Anaxágoras, la pluralidad inanimada y el Noûs.


"Todas las cosas estaban juntas; luego llegó el Intelecto (Noûs) y las puso en orden".
Anaxágoras.

El segundo autor directamente relacionado con la pluralidad del que nos ocuparemos es Anaxágoras, que naciera probablemente en el año 500 a. C. para morir en 428 a. C. Guthrie (1984: 277-8) recoge algunas entrañables anécdotas de su vida. Habiéndosele reprochado su escasa preocupación por las cosas públicas, lo cual podría indicar desinterés por su patria, replicó que él se ocupaba constantemente de su patria, señalando hacia el cielo; y cuando, retirado en Lámpsaco, las autoridades le pidieron que pidiera un deseo respondió que se le concediese a los niños un día de vacación en el mes de su muerte.

Conceptos básicos

Anaxágoras retoma en buena medida la tradición física de sus antecesores jonios y se interesa especialmente por los fenómenos meteorológicos, además de teorizar una cosmogonía original. Aseguró que el Sol es una piedra ardiente, no una entidad divina, y la tradición le atribuye la leyenda imposible de haber predicho la caída de un meteorito en Egospótamos (Tracia) en 467 a.C. Anaxágoras, por tanto, desacraliza el cosmos de Empédocles al eliminar de los ciclos cósmicos cualquier motivación religiosa en los procesos de creación (mezcla) y destrucción (separación) de las sustancias elementales.

¿Cómo podría proceder lo que es carne de lo que no es carne?, se preguntó Anaxágoras, criticando la teoría empedocleana de los cuatro elementos (más dos fuerzas "motrices") de la naturaleza. Anaxágoras multiplica el número de sustancias inspirado por el "problema de la nutrición": ¿cómo pueden repercutir beneficiosamente en las diferentes partes de nuestro cuerpo (pelo, uñas, tejidos internos) los alimentos cuando habitualmente se trata de cosas "simples y homogéneas" como el pan y el agua? A ello se une el axioma de que nada se crea y nada desaparece, con el que Anaxágoras prosigue en la senda de Parménides mediante los conceptos de mezcla y separación para explicar las mutaciones de la realidad. Este empirismo procede esencialmente, según Jaeger (1993: 156) de la práctica médica "fruto de aquella autoeducación en los cuidadosos métodos de comprobar las cosas íntegra y paulatinamente que brota de un fuerte sentimiento de responsabilidad frente a la vida humana".

En la mezcla original indefinida hay un número infinito de elementos a los que el Noûs imprimió un movimiento de remolino diferenciador de tal forma que las diversas sustancias son ahora cualitativamente identificables. En cada sustancia hay porciones (llamadas por Aristóteles homeomerías y quizá también por Anaxágoras, o spérmata -semillas- con el término sinónimo más propiamente anaxagóreo). En cada ser natural hay semillas homeoméricas de cada una de sustancias y la preponderancia numérica hace que cada sustancia sea lo que es, propuesta pluralista que pretende dar cuenta del fenómeno objetivo de la transformación de unas cosas en otras sin recurrir a la creación ex nihilo.

Y de la paradoja de que nuestro cuerpo tome forma por medio de sustancias que aparentemente no forman parte del mismo da paso a la teoría de la homeomerías. Si nada puede originarse de la nada (ni destruirse o desaparecer totalmente) cada una de las sustancias visibles debe proceder germinalmente de la masa original indiferenciada a la que el Noûs imprimió su movimiento divisor, lo que llevó a ver cumplidas las potencialidades inherentes a la masa primigenia. En el pan, en el agua y en cualquier otro alimento que tomamos debe haber partes, siquiera "testimoniales" de pelo, uñas, músculos y órganos internos que a través de la ingestión y procesos de mezcla pasan a formar parte de nuestro cuerpo.

¿Qué es este Noûs que impulsa a la múltiple colección de homeomerías a organizarse de forma equilibrada? Es el principio activo que impele a materia a organizarse a partir de un movimiento de remolino; además es independiente, infinito y capaz de moverse a sí mismo, y no participa de mezcla alguna. Aquí se halla, como indicó Aristóteles, (Guthrie, 1984: 286) la más importante aportación teórica de Anaxágoras: la separación radical entre fuerza motriz y materia movida. Pero no por ello el Nôus puede identificarse con un principio inmaterial ajeno a lo material, separación que en la historia de la filosofía llegaría más tarde. El Nôus es material como el aire y el agua, aunque de un tipo "especial" de materia, capaz de imprimir el movimiento cosmogónico al resto de la materia homeomérica. No hay en Anaxágoras un dualismo completo, aunque sí un germen del mismo, por tanto. Todo sigue siendo materia como en la primera filosofía jónica, aunque haya materia más "sutil" y "pura" (la del Nôus) que otra. Este Nôus es identificado por nuestro filósofo con la Divinidad aunque tampoco pueda hablarse de teísmo de acuerdo con lo que éste concepto encierra para nosotros. Anaxágoras se halla en el camino que va desde el panteísmo anterior al teísmo dualista posterior.

Debemos tener siempre cierta precaución a la hora de detectar intuiciones geniales en los filósofos antiguos que luego la ciencia contemporánea habría confirmado; fundamentalmente por dos motivos: primero, porque la ciencia contemporánea no obra por referencia a cosmovisiones antiguas; y segundo porque debe ser establecido con el rigor suficiente que el paralelismo no es sólo nominal, sino conceptual y esencial. Vimos en el texto anterior sobre Anaximandro su propuesta teórica de una evolución en la naturaleza y la valoramos como curioso precedente digno de atención a pesar de los milenios que separan al jonio de Darwin. En el caso de Anaxágoras, cuando afirmó que todas las cosas estaban juntas antes de que llegara el Intelecto o Nôus, podría parecer que entrevé una singularidad inicial a la que una Inteligencia divina impuso un orden potencial, lo cual sin duda recuerda directamente al "estallido" inicial llamado Big Bang, al margen de que esta teoría contemporánea no postule agente consciente o inteligencia alguna en el proceso. En este sentido Anaxágoras dijo que (fragmento 12) "... y él [Noûs] controló la rotación universal e hizo que todo girara en el principio".

¿Pluralidad de tierras y soles?

El consenso mayoritario entre los comentadores actuales es que Anaxágoras creyó en un único mundo (kósmos), aunque no han faltado quienes aseguraron lo contrario, con lo que ha tenido lugar un debate semejante al originado con Anaximandro en torno a la sucesión de diversos cosmos o la simultaneidad de los mismos.

El testimonio de Anaxágoras en torno a su supuesta creencia pluralista está recogido en parte del fragmento 4, uno de los conservados de la obra anaxagórea, donde asegura que:

"Y se formaron hombres y todos los demás animales que tienen vida, y estos hombres han establecido ciudades y cultivado los campos como entre nosotros, y hay para ellos sol y la luna y lo demás como entre nosotros, y la tierra hace crecer para ellos toda suerte de productos, los más útiles de los cuales los almacenan en sus casas y los usan. Ésta es mi exposición de la separación, que tiene que haber acontecido no sólo donde nosotros vivimos, sino también en otros lugares". (Reproducido en Guthrie, 1984: 323).

Este fragmento, de apariencia "pluralista", no se corresponde con la unicidad establecida doxográficamente de la cosmología de Anaxágoras. Guthrie aduce tres posibles causas para esta aparente contradicción, que salvarían la negación de la pluralidad de nuestro filósofo:

a) Según algunos intérpretes podría estar aludiendo a la luna, pero esto no concuerda con una teoría de varios mundos ya que el texto asegura que esos habitantes tienen sol, la luna y lo demás "como entre nosotros". Se supone, por tanto, que se refiere a otros hombres pero tan terrestres como nosotros, habitantes de nuestro planeta.

b) No parece, según los textos conservados, que Anaxágoras se ocupara directamente de la posible existencia de otros mundos o kosmoi completamente diferentes al nuestro, al igual que luego hicieran los atomistas. En las historias sobre la pluralidad cósmica se suele colocar al clazomenio como uno más en la lista de los griegos pluralistas, lo cual no está justificado a tenor de lo que a través de los siglos nos ha llegado de su vida y obra.

c) Para Simplicio Anaxágoras podría estar refiriéndose a otras partes de la superficie de la tierra.

Simplicio es el comentador antiguo más fidedigno en torno a este enigmático pasaje, pues, paradójicamente, sólo nos transmite la necesidad de evaluarlo aun hablando el texto comentado a favor de una interpretación pluralista. Hay un punto importante según el doxógrafo antiguo que contrasta con la interpretación de Guthrie: según Simplicio el texto de Anaxágoras (citado en Kirk et al. 1987: 530)

"Tampoco quiere significar que habitan ahora otras regiones del mismo mundo, ya que no dijo 'que tienen el sol y la luna como nosotros', sino 'sol y luna como nosotros' -como si se refiriera a un sol y a una luna diferentes".

La ausencia del artículo 'la' es determinante para esta cuestión. Éste falta en la traducción del comentario de Simplicio y por tanto es de suponer que también está ausente en el fragmento original de Anaxágoras. En cambio, en la traducción del fragmento anaxagóreo que realiza Guthrie (1984: 323) el artículo sí aparece, determina por tanto a una luna, la luna, nuestra luna, con lo que queda cerrada, aparentemente, la posibilidad de que Anaxágoras se esté refiriendo a otros mundos semejantes a nuestro satélite. Pero Simplicio había dejado claro que Anaxágoras

"... no dijo que [otros hombres y animales] tienen el sol y la luna como nosotros', sino 'sol y luna como nosotros'.

En cualquier caso, la prudencia nos lleva a seguir el consejo de Kirk et al. (1987: 531) y dejar la cuestión irresuelta al no derivarse inevitablemente la multiplicidad cósmica de la doctrina cosmogónica de Anaxágoras. El pluralismo materialista entraría en escena con los atomistas.


Bibliografía

Historia de la Filosofía griega (II). W. K. C. Guthrie, Gredos, Madrid, 1984.

Los filósofos presocráticos. G.S. Kirk, J.E. Raven, m. Schofield, Gredos, Madrid, 1987.

La teología de los primeros filósofos griegos. Werner Jaeger. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.