EN BUSCA DE LOS EXTRATERRESTRES
Autor: Dr. Pablo Gabriel Ostrov.
(La presente edición, Cibernous 2004, cuenta con la expresa autorización del autor)

EN BUSCA DE LOS EXTRATERRESTRES

El escrito: Este artículo forma parte de la “Serie Difusión” del Observatorio de La Plata, una serie de folletos de divulgación científica, y ha sido incluido en folletos
editados por el Complejo Astronómico “El Leoncito” (San Juan, Argentina).

El autor: Pablo Gabriel Ostrov nació en Buenos Aires (Argentina) en 1962. Es Doctor en Astronomía por la Universidad Nacional de La Plata (Observatorio de La Plata, La Plata, Argentina) y Técnico en Electrónica. Entre 1990 y 1998 fue Becario del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), profesor y miembro de la Junta Académica y del Consejo Asesor para la designación de profesores y adjuntos. Su área de investigación son los Sistemas de Cúmulos Globulares Extragalácticos y las Estrellas Binarias Eclipsantes Tempranas. En la actualidad, y desde diciembre de 2002, es Operador del Telescopio en el Observatorio ASLEO. Es autor de numerosos trabajos científicos y de investigación, algunos de ellos accesibles en Internet, aparecidos en diversas publicaciones especializadas y en las actas de los congresos y simposios en los que ha participado. También es autor de numerosos escritos de divulgación científica, entre los que se halla el que ahora presentamos.

i. Cuando la intuición fracasa.
Cuando nos preguntamos si tenemos vecinos en el cosmos, y si es posible contactar con ellos, las primeras cuestiones que tenemos que respondernos son qué y cómo es el “espacio exterior”.

Supongamos que estamos en Mar del Plata. Sabemos que al otro lado del mar está Sudáfrica, pero nunca se nos ocurriría ponernos a gritar desde la playa y esperar que nos contesten desde el otro lado, ni tampoco tratar de llegar hasta allá nadando. Una de las mayores hazañas del mundo de la natación, el cruce del canal de la Mancha, le demoró a Matthew Webb, en 1875, nadar durante casi 22 horas. Suponiendo que un nadador pudiera mantener el mismo ritmo durante todo el tiempo, sin beber ni dormir, el cruce del Atlántico Sud demandaría unos seis meses (evidentemente, al poco tiempo de partir bebería agua en abundancia, pero salada, y se sumergiría en el sueño definitivo).

Nuestras nociones sobre el ancho del océano provienen de lo que hayamos estudiado (o no) en la escuela. A lo largo de la historia, las diferentes culturas elaboraron ideas erróneas sobre el tamaño de la Tierra, que por lo general apenas alcanzaba a contener la región que habitaban y conocían. En forma similar, los primitivos modelos del Universo eran muy mezquinos. El cielo se reducía a una simple bóveda o techo, dejando “afuera” suficiente lugar para el infierno, el paraíso y demás inmuebles usufructuados por los dioses.

La primera noción acertada sobre la verdadera dimensión de la Tierra proviene, obviamente, de haberla medido. La más antigua determinación de la cual se tiene noticia fue efectuada por Eratóstenes en el siglo III AC. Por aquellos tiempos, Aristarco explicaba la rotación de la Tierra sobre su eje y su traslación alrededor del Sol, efectuaba mediciones groseras (pero no disparatadas) de las distancias a la Luna y al Sol y conjeturaba que la órbita de la Tierra ocupaba una región diminuta del espacio, comparándola con la distancia hacia las estrellas.

De todas formas, el modelo aceptado por la Iglesia como “verdadero”' fue el de Ptolomeo, en el cual el universo se reduce a una Tierra esférica rodeada por cáscaras esféricas concéntricas, sobre las cuales se mueven la Luna, el Sol y los planetas. Sobre la última esfera se sitúan las estrellas.

Gracias a que las antiguas obras de los griegos habían sido traducidas al árabe por iniciativa del califa Harun al Raschid, los conocimientos no se perdieron totalmente. Hacia 1450, la imprenta (desconocida por los europeos en aquella época) es re-inventada por Guttenberg. Con la conquista de Bizancio por los turcos se comienzan a difundir por toda Europa las obras originales de los griegos, que los escolásticos habían traducido del árabe al latín.

Copérnico rescata algunas de las ideas de Aristarco y propone un sistema en el cual “el centro de las esferas está cerca del Sol” y sólo la Luna orbita alrededor de la Tierra. Hombres como Galileo y Képler abandonan el dogmatismo cristiano dando origen a la ciencia moderna: se deja de lado la mera filosofía y se edifica el conocimiento a partir de la observación de la naturaleza. Desde entonces, los astrónomos comienzan a medir el verdadero tamaño del cielo: En 1672, Cassini y Richter determinan la distancia a Marte en forma precisa. La primer distancia hacia una estrella cercana (61 Cygni) es determinada por Bessel recién en 1838, pero lo tardío de esta medida se debe sólo a que se requieren observaciones de gran precisión y no al desconocimiento de algún hecho importante. Herschell descubre las “nebulosas espirales” en el siglo XVIII. Si bien desde un principio se sospecha que estas nebulosas son en realidad galaxias similares a la nuestra, tanto la confirmación de esta idea como el descubrimiento de nuestra ubicación dentro de la Vía Láctea son asuntos de la historia reciente.

Hoy podemos decir que los astrónomos conocen las distancias a los planetas, las estrellas y las galaxias con aceptable precisión. Pero también hay que reconocer que las nociones de los que no son astrónomos acerca de estas cuestiones son, a menudo, tan erróneas como las ideas medievales.

Para tratar de tener una idea de las distancias astronómicas, supongamos que viajamos en un tren expreso. A la velocidad constante de 70 km/h, podríamos dar la vuelta al mundo (si existiera tal vía férrea) en unos 24 días. Llegar hasta la Luna demoraría sólo unos ocho meses de viaje, pero alcanzar Venus, nuestro vecino planetario más cercano, demandaría más de 160 años. El viaje hacia la estrella más cercana duraría unos 66 millones de años, muchísimo más de lo que ha existido la especie humana sobre la Tierra.

Evidentemente, hay que pensar en un medio de transporte más rápido. A la velocidad de un avión a reacción, llegar a la estrella más cercana demoraría unos 5 millones de años, por lo que tampoco sirve. Incluso si pudiéramos viajar a 400000 km/h (velocidad diez veces más grande que la que necesita un cohete para escapar de la atracción de la Tierra) dejaríamos atrás a la Luna en menos de una hora y podríamos llegar a Marte en sólo diez días. Apenas nos llevaría dos años el viaje hasta la órbita de Plutón, a 6800 millones de kilómetros del Sol, pero desde ahí hasta nuestra vecina estelar más cercana nos quedarían más de 12000 años de viaje. El Universo es muchísimo más grande de lo que podemos imaginar, y está hecho fundamentalmente de espacio vacío.

De todas formas, la velocidad es importante sólo si uno está apurado. Los astrónomos estudian los fenómenos físicos que ocurren en otras galaxias y la composición química de las estrellas sin necesidad de viajar hasta ellas, aunque su luz haya tardado miles o millones de años en llegar hasta nosotros. De igual manera, podrían estudiar a los extraterrestres si éstos aparecieran.

ii. Cuando la imaginación escasea.
En todas las épocas, el hombre ha poblado los cielos con una multitud de seres. Aún cuando todo el Universo se reducía a un mero recipiente que contenía a la Tierra, y el sol existía sólo para dar luz y calor a la gente, se suponía que todo ese tinglado había sido montado por un dios, con la asistencia de innumerables ángeles, demonios, serafines, etc. Por supuesto, esta multitudinaria legión de seres no es patrimonio exclusivo del cristianismo, sino que aparece ubicuamente a lo ancho de todo el espectro de creencias religiosas.

Al llegar el renacimiento, las supersticiones fueron cediendo ante el pensamiento científico y el hombre comenzó a conocer el mundo en que vivía. Sin embargo, la idea de un universo prolíficamente poblado fue aceptada desde un principio como algo natural, lo que no tiene nada de sorprendente en una época en que se podía creer que las ranas se formaban del barro cuando llovía.

Los astrónomos han descubierto que las leyes de la naturaleza son universales: las mismas leyes físicas válidas en la Tierra se verifican también en la Luna, los otros planetas, las estrellas y las galaxias más lejanas. El proceso de la vida comenzó sobre la Tierra al formarse una molécula capaz de hacer copias de si misma. Si bien por ahora no hemos encontrado vida en ningún otro lugar del Universo, no parece imposible que un fenómeno parecido se pueda desencadenar en otro sitio si las condiciones son favorables. El largo proceso evolutivo ha generado, a través del tiempo, un sinnúmero de especies vivas de los más diversos tamaños y formas. A pesar de las evidentes diferencias que distinguen a un hombre de una zanahoria, ambos son organismos estrechamente emparentados, ya que comparten un antepasado común (aunque, por supuesto, muy lejano). Por esto, el descubrimiento de vida extraterrestre (aún si se tratase de la más simple bacteria), sería de una importancia trascendental para la biología: todas las formas de vida estudiadas hasta el presente (incluidas la zanahoria y el hombre) tienen un mismo origen.

A esta altura, el lector percibirá fácilmente la diferencia entre los extraterrestres de ficción y aquellos sobre cuya existencia podemos especular en forma más o menos coherente. Los primeros platos voladores y marcianos aparecieron primero en el cine, y al poco tiempo empezaron a verse en los cielos. No es raro que los extraterrestres de película tengan características humanas, ya que resultaría difícil escribir un guión sobre alienígenas con forma de cucarachas que se comunicaran entre sí mediante exudaciones odoríferas y carecieran de “inteligencia”. Pero lo que sí es alarmante es la falta de imaginación de los cultores del realismo fantástico: si bien hay una abundante variedad de extraterrestres (de diversos colores y tamaños, algunos con antenitas, distinta cantidad de dedos, etc.), casi todos tienen características humanoides. Mientras que en la Tierra hay una enorme diversidad de animales y vegetales, algunos de las formas más extrañas y variadas (a pesar de compartir todos un predecesor común) resulta inverosímil que los alienígenas, que deberían ser distintos a todo lo conocido por tener un origen diferente, no sólo sean todos parecidos entre sí, sino que se parezcan tanto a uno de los animales terrestres ¡casualmente al homo sapiens!

La existencia de extraterrestres parecidos a nosotros resulta fácil de justificar desde un punto de vista religioso. Si creemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y aceptamos que también pudo haber creado al alienígena a su imagen y semejanza, entonces la similitud entre el hombre y el alienígena no es una prueba de la escasez imaginativa del primero, sino una manifestación del poder divino. Pero si los extraterrestres son manifestaciones divinas, resulta más apropiado seguir llamándolos ángeles, duendes, demonios y serafines.

 

iii. Sobre imperios galácticos.
Giordano Bruno sostenía que el Universo era infinito y razonaba que, ya que en nuestra región existe un sol rodeado de planetas, lo mismo ocurrirá en otras regiones (naturalmente, los cristianos lo quemaron vivo por hereje). Planteada en otros términos, la idea básica de Giordano Bruno era que no ocupábamos ningún sitial de honor en el Universo, que la Tierra era un planeta más entre otros y que el Sol era sólo uno más entre una infinidad de soles.

Los astrónomos han descubierto que las leyes de la naturaleza son universales: las mismas leyes que se verifican en la Tierra son válidas también en la Luna, los planetas, las estrellas y las galaxias más alejadas. Puesto que nosotros estamos aquí, ¿por qué no van a estar habitados todos los confines del universo ...?

Es tramposo decir “todos los confines del universo”. Si achicamos la Tierra, con todos sus países, océanos, desiertos y gigantescas montañas, al tamaño de una naranja, entonces la Luna sería una pequeña nuez orbitando a unos cuatro metros de distancia. El Sol sería un gran globo del tamaño de un edificio de cinco pisos y estaría a un kilómetro y medio de la naranja. El planeta Plutón y su satélite Caronte serían dos uvas a 70 km de distancia. Aparte del “sol”, en todo este espacio sólo hallaríamos los ocho planetas mayores con sus satélites y otros cuerpos menores como los asteroides, cometas, etc. El mayor de los planetas, Júpiter, sería una gran pelota de un metro y medio orbitando a 8 km del “sol”. Un verdadero despilfarro de espacio, no ...?

Aunque algunos de los planetas parecen tener condiciones adecuadas para la vida, hasta ahora no hemos hallado nada vivo en los que hemos visitado. En nuestro modelo a escala, para hallar el siguiente “sol” (otra pelota del tamaño de un edificio) tendríamos que andar más de 400000 km (¡mas que la distancia real a la Luna!) y probablemente nos encontraríamos con que allí no hay ninguna naranja adecuada.

Queda claro entonces que es una gran macana suponer que “en todos los sitios del Universo pasa lo mismo que en el nuestro”. En casi todos los sitios no hay absolutamente nada, excepto espacio vacío.

La otra trampa es decir “puesto que nosotros estamos aquí ...”. El Universo tiene unos 15000 millones de años de existencia y la propia Tierra unos 4700 millones. Los primeros humanos reconocibles aparecieron hace alrededor de un millón de años. Merced a los grandes radiotelescopios, podemos intentar comunicarnos con hipotéticos radioescuchas cósmicos desde hace algo más de treinta años. Si comparamos al Universo con un viejecito de cien años, hemos aprendido a hablar sólo seis segundos antes de soplar las velitas. Más allá del problema de las distancias, después de cien años de silencio pretendemos comunicarnos con otro viejito que también tiene que haber aprendido a hablar (y escuchar) justo en los mismos seis segundos que nosotros ...! Toda la historia de la humanidad es apenas un efímero instante comparada con la edad del Universo, así que no deberíamos ser tan pretenciosos como para exigir que justo en nuestro tiempo exista algún alienígena con ganas de conversar.

Si bien nuestra existencia sobre la Tierra es reciente, la vida ha existido casi desde la formación del planeta (aunque durante casi todo el tiempo no hubieron más que bacterias y algas primitivas). Esto significa que, si bien la existencia de “civilizaciones inteligentes” es poco probable, la proliferación de formas de vida primitivas debe ser relativamente común. ¿podremos alguna vez abandonar el sistema solar y viajar rumbo a las estrellas ...?

Con los medios actuales podríamos construir sondas que alcanzaran la estrella más cercana en sólo 15000 años, y el centro de la galaxia en unos cien millones de años. Una civilización que dominase el viaje interestelar ocuparía toda la galaxia en unos pocos millones de años sin necesidad de viajar a velocidades de ciencia ficción. Desde el punto de vista de la especie humana, estos tiempos son excesivamente largos: hace 15000 años los trogloditas pintaban las paredes de las cavernas y hace cien millones de años el planeta estaba habitado por dinosaurios. Pero hay fósiles de bacterias bastante complejas que datan de hace 3500 millones de años, frente a los cuales cien millones más o menos son poca cosa. Volviendo a la comparación con el viejecito de cien años, el tiempo necesario para ocupar toda la galaxia sería, en comparación, menos de un mes. En otras palabras, si existiera una civilización extraterrestre que dominase el viaje interestelar, ya hubiera ocupado toda la galaxia. Parece poco probable que dos viejitos, después de cien años de estar sentados, se les de por salir a dar un paseo justo durante el mismo mes.

En los párrafos precedentes he contemplado la posibilidad de la comunicación con inteligencias extraterrestres o de que una civilización se extienda por la galaxia. ¿No es posible que los alienígenas realicen “viajes de exploración” y luego regresen a su mundo...? En este caso el tiempo es el factor crítico: algunos millones de años no son nada frente a la edad del Universo, pero sí son considerables comparados con los tiempos a lo largo de los cuales las especies evolucionan.

Al reproducirse las células vivas ocurren, de vez en cuando, “errores de copia”. La competencia entre estos errores de copia, que tienden a destruir la información genética de la especie, y la selección natural, que permite que sólo proliferen las variantes adaptadas al medio, causan la evolución y diversificación de las especies. Es posible reducir los errores de copia disponiendo de más de una copia de la información genética: de hecho, en la biología terrestre la información genética es bastante redundante. Pero si la redundancia fuera mayor (y los errores de copia menos probables) la evolución sería imposible. Para que llegue a existir una especie inteligente, los errores de copia deben producirse. Una especie viva que se diseminara por la galaxia se diversificaría en varias especies diferentes, de la misma forma que las especies de hormigas que habitan en Sudamérica son diferentes de las que viven en África. Por esto los “viajes de exploraración” de ida y vuelta no son posibles, ya que al regresar los exploradores se encontrarían con que “su” mundo estaría habitado por otras especies.


iv. ¿Por qué proliferan tanto los chantas ...?
Como vimos en la introducción, la creencia en seres extraterrestres tiene bases profundamente religiosas. Consecuentemente, es natural que estas ideas proliferen cuando existe la libertad de culto. La idea de que alguien pretenda controlar qué cosas debe uno creerse (o no creerse) espanta, pero para que pueda existir una verdadera libertad de pensamiento se debería garantizar una educación suficientemente buena que nos permita pensar críticamente. Muchas de las creencias (ya sea que involucren ovnis o no) terminan en suicidios colectivos (para abordar el hipotético plato volador que venía escondido detrás del cometa Hale-Bopp) o encubren actividades criminales. Y sin duda la ovnilogía es inofensiva si se la compara con las muertes ocasionadas, por ejemplo, por las medicinas alternativas.

Obviamente que en una economía de mercado una clientela de creyentes tan amplia no puede pasar desapercibida. Cualquier escrito sobre platos voladores, triángulo de las Bermudas o astrología vende mucho más que un texto sobre ciencias escrito para el público en general. Esto no tiene nada de sorprendente, ya que quien escribe un libro de divulgación se topa con algunos problemas: debe vencer la dificultad de hacer entendible un tema complicado a un público de lo más heterogéneo posible, debe lograr que su obra resulte interesante y amena y probablemente le resulte difícil difundir su obra, ya que a los poderosos (aunque ya no usen la hoguera) les caen mal los tipos que “avivan a la gilada”. Para escribir un libro sobre platos voladores no se necesita ninguna preparación previa y sólo se requiere que el relato sea suficientemente fantástico como para cautivar la imaginación del lector. Y no se corre el riesgo de hacer enojar a nadie.

Queda un resquicio para la búsqueda de seres extraterrestres “de verdad”. Por un lado están las misiones de exploración, como los vehículos que se posaron sobre Marte y analizaron muestras del terreno en busca de cualquier cosa viviente. Si bien hasta ahora no se ha encontrado nada, estas investigaciones cuentan con la ventaja de no requerir de la existencia de una civilización alienígena avanzada que haya intentado comunicarse con nosotros en el momento preciso para que su mensaje llegue justo cuando nosotros podemos recibirlo, sino que está orientado a detectar cualquier forma de vida, incluso del tipo más primitivo. La desventaja es que sólo podemos investigar los mundos que tenemos a nuestro alcance, es decir (al menos por ahora) el sistema solar. Desde el punto de vista económico estas misiones representan una inversión considerable, pero se ve reflejada en el desarrollo de nuevas tecnologías y creación de puestos de trabajo, ya que es necesario el diseño y construcción de artefactos espaciales.

La otra aproximación a la búsqueda de extraterrestres de verdad la constituyen los proyectos tipo SETI (Search for Extraterrestrial Inteligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre) que buscan captar las emisiones de radio de hipotéticas civilizaciones tecnológicamente avanzadas. El problema de este tipo de programas es que utilizan los mismos recursos que los demás astrónomos. Para poder utilizar un telescopio, un científico debe presentar un plan indicando las cuestiones que piensa investigar y un resumen de los resultados logrados anteriormente. Sólo a los mejores proyectos se les da vía libre. Es claro que cuando se destinan recursos a proyectos de búsqueda de inteligencias alienígenas no se les pregunta a los responsables “cuántas civilizaciones extraterrestres descubrieron durante el último año”. Por esta razón, la búsqueda de inteligencia extraterrestre se desarrolla en una estrecha cornisa entre la ciencia verdadera y la charlatanería.