustentó en un hecho empírico: la generalización de la creencia proviene de efluvios atómicos que emanan de los dioses mismos y que penetran, no en nuestros órganos, sino directamente en nuestra mente por su mayor sutilidad. Mas esto no implica que los dioses puedan actuar sobre el mundo natural y humano. Al contrario, los dioses son absolutamente indiferentes y están libres de toda perturbación o pasión. Nada de este mundo les incumbe y por lo tanto, tampoco deben ser de incumbencia humana. Ni siquiera el hecho de morir ha de causarnos desasosiego. El alma (psiché) no existe ni podrá subsistir independientemente del cuerpo porque es un conjunto de átomos ínfimos distribuidos a través de todo el organismo. La muerte es el cese de esa unión, por lo que es imposible su inmortalidad o la transmigración. En este sentido, la teoría epicúrea mantiene bastantes semejanzas con la aristotélica.

Epicuro está intentando construir una filosofía terapéutica capaz de ayudarnos a alcanzar la paz y la imperturbabilidad de espíritu. Su ética hedonista, que tantos malentendidos causaría por fundamentarse en el placer, proponía una guía para la acción y la vida feliz.

Si el máximo bien que un hombre puede alcanzar es la felicidad (eudaimonía), ésta se identifica con el placer, entendido como la total ausencia de dolor. Ahora bien, no todos los placeres han de ser escogidos, ya que algunos pueden producirnos, a la larga, dolores mayores. Ha de hacerse un sabio cálculo entre las ventajas y desventajas para conseguir un máximo de placer y un mínimo de dolor, utilizando las virtudes como medios, no como fines (telos), para alcanzar la felicidad.

La prudencia es la guía del placer, porque permite llevar a cabo un cálculo óptimo.

La moderación es deseable porque nos proporciona un estado de imperturbabilidad (ataraxia), al eliminar deseos artificiales y necesidades creadas. Cuantos menos deseos tengamos y más sencillos y naturales sean, más fácil será satisfacerlos y vencer el dolor, que , en definitiva, es el que establece la magnitud del placer.

El coraje o la fortaleza nos permite liberarnos del miedo y la ansiedad, así como superar todos los males inevitables que nos acaezcan, corporales (enfermedad, muerte, etc.) o anímicos (tristeza, miedo al destino, a los dioses, etc.).

De entre todas las virtudes la más elogiogiada por Epicuro es la amistad, no sólo por el enriquecimiento y la satisfacción personal que otorga, sino porque supone el origen de la justicia social, concebida como un pacto de "no dañar ni ser dañado" en el que se fundamenta, en definitiva, toda sociedad.

Epicuro desafió las convenciones sociales de su época, desdeñando la intrigante vida política, la sobrevaloración ingenua de la riqueza y el poder, como medios inútiles de alcanzar la felicidad. Muy molesta fue su crítica contra la esclavitud y las desigualdades entre hombres y mujeres e incluso entre griegos y "bárbaros". A su Jardín, más una comunidad de amigos que una academia en sentido estricto, podía acceder cualquier persona independientemente de su origen social, raza o sexo, porque el bien nada sabe de esas distinciones. En una época de gran inestabilidad y angustia personal, su Jardín debió ser un apetecible y acogedor refugio.

Elena Diez de la Cortina Montemayor