«Astrobiología y la comunicación integral de la ciencia y la tecnología», ponencia presentada en el II Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia y la Tecnología (La Laguna, Tenerife, 26-30/09/2005).

Miguel Alcibar es actualmente el Responsable del área de Comunicación del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), asociado al NASA Astrobiology Institute. Es licenciado en Ciencias Biológicas y doctor en Comunicación. Pertenece al Grupo de Investigación Cultura y Comunicación, adscrito al Departamento de Periodismo I de la Facultad de Comunicación, Universidad de Sevilla (España). Sus intereses se centran en la representación social que los medios realizan de las controversias tecnocientíficas, así como en la relación entre la ciencia y la tecnología y la cultura popular.


Según la definición dada por la Agencia Espacial Norteamericana en su documento NASA Astrobiology Roadmap, la Astrobiología es el estudio del origen, evolución, distribución y futuro de la vida en el Universo [1]. Este revitalizado campo de investigación trata de responder a viejas y fundamentales preguntas con nuevos métodos y lenguajes. ¿Cómo se originó y evolucionó la vida?, ¿existe vida en otros lugares del Universo?, ¿cuál es el futuro de la vida en la Tierra y, en su caso, fuera de ella?, son las cuestiones más transcendentes que se plantea el programa astrobiológico de la NASA.

Dada la complejidad y diversidad de las áreas temáticas involucradas en la resolución de las tres cuestiones anteriores, la Astrobiología requiere para su desarrollo del concurso de muchas y variadas disciplinas bien establecidas, tales como la Biología, la Física, la Química, la Geología o la Robótica. Es por ello por lo que Instituto de Astrobiología de la NASA (NAI) ha elaborado una “hoja de ruta” en la que describe las metas y objetivos científico-tecnológicos fundamentales que deben guiar al investigador que se adentra en este campo de estudio. La Astrobiología es, por tanto, una ambiciosa y fascinante área transdisciplinar que pretende tender puentes de entendimiento entre las ciencias biológicas, las físicas y la ingeniería, convirtiéndose de esta manera en un modelo ideal para comunicar al público de forma integral distintos aspectos de la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad (CTS).

La Astrobiología se sustenta en la presunción lógica de considerar la vida como una consecuencia necesaria de la evolución de las leyes físico-químicas que rigen el Universo o, dicho de forma sucinta, de considerar la vida como un “imperativo cósmico”. Para la mayoría de los astrobiólogos, la detección de vida extraterrestre, por sencilla que ésta fuera, representaría un sólido referente empírico para la hipótesis que considera la vida como un “imperativo cósmico”, en detrimento de aquéllas que la suponen el resultado de un extraordinario e improbable cúmulo de casualidades. Tal presunción se basa, por una parte, en la teoría del Big Bang y, por otra, en la teoría darwiniana de la evolución biológica. Además -argumentan estos astrobiólogos-, la idea de la vida como un “imperativo cósmico” tendría dos firmes apoyos si se llegara a constatar (1) que todas las estructuras del Universo –de las galaxias a las conchas de los moluscos- siguen las mismas reglas matemáticas de organización, llamadas leyes de potencia, y (2) que la vida en nuestro planeta se originó tan pronto como la incipiente Tierra dejó de ser una bola incandescente, debido al intenso bombardeo meteorítico que sufrió durante sus primeros 600 millones de años.

La fertilización cruzada en la Astrobiología

Advierte Javier Echeverría que la transdisciplinariedad y la simbiosis entre ciencia y tecnología es uno de los rasgos distintivos de la tecnociencia, frente a la compartimentación disciplinar de las ciencias y las tecnologías de la Era Moderna [2]. Sin lugar a dudas el rasgo que define mejor a la Astrobiología es su vocación transdisciplinar. Debido a las significativas cuestiones que se plantea, los grandes proyectos tecnocientíficos en este campo necesariamente son transdisciplinares. Sin embargo, en muchos casos, el abordaje de estas cuestiones se lleva a cabo mediante acercamientos parciales e hiper-especializados. Hay, por tanto, una cierta tensión entre la necesidad de forjar en el astrobiólogo una “mentalidad transdisciplinar” y la inevitable hiper-especialización de la actual actividad científico-tecnológica. Esta hiper-especialización ha convertido a las distintas disciplinas en verdaderos compartimentos estancos, lo cual no favorece la saludable fertilización cruzada de ideas, métodos y procedimientos que precisa la Astrobiología. Por consiguiente, los científicos y tecnólogos procedentes de diferentes disciplinas que trabajan en esta área del conocimiento deben encontrar cauces de colaboración y entendimiento que faciliten una comunicación fluida y fructífera que, en última instancia, redundará en la generación de nuevas ideas y planteamientos.

Algunas de las áreas temáticas que estudia la Astrobiología son el nacimiento y la muerte estelar, el reciclado de elementos que se fraguan en el horno termonuclear de las estrellas, la formación de sistemas planetarios, el origen y evolución de la vida, la búsqueda de biomarcadores extraterrestres, la evaluación de la habitabilidad de planetas y satélites en y más allá de nuestro Sistema Solar, el estudio de la geosfera, hidrosfera y atmósfera de la Tierra primitiva, las extinciones en masa y la biodiversidad, los fósiles y la evidencia geoquímica de la vida temprana en nuestro planeta, la vida en condiciones extremas, el análisis de meteoritos, la protección planetaria, la ingeniería robótica de las misiones espaciales, etc [3].

No es casual, por tanto, que las líneas de investigación más excitantes y prometedoras se encuentren en la frontera entre dos o más disciplinas. Así, por ejemplo, se sabe que los microorganismos terrestres están íntimamente relacionados con los procesos de degradación de las rocas. Desde una perspectiva astrobiológica, estos procesos dejan “firmas de la vida”, tales como compuestos químicos específicos de origen biológico o, incluso, fósiles microbianos, que podrían servir para identificar formas vivas en rocas de otros cuerpos del Sistema Solar, tal es el caso de Marte. Este tipo de investigación implica la participación no sólo de geólogos planetarios y biólogos moleculares, sino también de ingenieros capaces de diseñar instrumentos que detecten de forma automática y remota posibles señales de actividad biológica en muestras de origen extraterrestre.

En un reciente artículo publicado en la revista Astrobiology, varios investigadores adscritos al Centro de Astrobiología (CAB), han descrito un interesante experimento, que bien puede considerarse un brillante ejemplo de trabajo transdisciplinar [4]. La idea de poner en contacto microorganismos extremófilos -capaces de oxidar el hierro- con un fragmento del meteorito de Toluca -constituido principalmente por una aleación de Fe y Ni-, para comprobar si éste último era utilizado por los primeros como fuente de energía, surgió de las charlas informales en los pasillos del CAB, entre dos microbiólogos, un biólogo molecular, un geólogo planetario y un experto en espectroscopia Raman. La idea cobró relevancia cuando los investigadores se plantearon la posibilidad de que dos especies de bacterias, aisladas del ambiente ácido y saturado en metales pesados del río Tinto, en Huelva, pudieran “alimentarse” de compuestos inorgánicos presentes en el meteorito [5]. Dado que estamos hablando de microorganismos que oxidan y/o reducen el hierro en condiciones extremas, en un primer momento podría pensarse que el resultado del experimento sería positivo, es decir, las bacterias asimilarían totalmente el hierro del meteorito. Pero lo cierto es que los investigadores eran escépticos. Lo que les hacía dudar, pero también los estimulaba, era el hecho de que el hierro del meteorito estaba como Fe0, una forma neutra que, presumiblemente, debería ser difícil de asimilar por estos microorganismos: una de las especies (Leptospirillum ferrooxidans) oxida el Fe2+ en aerobiosis (presencia de oxígeno) y la otra (Acidithiobacillus ferrooxidans) reduce el Fe3+ en anaerobiosis (ausencia de oxígeno). A pesar de ello, y para sorpresa de todos, el experimento demostró que las bacterias son capaces de crecer utilizando como fuente de energía el hierro del meteorito.

Además de sus connotaciones astrobiológicas, este trabajo transdisciplinar podría tener consecuencias directas para la Sociedad. El análisis detallado de la oxidación biológica del hierro neutro podría ayudar a los arquitectos e ingenieros a comprender mejor los procesos corrosivos que afectan, por ejemplo, a edificios y medios de transporte, y de esta manera estar en mejor disposición para paliar sus efectos perjudiciales. En cuanto a las implicaciones astrobiológicas, la panespermia podría abrirse camino como un potencial mecanismo de dispersión de la vida por el Universo. Esta posibilidad implica admitir que en otros lugares distintos de la Tierra hayan surgido microorganismos oxidadores del hierro, similares a los utilizados en el experimento del CAB, lo suficientemente robustos como para soportar las duras condiciones que impondría un eventual periplo interplanetario (altas dosis de radiación ultravioleta, bajísimas temperaturas, ausencia de oxígeno, etc.).

Buscar lo desconocido a partir de lo conocido

En una de las imágenes de alta resolución tomada por la Mars Orbiter Camara (MOC), instalada a bordo del orbitador Mars Global Surveyor (MGS), se observa una zona de la superficie de Marte surcada por un sistema sinuoso que se asemeja a los valles fluviales terrestres. De la ausencia de cráteres de impacto, los científicos han inferido que se trata de cauces de inundación que se formaron por la acción violenta del agua hace aproximadamente 10 millones de años, una edad muy reciente en términos geológicos.

La geomorfología, es decir, el estudio del relieve terrestre y su evolución, se preocupa, entre otras cosas, de interpretar este tipo de imágenes. No se trata, por tanto, de coleccionar de forma inconexa hechos observacionales con los cuales probar modelos teóricos. Más bien, lo que pretende la geomorfología (o areomorfología, si nos referimos a Marte) es relacionar las observaciones sobre determinados accidentes geológicos para descubrir la congruencia y la coherencia en la explicación de estas observaciones. Como demuestra el ejemplo de la MGS, inferir la hipótesis de que por la superficie de Marte fluyeron grandes cantidades de agua, ha requerido que los científicos relacionen lo observado con rasgos geomorfológicos similares, previamente identificados y explicados en nuestro planeta. Estos rasgos sólo cobran sentido en el actual marco conceptual de las ciencias de la Tierra, como por ejemplo, dentro de los postulados de la teoría de la tectónica de placas. En las inferencias hipotéticas, la relación analógica sirve para sugerir fructíferas hipótesis de trabajo [6].

Es interesante detenerse, aunque sea brevemente, en lo que significa la inferencia hipotética. Para Charles S. Peirce, quien la estudió ampliamente y también la llamó abducción, la hipótesis [o inferencia hipotética] se da cuando deparamos con una circunstancia curiosa, que sería explicada por la suposición de que ella es un caso de cierta regla general, y, a partir de eso, adoptamos esa suposición. O, cuando descubrimos que, en cierto aspecto, dos objetos presentan una gran semejanza, infiriendo que ellos también se asemejan fuertemente en otros aspectos [7]. El razonamiento hipotético o abductivo opera, por tanto, de una regla o teoría general hacia un caso particular, mientras que el inductivo lo hace justo al contrario. Por su parte, la deducción es el proceso de inferir las consecuencias probables y necesarias de una hipótesis.

El científico con mentalidad astrobiológica procede ante un enigma a la manera del clásico detective privado de los relatos de Edgar A. Poe (Auguste Dupin), Gilbert K. Chesterton (el padre Brown) o Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes). A partir de los indicios, a veces sutiles, que aparecen en el lugar del crimen, los sagaces investigadores creados por estos escritores son capaces de reconstruir la secuencia de los hechos y descubrir la identidad del asesino. Aunque la infalibilidad no está garantizada, la lógica de sus pesquisas es implacable. Veamos el siguiente ejemplo.

En agosto de 1996, los medios de comunicación se hicieron amplio eco de la noticia que aseguraba que un equipo transdisciplinar, encabezado por David McKay, del Centro Espacial Johnson de la NASA, había descubierto cuatro tipos de indicios en el meteorito marciano ALH84001, que considerados en conjunto sólo se explicarían si se admite que en el Marte primitivo existió vida. Los resultados de tan arriesgada y sugestiva hipótesis suscitaron opiniones encontradas en el ámbito científico [8].

Tras su análisis, el equipo de McKay reconstruyó la historia del meteorito. Al parecer, éste se solidificó a partir del magma, para formar parte de la corteza original de Marte, hace unos 4.500 millones de años. En una época temprana de la historia del planeta, el impacto de otro meteorito quebró la roca primigenia, dejando fracturas en la corteza. Mucho más tarde, otro impacto lanzó la roca al espacio, por el que vagó 16 millones de años hasta que penetró en la atmósfera terrestre y cayó en la Antártida. Allí permaneció enterrada en el hielo por unos 13.000 años, hasta que fue descubierta en 1984. En las fracturas que presentaba el meteorito, debido al primer impacto que sufrió la originaria corteza marciana, McKay y sus colaboradores hallaron los cuatro indicios de vida: glóbulos de carbonato, acúmulos de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), diminutos cristales de magnetita y sulfuro de hierro, y estructuras ovoides y alargadas, similares a fósiles bacterianos terrestres.

El informe técnico publicado en la prestigiosa revista Science concluye que, una vez examinada la naturaleza y la distribución espacial de los cuatro indicios en el meteorito, éstos son compatibles con la existencia de antigua vida en Marte. A pesar de que los científicos admiten que ninguna de las observaciones es en sí misma concluyente respecto a la existencia de antigua vida, puesto que existen explicaciones alternativas para cada uno de estos fenómenos por separado, cuando se consideran colectivamente, y teniendo en cuenta su asociación espacial, aseguran que se trata de signos claros de vida primitiva en una fase temprana de la formación del planeta Marte [9].

En la actualidad, la controversia sobre la naturaleza biológica o geoquímica de estos indicios se mantiene, pero en cualquier caso los hallazgos del grupo de McKay han sido decisivos para agitar a la comunidad científica e impulsar el nacimiento de la Astrobiología.

La ideología subyacente a la comunicación pública de la ciencia

La Astrobiología es un magnífico campo en el que mostrar en acción las complejas interacciones entre la ciencia y la tecnología, así como los aspectos metodológicos de la investigación. Además, resulta de sumo interés porque algunos de los problemas que aborda están relacionados con el atractivo eje del origen y la extinción. El origen del Universo, de los elementos básicos para la vida, de la vida misma, o la extinción en masa de determinadas especies biológicas, como los dinosaurios, reclaman la atención del público general.

Pero no hay que olvidar también que en la comunicación pública de la ciencia y la tecnología subyacen a menudo los valores epistémicos (objetividad, neutralidad, verdad) que los científicos perciben y difunden de su propia actividad investigadora, y que los divulgadores suelen reproducir de forma mimética y, en muchas ocasiones, acrítica. En este sentido, quisiéramos terminar señalando algunos aspectos notables de la ideología que subyace a muchos discursos divulgativos de la ciencia. Aunque lo limitado del espacio no permite hacer un análisis exhaustivo, trataremos de comentar los conceptos de “hipótesis”, “hecho”, “verdad” y “controversia”, tal como se vislumbra de la lectura del siguiente fragmento textual:

[el origen de la vida en la Tierra] es un campo de investigación fascinante, pero que se mueve todavía en el terreno de las hipótesis y que gravita en torno a confusas señales: los rastros supuestamente dejados en rocas antiquísimas por microscópicos seres vivos -¿bacterias?-. Estos rastros están en el centro de una verdadera guerra, entre los que ven en ellos un origen biológico y los que lo ven geológico. Guerra sin ganadores todavía, que se ha extendido a la búsqueda de vida microscópica extraterrestre [...] [10].

A pesar de que el texto insinúa que la ciencia es controvertida, no considera que la controversia sea el motor de la investigación científica, la que genera la energía intelectual que mueve el conocimiento, el camino ineludible para contrastar y debatir ideas opuestas. Más bien, la controversia se presenta como un obstáculo que hay que superar para alcanzar la “verdad”. El que el estudio sobre el origen de la vida se mueva “todavía en el terreno de las hipótesis” se considera consecuencia directa de lo poco que se sabe sobre este particular, y, por consiguiente, no deja de ser lamentable tal situación. Las ideas que subyacen al texto implican aceptar que en una polémica científica habrá expertos que propongan explicaciones verdaderas y otros que, por falta de evidencia empírica o por una interpretación errónea de los datos, estén equivocados. Es esta una visión positivista, en la que la verdad es única y, además, es ajena a los factores extra-epistémicos. En este contexto positivista las hipótesis y teorías son el resultado de la reflexión sobre el significado de las observaciones. Se perpetúa así el mito lockesiano de la “Inmaculada Percepción”.

La idea de que los hechos representan una base sólida para construir el conocimiento científico, según afirma el modelo inductivista, no se sostiene. El razonamiento inductivo sacraliza los hechos cuando defiende que las teorías se infieren a partir de éstos. Por otra parte, como ya señaló Thomas S. Khun, la condición necesaria y suficiente para que los hechos observados sean significativos es que se inscriban y adquieran sentido dentro de un determinado marco teórico o paradigma [11]. Por lo tanto, los hechos ni se presentan “desnudos” al observador ni preceden a la teoría que les proporciona, precisamente, su estatuto de “hechos científicos” significativos. Peirce -del que ya hemos hablado-, coloca la inferencia hipotética o formulación de hipótesis en el centro mismo de la explicación científica. Para inferir, por ejemplo, que unas estructuras filamentosas encontradas en rocas de hace 3.500 millones de años en Pilbara, Australia, podrían ser los restos fosilizados de las más primitivas bacterias encontradas hasta ese momento, William Schopf tuvo que basar sus análisis en teorías previamente bien establecidas (como la teoría de Darwin) o en técnicas igualmente fundadas sobre principios teóricos consensuados por la comunidad científica (como la espectrografía láser Raman) [12].

La controversia estimula el desarrollo de la investigación científica. Como afirma Edgar Morin: La ciencia se funda en el consenso y, a la vez, en el conflicto.


Conclusiones

La fascinación, curiosidad y admiración que despiertan las metas y cuestiones científicas que se plantea la Astrobiología, y la evidente dosis de peligro y aventura que entrañan las misiones espaciales, la ha convertido en una de las áreas temáticas mejor consideradas por el público y, por supuesto, por los divulgadores de la ciencia y la tecnología. La primera imagen, un tanto borrosa, de la superficie desértica de Titán, uno de los satélites de Saturno, enviada por la sonda Huygens, que todos pudimos ver en los medios de comunicación, es uno de los muchos ejemplos que han contribuido a alimentar en el público las expectativas de superación que tiene el hombre como especie inteligente. También han fomentado la ambivalente imagen social que se tiene del progreso de la ciencia y de la técnica: el deseo de romper fronteras, de establecer nuevos límites que, gracias a ese progreso, serán nuevamente superados con el tiempo, con los beneficios y peligros que esta empresa supone. Hay un cierto sentido dramático en esta polarizada imagen social de la ciencia. Son hazañas que despiertan la imaginación y entroncan con los sueños y pesadillas más íntimos del ser humano, y que han sido popularizadas, desde hace siglos, por la literatura y, más recientemente, por el cine de ciencia-ficción [13].

En resumen, la vocación transdisciplinar, la estimulante incursión en problemas que están en las fronteras de la ciencia y la tecnología, el carácter pionero e innovador, el halo poético y enigmático que impregna muchas de sus realizaciones, los beneficios sociales que, a veces, proporciona, y la sensación de riesgo y aventura que conlleva toda empresa que transciende los límites conocidos, hacen de la Astrobiología y de la exploración espacial excelentes materias para divulgar de forma integral aspectos importantes de la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad (CTS).