Por José Biedma López.
Doctor en Filosofía por Granada, Tutor de la Uned de Úbeda, Vicepresidente de la Asociación Internacional de Amigos de Juan Huarte de San Juan y socio fundador de la Asociación Andaluza de Filosofía (AAFi).
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on el zaragozano Avempace o Ben Bacha (Ibn Bayya), fallecido en 1138, la filosofía hispano-musulmana recupera la tradición inspirada por Aristóteles. El aprovechamiento de la filosofía peripatética se introdujo en Oriente con Alfarabi y Avicena y, aun mezclada con neoplatonismo, disciplinará la mente y enseñará a mirar el mundo con ojos científicos, interesados por la contemplación e indagación de los secretos de la naturaleza, preservando la existencia de Dios, exigida por la lógica y supuesta por la física del Estagirita, como causa incausada y motor inmóvil.

Avempace merece una atención especial tanto por la profundidad de su pensamiento como por su influencia sobre Averroes y Alberto Magno, a quien influyó sobre todo en botánica.

Tomás de Aquino cita más a Avempace que Alberto Magno, aun, como su maestro, para rebatirlo. Alberto y Tomás reprocharán al zaragozano, sobre todo, la tesis de la unidad final de las almas y la negación de la inmortalidad personal del hombre. Las refutaciones de Romás de Aquino pueden seguirse en la Summa contra Gentiles, en el De anima y en el opúsculo De unitate intellectus contra averroistas.

Cuando Zaragoza cayó en manos de Alfonso I de Aragón en 1118, Avempace se refugió en Sevilla y residió en Granada, ciudades donde ejerció la medicina. Sus contemporáneos lo tuvieron por el más grande de los filósofos de al-Ándalus (entidad política que no debe confundirse con la actual Andalucía). Posteriormente, Avempace se trasladó a la corte de Fez, donde llegó a ocupar el puesto de visir, pero la efímera gloria desembocaría en desastre, pues en 1138 fue envenenado por competidores o envidiosos, por médicos o alfaquíes ortodoxos.

Contemporáneo del eclipse definitivo del Califato y la fragmentación del poder con los reinos de taifas, las fuerzas más integristas del Islam se debilitan y el momento es propicio para la falsafa y la preocupación por el hombre y su felicidad, aun dando por sentado y definitivo el ideal religioso del Islam. Importante comentarista de Aristóteles, los principales tratados filosóficos de Avempace quedaron inacabados. Sus tres grandes obras originales son: Carta del adiós (un tratado de lógica), Tratado de la unión del intelecto con el hombre y -la que más gloria dio a su autor- Régimen del solitario (Tadbir al-mutawahhid). Sabemos que en el campo de la astronomía Avempace participó en las polémicas de la época contra las concepciones ptolomeicas, porque el gran filósofo judío Maimónides (muerto en 1204) alude a un tratado de astronomía compuesto por nuestro musulmán.

Pero sin duda el tema más importante para Avempace es el de la Inteligencia Agente como término de todos los movimientos. La actividad más noble y felicitante -repetirá Avempace con Aristóteles- es la actividad intelectiva, ver y contemplar sin interés, como hace Dios, quien es puro entendimiento reflexivo, pensamiento del pensamiento. Su idea rectora se puede describir como un itinerarium que lleva al hombre-espíritu, al solitario o mutawahhid, a buscar su propia vocación y fin supremo, confundiéndose con la Inteligencia Agente, con el Entendimiento Activo Universal.

Avempace desarrolla una teoría de las formas espirituales. Distingue entre las formas inteligibles abstraídas de la materia y las formas inteligibles esencialmente separadas de ésta y que son percibidas sin necesidad de abstraerlas de la materia. "Hay seres que son formas puras sin materia, formas que nunca están vinculadas a la materia". Entre las formas del nivel corporal están las de las almas vegetativas y animales. Entre las formas o inteligibles del nivel espiritual, las de los sentidos internos (sentido común, imaginación y memoria), que también poseen los animales; y la forma de la razón, que nos es exclusiva a los humanos. Todavía por encima de esos inteligibles están las Formas del Intelecto:

-Intelecto Pasivo o en potencia, individual de cada persona.
-Intelecto Adquirido, también individual.
-Intelecto Agente Universal.

Según Joaquín Lomba, traductor y estudioso de Ibn Bayya, Avempace salta desde la perspectiva gnoseológica a la ontológica, pues esa esencia espiritual que es el Intelecto Agente Universal acaba convertido en una Sustancia pensante que se piensa a sí misma. Hace notar asimismo la rectificación que opera Avempace sobre el Motor Inmóvil aristotélico: el Dios de Avempace se conoce a sí mismo, como el noesis noeseos aristotélico, pero en ese mismo acto de autoconocimiento sabe también de lo que Él ha creado y ordenado del mundo.
El intelecto cuyo inteligible es él mismo es uno y no múltiple. La contemplación que procede de esta manera es la otra vida y constituye la única felicidad humana final. Se trata de una unión mística (racionalismo místico) del Intelecto Humano con el Intelecto Agente, mediante la contemplación, que deviene en un estado ontológico de real y existencial unidad con El. Es reconocible la raíz neoplatónica de esta unión (ittisal), por ejemplo, en el synápteîn, en el "anudamiento" o "religamiento" de la Enéada VI, 9, 8., que sucede a un nivel espiritual cuando se abandona la alteridad. También es posible que esta elevación mística tenga una fuente sufí, si bien el orden emocional y sensible propio de los sufíes, sería sustituido en Avempace por un orden racional, por un misticismo intelectualista. De ahí que podríamos pensar el régimen del solitario como un sufismo intelectual, que aúna a todos los hombres sabios cuando se funden con el Intelecto Agente, formando una comunidad de excelencia y sabiduría, una comunidad que ya no requiere ni de médicos ni jueces, porque es perfectamente saludable y justa.

Con esta concepción intelectualista de la Divinidad cosechó Avempace graves acusaciones de herejía, pues sus textos daban la impresión de negar la inmortalidad del individuo. Ya hemos dicho como Alberto Magno y Tomás de Aquino criticarán esas posiciones. Avempace sigue al peripatético Alejandro de Afrodisia (h. 198-211) cuando afirma la separación y unidad del Intelecto Agente para todos los seres humanos. El Intelecto Agente es así un Intelecto Separado (ho noûs ho zyrazen). Comentando a Aristóteles, Alejandro de Afrodisia distinguió entre Intelecto Material, propio de cada individuo (el noûs pathetikós del Estagirita), Intelecto Agente, exterior y único para todos los hombres (noûs poietikós); y el Intelecto Adquirido o en Acto, que ha pasado de poder conocer a conocer gracias a la iluminación del Intelecto Agente. Alejandro de Afrodisia identificó, finalmente, al Intelecto Agente con Dios. Alfarabi (879-950), el principal responsable, después de Alkindi del desarrollo de la filosofía en el mundo musulmán (falsafa), distinguió cuatro intelectos: Material o en Potencia; en Acto; Adquirido o Habitual; e Intelecto Agente, el que ilumina el Intelecto Material y le hace pasar a los estadios de Intelecto en Acto y Adquirido. En este como en otros temas Alfarabi, con su particular fusión de aristotelismo y neoplatonismo, influirá decisivamente en Avempace.

El Intelecto Agente de Avempace es único, eterno, separado y contiene en sí las esencias universales de todas las cosas, siendo el colmo de la espiritualidad y la meta máxima de la perfección del hombre.

La unión mística con el Entendimiento Agente es para Avempace un don que concede Dios al ser humano cuando éste ha culminado su ascenso de desprendimiento de la materia hacia una máxima espiritualidad, por la vía de la ciencia abstractiva, porque la ciencia acerca a Dios y la ignorancia aleja de El (Carta del adiós).

Para Avempace las virtudes y la vida moral tienen una función eminentemente social, no son sino un simple medio, siendo la ciencia racional la verdadera vía hacia el Intelecto. Si este Intelecto no es Dios mismo, resulta lo más próximo a El para nosotros. Una vez lograda la unión mística, la vida moral y las virtudes son trascendidas y se manifiestan inútiles. El hombre sabio, ascendido a esta cima, se sitúa por encima de toda acción y más allá del bien y del mal. Esta es la quietud o inmutabilidad de la pura contemplación y divinización.

El hombre que quiere ser sabio debe huir de la comunidad y aislarse, pues el hombres sólo puede ser parte de la sociedad si ésta es perfecta, no cuando es viciosa. El solitario sólo deberá unirse a los que son como él si es que existen. Esta elección de la soledad a que nos anima Avempace contrasta con el concepto de "umma" o comunidad política-religiosa tan importante en la cultura islámica. La figura del hombre que deja la sociedad para lograr la perfección religiosa es extraña a la espiritualidad musulmana. Al contrario que el libertado de la caverna platónica, este solitario no tiene ninguna obligación ni vocación de redención del prójimo, embebido en la ciencia abandona la ciudad y sus tentaciones...

«No conocemos nada mejor que nuestra dedicación [a la ciencia], la cual es superior al resto de otras clases de oficios, y que los hombres reconozcan que la ciencia es la más excelsa de las cosas humanas, pues la gente más noble reconoce que la ciencia verdadera es algo superior y digno, sea cual sea su utilidad o provecho o cualquiera de las cosas que encontramos que dijeron anteriormente acerca de la ciencia. Siempre tendremos la esperanza de lograr [con ella] algo grande, aunque no sepamos qué es lo que conseguimos, salvo que no hallamos para su grandeza un lugar [apropiado] en el alma ni podemos expresar lo que es, debido a su grandeza, excelsitud y espléndida belleza. Y esto, hasta el punto de que algunos hombres están convencidos de que viene a ser como una luz que asciende hasta el cielo» (Avempace, Carta del adiós, trad. J. Lomba).